
Si fueras yo
Intercambio de identidades en una comedia chata y vulgar
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Si fueras yo (The Hange Up, EE.UU./2011, hablada en inglés) / Dirección: David Dobkin Guión: Jon Lucas y Scott Moore / Fotografía: Eric Edwards / Edición: Lee Haxall y Greg Hayden / Elenco: Ryan Reynolds, Jason Bateman, Leslie Mann, Olivia Wilde, Craig Bierko, Alan Arkin / Distribuidora: UIP / Duración: 112 minutos / Calificación: Apta para mayores de 16 años. Nuestra opinión: Regular.
No han pasado cinco minutos y ya puede preverse que no se verá aquí nada que no se haya visto antes en una comedia cuyo nudo central es el intercambio de cuerpos, salvo que la novedad resida en llevar a extremos francamente repelentes la vulgaridad tan frecuentada últimamente por el cine de humor norteamericano. Es notorio que los guionistas de ¿Qué pasó ayer? (Jon Lucas y Scott Moore) y el director de Los rompebodas (David Dobkin) son capaces de resolver estos compromisos con mayor desenvoltura y poner en juego un espíritu más fresco y desenfadado. Pero aquí parece haber prevalecido la pereza: el ingenio es reemplazado por esa comicidad de inodoro que se practica entre quienes atraviesan la llamada edad del pavo, que bien puede extenderse mucho más allá de la adolescencia. Y en cuanto a la irreverencia, es mejor no esperar demasiada. Al contrario: en Si fueras yo no cabe la incorrección y, en el fondo, la extraña transformación que viven los dos protagonistas -uno asume la identidad del otro, y viceversa- viene con final aleccionador: el abogado formal e hiperocupado que triunfa en el trabajo pero descuida a la familia aprende a repartir su tiempo y su atención de modo más equilibrado, y el tarambana inmaduro que sólo piensa en el sexo y la diversión descubre las ventajas de la vida familiar, sienta cabeza y comprende que debe recomponer la relación con su papá.
Los enredos que se producen cuando cada uno se ve obligado a representar el papel del otro son los que cualquiera puede imaginar. Los clichés abundan tanto como los gags presuntamente osados y casi invariablemente chabacanos con que los responsables del film intentan disimular la pobreza del libro y la chatura de la realización. A la computadora se le confía la misión de hacer posibles las escenas más desagradables y las actrices no corren mejor suerte. Jason Bateman y Ryan Reynolds (especialmente el primero) aportan su carisma y su buen oficio, pero no hay demasiada química entre ellos, y eso también se nota.
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