Sólo la pálida sombra de James Bond

Fernando López
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23 de agosto de 2001  

"El sastre de Panamá" ("The tailor of Panama", EE.UU./Irlanda/2001). Dirección: John Boorman. Con Pierce Brosnan, Geoffrey Rush, Jamie Lee Curtis, Harold Pinter, Brendan Gleeson, Catherine McCormack, Leonor Varela, Martín Ferrero. Guión: Andrew Davis, John Le Carré y John Boorman, sobre la novela de Le Carré. Fotografía: Philippe Rousselot. Música: Shaun Davey. Montaje: Ron Davis. Presentada por Columbia Pictures. Duración: 110 minutos. Para mayores de 13 años con reservas.

Nuestra opinión: regular.

¿A quién recurrir para encarnar a esta especie de sombra de James Bond propuesta por la novela de John Le Carré? A Pierce Brosnan, claro, que es el último y no precisamente el mejor de los 007 del cine. Más que su sombra, Andy Osnard parece casi la contracara de aquel caballero inteligente, sofisticado y seductor creado por Ian Fleming, que dicho sea de paso nunca recuperó en la pantalla la clase de Sean Connery.

Se trata de un espía corrupto y justamente degradado al que envían a Panamá como al Purgatorio y que Brosnan pone al borde de lo patético de tanto querer mostrarse listo. Parece que el hombre tiene la misión de evitar que el control del canal vaya a parar a manos extrañas, sean éstas de guerrilleros o de improbables y poderosos consorcios orientales.

Pero la misión se le complica bastante, sobre todo porque en el medio se cruza el mentado sastre del título, un artista de la tijera y del embuste que mantiene viva la tradición del corte inglés mientras atiende al puñado de familias británicas que viven de la mejor manera su exilio centroamericano. Lo que, sumado a la actividad de su mujer, mano derecha del funcionario responsable del canal, lo coloca en un lugar privilegiado para obtener información más o menos secreta y de las mejores fuentes. Lástima que lo embarulle todo cuando pone en marcha su máquina de inventar patrañas.

Súmense unos cuantos activistas anti-Noriega -o lo que ha quedado de ellos-, una conspiración tan secreta como insensata, un jefe de la "oposición silenciosa" de incontrolable afición al alcohol y un fantasma -el del tío del sastre, fundador de la tradición artesanal de la casa según documenta el óleo colgado en la sala de recibo-, que se le aparece a cada rato a su sobrino para darle consejos o hacerlo reflexionar sobre su conducta. En ese fugaz papel, toda una curiosidad de la película, asoma Harold Pinter. Las líneas que le toca decir en este ensayo actoral, huelga aclararlo, difícilmente estarían en boca de algún personaje suyo.

Indecisiones

A pesar de la escualidez del resultado final, cabe percibir que el original de Le Carré proponía una suerte de visión paródica del mundo de los espías ahora que los reacomodamientos políticos les han recortado tanto las posibilidades de trabajo. Pero la ironía no alcanza a despuntar y el humor -cuando asoma- es tan insulso como el propio Brosnan.

Algún desencuentro debe de haber habido en la adaptación, firmada a seis manos, dos de las cuales pertenecen al novelista y otras dos al director John Boorman. De otro modo no se comprende que una ficción con la firma del autor de "El espía que vino del frío" descuide tanto la intriga como para que sólo empiece a funcionar poco antes del desenlace, es decir cuando ya está a punto de ser desarticulada.

Da la impresión de que Boorman, director en cuya fluctuante trayectoria caben aciertos como "La violencia está en nosotros" o resbalones como "Zardoz", anda indeciso entre la sátira, la historia de espionaje y la comedia negra, o bien no sabe qué tratamiento darle a un material que juega con esa indefinición. Lo penoso es que su indecisión perjudica algunas situaciones graciosas que pudieron ser mejor aprovechadas, como la charla que sostienen el espía y el sastre sobre la cama vibradora de un burdel al que han elegido como lugar de encuentro para asegurarse discreción.

Con su relativamente mesurada composición del sastre lisonjero, chismoso y locuaz, Geoffrey Rush equilibra las flaquezas de Brosnan; Catherine McCormack exhibe el aire desganado que mejor le cae a la ocasional pareja del espía y Jamie Lee Curtis y Brendan Gleeson sortean sin inconvenientes las breves responsabilidades que les tocan. Por su parte, David Hayman se divierte disfrutando con la malicia de su personaje, el jefe del agente degradado. Como debieron haberlo hecho todos, realizador incluido.

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