Tom Cruise y Penélope Cruz, en un mundo de sueños y pesadillas

Fernando López
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24 de enero de 2002  

"Vanilla Sky" (Idem, EE.UU./2001). Dirección: Cameron Crowe. Con Tom Cruise, Penélope Cruz, Cameron Díaz, Kurt Russell, Jason Lee. Guión: Cameron Crowe sobre el film "Abre los ojos", escrito por Alejandro Amenábar y Mateo Gil. Fotografía: John Toll. Música: Nancy Wilson. Edición: Joe Hutshing, Ace y Mark Livolski. Presentada por UIP. Duración: 134 minutos.

Nuestra opinión: regular.

"Abre los ojos -susurra una voz femenina en la oscuridad-; despierta." El durmiente se resiste, pero la mención del film de Alejandro Amenábar es suficiente para recordarle al espectador de dónde salió la inspiración para esta nueva producción de Tom Cruise. Porque el durmiente, que en la escena posterior se demora en el espejo para comprobar con preocupación que acaba de aparecerle una cana, no puede ser sino él, Tom Cruise, y su personaje no puede ser otro que el del tipo de éxito, con su piso frente al Central Park tapizado de obras cotizadas, su sonrisa calculadamente seductora, su aire de playboy y su sitial de poder en un emporio económico -en este caso, periodístico- que heredó del padre y hoy conduce sin sacrificarse demasiado, a pesar de la celosa custodia de los accionistas minoritarios, a los que él llama "los siete enanos".

Tom, es decir David, sale a la calle al volante de su auto, pero algo raro pasa: Manhattan está desierta, sin señal de vida; es como un escenario montado en un teatro vacío... Seguramente es una pesadilla, y pronto se disipará, pero ya se han puesto en juego temas que serán ejes del film: el hombre que lo tiene todo y que tanto valor da a lo exterior se siente vulnerable frente al paso del tiempo; quizá sueña con una juventud eterna; quizá prefiere el refugio del sueño a la realidad de la vida. Para que todo quede bien claro, alguien (psicólogo, para más datos) le preguntará poco después: "¿Conoces la diferencia entre los sueños y la realidad?" Con lo cual lo que quedará más claro es el empeño con que esta remake ha buscado eliminar cualquier rastro de la ambigüedad que contenía el film de Amenábar.

Aquí todo tendrá explicación: una larga explicación que ocupará los quince minutos finales y que probablemente llegará tarde, cuando ya se haya debilitado el interés por el complejo rompecabezas que combina el thriller, la ciencia ficción, el crimen, el amor, el hedonismo, la cirugía plástica, el psicoanálisis, la cultura pop, el mundo virtual y el real. Y sobre todo, cuando se haya hecho evidente que ni el buen oficio del director Cameron Crowe ni el carisma de Cruise (sumado a la presencia de Penélope Cruz, su actual pareja, y a la de la siempre eficaz Cameron Díaz), han sido suficientes para que entre el protagonista y el espectador se haya tendido algún puente emotivo. Y si no importa el personaje, es probable que los abundantes misterios que se siembran a su alrededor generen apenas una tibia curiosidad y más tarde, cuando se complican demasiado, un poco de fastidio.

Superficialidad

El problema proviene menos de la fracturada estructura del relato (a veces el espectador está tan desorientado como el propio David) que del trazado de los personajes, sobre todo el de Cruise, que muestra tanto espesor humano como el de un afiche de publicidad.

En vano intenta Crowe definirlo a través de la cultura en la que se ha formado: hay por ahí pósters de "Jules et Jim" y de "Sin aliento", un John Coltrane presente vía holograma, mucha música y alguna pintura de Joni Mitchell, además de la de Monet de donde viene el cielo color vainilla del título. Pero David se ve tan ajeno a ese decorado como podría estarlo cualquier cliente en un café temático.

Del mismo modo, todos los temas que toca el film se mantienen en la superficie, y si el relato consigue retener la atención del espectador (por lo menos hasta que llega el fatídico tramo de las explicaciones finales) es porque va sembrando enigmas a medida que avanza la acción.

Tom Cruise se presta aquí al juego de desfigurarse hasta casi convertirse en un monstruo y de ese modo cumple con un ritual que parece irresistible para la vanidad de las estrellas. Ni siquiera con ese truco consigue generar alguna emoción: su pintura de David nunca pasa de lo exterior. Penélope Cruz es sugestiva, pero deletreando sus diálogos en inglés se la ve tan incómoda como a Kurt Russell metido en el papel del psicólogo. Lo mejor del film está seguramente en la profusa banda sonora, en la que conviven McCartney, Gabriel, Dylan, U2, los Beach Boys, R.E.M., Todd Rundgren y muchos otros.

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