
Un documental experimental
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"La historia del camello que llora" ("The Story of the Weeping Camel", Mongolia-Alemania/2003). Guión y dirección: Byambasuren Davaa y Luigi Falorni. Con Odgerel Ayusch, Enkhbulgan Ikhbayar, Uuganbaatar Ikhbayar, Ikhbayar Amgaabazar, Amgaabazar Gonzon, Zeveljamz Nyam, Janchiv Ayurzana, Chimed Ohin y Munkhbayar Lhagvaa. Fotografía: Luigi Falorni. Música: Boerte. Largometraje hablado en idioma mongol con subtítulos en castellano y presentado por IFA Argentina. Duración: 90 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: muy buena
Una directora mongola (Byambasuren Davaa) y un compañero de estudios italiano (Luigi Falorni), ambos formados y financiados en Alemania, se internan en el desierto de Gobi, donde descubren el insólito caso de un camello hembra que tiene un dificultoso parto y, luego del nacimiento, rechaza a su cría de extraño color blanco. Los dueños de la manada -una familia de pastores nómades de cuatro generaciones (bisabuelos, abuelos, padres y dos encantadores hijos) que tiene en los camellos su principal fuente de alimentación (leche), vestimenta (lana), transporte y carga- deben socorrer a la criatura recién nacida y, por consejo del lama, envían a los dos pequeños hermanos en un viaje de 50 kilómetros para buscar a un violinista que -según un ritual milenario- es capaz de hacer llorar a la tan hostil hembra con sus melodías y, así, permitir el reencuentro entre la madre y ese hijo no querido.
Un documental narrativo
Trabajada en un registro tan creíble que los límites entre realidad y ficción son imposibles de precisar (los realizadores hablan de "documental narrativo"), esta película es un relato de enorme sensibilidad incluso para el público infantil y, al mismo tiempo, un minucioso trabajo antropológico sobre la intimidad, las costumbres y las creencias de comunidades casi desconocidas y al borde de la extinción, que tiene una impronta que remite a los clásicos del pionero Robert J. Flaherty como "Nanook, el esquimal" o "El hombre de Aran".
Con una puesta en escena muy elaborada y con imágenes de una enorme belleza que por momentos lucen quizá demasiado cuidadas, este film sabio y paciente, que fue nominado al Oscar al mejor documental y distinguido en festivales como los de Buenos Aires (premio del público), San Francisco y Karlovy-Vary, es también un contundente retrato de las contradicciones entre tradición y modernidad que se manifiestan en toda su dimensión cuando los dos chicos llegan finalmente al pueblo más cercando, donde abundan la televisión y los videojuegos. Un trabajo absolutamente fuera de norma que, más allá de su demorado estreno, no debería pasar inadvertido para aquellos cinéfilos que buscan nuevas formas de expresión artística y temáticas completamente alejadas de las fórmulas artificiales y predigeridas.
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