
Un relato sobre una niña y un perro, en Mongolia
Pasado mañana se estrenará el segundo largometraje de Byambasuren Davaa, aplaudida directora de La historia del camello que llora
1 minuto de lectura'
Hace cuatro años, el público porteño fue sorprendido con La historia del camello que llora , una película que si bien contaba con el respaldo de Alemania en su producción, era simplemente una poética y mágica historia cotidiana de Ulam Bator, en Mongolia, donde su guionista y directora, Byambasuren Davaa, nació en 1971. Un poco antes, aquella primera mezcla de ficción con registro documental había conseguido el premio del público y del jurado de Signis, en el Bafici, y una nominación a los Oscar de Hollywood, entre otros reconocimientos a su original sensibilidad. La muy joven cineasta la filmó cuando todavía no había terminado su carrera como realizadora, pero ya era muy conocida en su tierra, ya que entre 1989 y 1994 había trabajado como asistente de dirección y presentadora de la TV pública. Estudió cine en su país antes de hacerlo en la Academia de Televisión y Cine de Munich, y tras aquel primer gran suceso, en 2005, presentó su trabajo de graduación, La leyenda del perro amarillo , que se estrenará pasado mañana.
La película, que tuvo una muy aplaudida acogida en la sección Zabaltegi del Festival de San Sebastián, y poco después en Alemania, donde la vieron más de 100.000 personas y en otros veinte países, que pasado mañana presentará IFA Cinema, es interpretada por los Batchuluun, una auténtica familia mongol integrada por Nansalmaa, Nansal, Batbayer, Bayandulam, Daramdadi y Urjindorj.
Una familia nómada
Davaa registra momentos privados de la vida de una familia de nómadas mongoles, que se traslada al campo durante el verano. Nansal, la hija mayor encuentra a un cachorro, mientras recoge leña para su madre en un campo cercano a su casa. Desde el primer momento, se encapricha con el perrito al que pone el nombre de Zochor, pero cuando lo lleva a su humilde casa, el padre teme que les traiga mala suerte, ya que aterrorizado por una vieja leyenda, cree que puede ser descendiente de lobos, por lo que le pide que se deshaga de él. A pesar del reto, la niña se queda con el perro y llega el momento de mudarse con los suyos a otro campo y dejarlo abandonado, atado a un poste. Sin embargo, la mascota demostrará qué tan importante es esa familia para él.
A través del grupo familiar y la historia de ese pequeño perro, Davaa refleja el contraste del modo de vida en contacto con la naturaleza y el ambiente urbano, sin necesidad de juzgar los cambios que se están produciendo en su país, que afectan a la supervivencia de la población. En realidad, Davaa se muestra preocupada por lo que ocurrirá con las familias de su país, a partir de esta larga coyuntura, una de las razones por las que filmó en diferentes regiones para buscar equilibrar horizontes llanos con zonas montañosas. Como la región natal de su madre, a la que eligió sin conocer ese dato. "La película quiso ser rodada allí", señaló en la rueda de prensa que ofreció poco antes de la primera proyección, a sala repleta y con muchos jóvenes sentados en los pasillos, en el festival donostiarra. El rodaje tuvo lugar en una zona de muy difícil acceso, situada a 600 km de la ciudad y, según confesó la directora, "fue toda una aventura, ya que tuvimos que viajar, durante dos días, en unos incómodos jeeps rusos".
Con La leyenda del perro amarillo , Davaa recibió premios por su desempeño en el Festival Internacional de Cine de Bratislava (Eslovaquia, 2005), el German Film Award de la industria a mejor temática joven (Alemania, 2006) y la Estrella de Oro a mejor narrativa en Festival Internacional de Cine de Hampton, en Virginia (Estados Unidos, 2005). El pase en todas estas muestras le permitió descubrir por segunda vez, como ya había ocurrido con su ópera prima, que sus relatos etnográficos de ficción eran comprendidos fácilmente por la cultura occidental, ya que "al fin y al cabo -aseguró respecto de su segundo largometraje- cuento la historia de una niña que quiere a un perro en contra de la voluntad de su padre, historia que puede ocurrir en cualquier país".
En la charla, bastante informal, Davaa explicó que fue más difícil trabajar con niños que con el animal. "Al perro le ponés una salchicha y va directo a donde una quiere que vaya, mientras que los chicos hacen lo que les da la gana. El pequeño de mi película estaba obsesionado por lanzar piedras constantemente, hasta que un día el camarógrafo le tuvo que decir que no se podía seguir filmando por miedo a que una de esas piedras le rompiera el lente a su equipo, y contrataron a una cuidadora para que estuviera pendiente de él y dejamos que se entretuviera en el establo junto a las cabras, mientras filmábamos a escondidas", confesó.





