Una extraña fábula con monjas y vampiros
Sangre de mi sangre, de Marco Bellocchio, narra un caso de satanismo y una bizarra transacción actual
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"I pugni in tasca era, en aquel momento, mi primera película y, además, la producía yo, y aunque no era exactamente la historia de mi familia, la filmé en ambientes familiares para mí. Busqué la casa donde de niño pasaba las vacaciones con mis padres en la pequeña ciudad de Bobbio. En el film reaparecían aquellas paredes, aquellos cuadros y aquella luz." Eso le contaba Marco Bellocchio a LA NACION, hace unos años, evocando espacios y circunstancias de su debut en la dirección.
Hace unos meses, en Venecia, reincidió en esa evocación porque en la "Mostra" de La Laguna compitió con Sangre de mi sangre (Sangue del mio sangue), el film con el que volvió a rodar en la misma casa de vacaciones de su infancia (un poco reciclada, pero con los mismos muros y los mismos muebles) en la que se había ambientado su opera prima. Sangre de mi sangre, título reciente pero no el último del prestigioso cineasta italiano, se conocerá en Buenos Aires el próximo jueves.

En Venecia, después de asistir a la proyección del film, la crítica Chiara Ugolini publicó una reseña con un título llamativo: "Bellocchio, aplaudido por su doble film". El calificativo es elocuente porque, en efecto, la trama de Sangre de mi sangre procura enlazar dos historias, en dos épocas distintas: una, la de Federico Mai, hombre de armas del siglo XVII (interpretado por Pier Giorgio Bellocchio, hijo del realizador), quien llega al convento de Bobbio para hablar con la bella monja que sedujo a su hermano sacerdote (Lidiya Liberman), y convencerla de que confiese su culpa, a fin de que el desdichado cura, que se suicidó, pueda ser sepultado en tierra consagrada. Interviene la Inquisición, con su carga de apremios.
Pero también se cuenta acerca de un presunto inspector de Patrimonio municipal, que en realidad es un vampiro, corporizado por el gran Roberto Herlitzka (el que hizo de Aldo Moro en Buongiorno notte, del mismo director); este bizarro personaje, en época actual, oficia de intermediario ante un magnate ruso que aspira a comprar la cárcel de ese lugar (Bobbio) para construir un hotel de lujo.
"Me gusta romper los diques de las estructuras narrativas y recorrer mi propia strada", dice ahora Bellocchio, convencido de que la doble historia que cuenta su film es coherente con su perfil de autor iconoclasta: nunca más oportuna la mirada de Nicoletta Dose, de la publicación My movies, quien acaba de definirlo como "ese corajudo que supo jugarse con sus ideas laicas y convertirse en uno de los realizadores más anticonformistas del cine italiano". El propio cineasta, siempre desafiante y contestatario, convalida esa opinión cuando sostiene que "en este film no van a encontrar un rigor all'americana en el que 'todo cierra' correctamente; hago lo que me gusta hacer y, además, porque uno, a cierta edad, o se vuelve gagá o encuentra una manera de divertirse alterando las reglas".
La veteranía de Bellocchio, que nació en 1939 en Piacenza ("Es la capital de la provincia de ese nombre y queda cerca de Milán: soy un piacentino de ley", le aclaró una vez a LA NACION), salta a la vista al tratar de recorrer y clasificar la casi treintena de títulos de su filmografía, incluidos sus documentales para la Rai y episodios de películas compartidas; la lista incluye obras relevantes de la cinematografía de su país.
Bastaría rescatar algunas, como En el nombre del padre (1971), la chejoviana La gaviota (1977, para TV, aunque en la Argentina se estrenó en salas de cine), Salto al vacío (1979, con un inolvidable Michel Piccoli), la censurada El diablo en el cuerpo (1986, revulsiva remake del film de Claude Autant-Lara, sobre una novela de Raymond Radiguet), La nodriza (1999, sobre un cuento de Pirandello) y las recientes (y resonantes) La hora de religión, Buongiorno notte, Vincere y Bella adormentata. La última de la lista, Fai bei sogni (2016), en mayo abrió la Quinzaine des Réalisateurs de Cannes y pronto se verá en Buenos Aires.
Sangue del mio sangue, estrenada en Europa el año pasado, se originó durante uno de los cursos anuales que, sobre técnicas de cine, Bellocchio dicta en su amada Bobbio. "Hace seis años -revela-me vine a enterar de la existencia de prisiones en el convento local, y también acerca de una famosa monja de Monza. Armé un relato con ella, e inserté un salto al presente, que incluía un vampiro: con éste, insinúo una alusión al vampirismo ambientale que hay en la Italia de hoy."
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