Willem Dafoe y la película que lo trajo de regreso a nuestro país: “Volví ayer a Buenos Aires y sentiré nostalgia mañana mismo”
El gran actor regresó para presentar The Souffleur, el film que rodó en Viena a las órdenes del director argentino Gastón Solnicki
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Willem Dafoe está de nuevo en la Argentina, pero esta no es una visita más. Lo hemos visto muchas otras veces entre nosotros, casi siempre ajeno a los protocolos y llegando sin aviso previo a alguna sala de teatro, dispuesto a encontrarse como un espectador más con las obras y los elencos de la escena independiente local. Siempre en compañía de su esposa, la actriz y directora italiana Giada Colagrande.
El regreso a Buenos Aires de uno de los actores más aplaudidos del cine estadounidense de los últimos 30 años, requerido de manera constante en los proyectos más diversos (de películas de gran presupuesto en Hollywood a propuestas de directores debutantes), tiene que ver con la primera aparición suya en la pantalla a las órdenes de un director argentino.
Después de varios trabajos muy bien recibidos sobre todo en algunos espacios internacionales de elevada exigencia y rigor cinéfilo, Gastón Solnicki (Papirosen, Süden) encontró en Dafoe el socio ideal para ponerse al frente del elenco de su sexto largometraje. The Souffleur se estrenó en septiembre de 2025 en la sección Orizzonti del Festival de Venecia (una muestra en la que el cine de Solnicki siempre encontró una excelente recepción), pasó hace unos días por el Festival de Cine de José Ignacio y ahora llega a Buenos Aires, presentado por su director y su protagonista excluyente.
La película podrá verse todos los sábados de enero, a las 22, en el Auditorio del Malba y también sumará algunas proyecciones en el complejo Cinépolis Houssay. Este domingo 1°, con entradas agotadas, Solnicki y Dafoe presentarán allí The Souffleur a las 16 y 18.15, y conversarán con el público. Para el martes 3 y el jueves 5 se agregaron dos funciones, ambas a las 20.15, con la presencia del director.

En The Souffleur Dafoe personifica al gerente de un icónico y tradicional hotel de Viena que después de 30 años de trabajo comprueba que esa etapa de su vida está a punto de cerrarse. Un desarrollador inmobiliario argentino (encarnado por el propio Solnicki) acaba de adquirir el establecimiento con la intención de demolerlo y rediseñarlo por completo.
Desde su reducto en la capital austríaca, Lucius tratará de hacerle frente a este cambio rotundo con la ayuda de amigos y fieles empleados (intérpretes en su mayoría no profesionales o “no actores” en palabras del director), mientras al mismo tiempo mantiene una complicada relación con su hija. Por allí también aparece entre los personajes secundarios Stephanie Argerich, una de las hijas de Martha Argerich.

“Siempre tengo curiosidad por alejarme de la narrativa tradicional, porque el gran poder del cine está en su poesía. No se trata solo de contar historias, que son hermosas pero a veces nos hipnotizan tanto que dejamos de pensar. Lo que más me gusta al ver una película es preguntarme todo el tiempo qué es eso y qué está pasando”, explicó Dafoe este viernes en un hotel porteño frente a un reducido grupo de medios, acompañado por Solnicki y el productor Eugenio Fernández Abril.
El actor habla del asombro y la curiosidad como motores de cada uno de sus nuevos proyectos. Es muy fácil descubrir ese estado de ánimo desde su espléndida presencia, que desmiente por completo con ademanes joviales y entusiastas la edad del documento. Nadie diría que esta figura inconfundible del cine internacional, lleno de ideas y ganas de expresarlas, ya cumplió 70 años.

Dafoe y Solnicki se conocieron en Grecia mientras cumplían tareas como mentores de jóvenes cineastas. Coincidieron en una conferencia y no tardaron en hacerse amigos. “Estábamos ahí rodeados de gente, conversando y empecé a admirar mucho la forma en que Gastón se expresaba, su ojo crítico, su gusto y su cultura. Al final de ese período me dijo que tal vez podríamos hacer algo juntos algún día y yo pensé que sería algo bueno. A mí me gusta trabajar de todas las formas posibles y sentí que él quería moverse hacia una forma diferente de expresión, tal vez coqueteando con la narrativa o con estructuras diferentes”, relató Dafoe.

El resultado fue un ejercicio de integración en el que cada uno trató de acomodarse a las inquietudes del otro, pero sin resignar nada de la identidad y la visión artística propias. “Había un guion –reveló Dafoe-, pero tuvimos que desecharlo y volver a mirar qué era lo que estábamos haciendo. Así, lentamente, el guion definitivo empezó a formarse a partir de la gente que teníamos allí. Lo que nunca me hizo entrar en pánico fue que teníamos locaciones increíbles y a la vez Gastón tiene un don especial para encontrar personas interesantes que no son actores, poniéndolos en una luz donde todos se sienten cómodos siendo ellos mismos”.

Solnicki, a su lado, reconoció que desde el comienzo de su carrera hace películas con “no actores”, empezando por su familia: “Estoy acostumbrado a no tener mucho control y esta no fue la excepción. A mí no me interesa repetir lo que hago. Me opongo a la idea de ser un director con estilo propio. Me encanta esta frase: lo que estamos haciendo es tratar de entender qué estamos haciendo. Eso nos dio una gran libertad, filmar sin un cronograma rígido. Y en este contexto de colapso de los gobiernos y los institutos de cine es un milagro que esta película exista”.
The Souffleur se puso en marcha sin un guion convencional, pero a partir de una idea fuerza muy poderosa e inspiradora: la muerte de Hans Hurch, un extraordinario crítico y programador, responsable de la Viennale, el festival que funciona en la capital de Austria como uno de los grandes encuentros anuales del público y los creadores más cinéfilos. “Me interesa usar mi trabajo como excusa para acercarme a lugares y personas que son importantes para mí. Willem estuvo presente en Roma la noche en que murió Hans y, de alguna manera, ese fue el disparador de nuestra amistad”, contó el director.

En The Souffleur, que completa lo que Solnicki llama su “trilogía vienesa”, Dafoe se pelea con emprendedores argentinos y hasta se anima a bailar cumbia al compás de un tema de Pablo Lescano y Damas Gratis. “En la atmósfera fría y amarga de nuestro rodaje en Viena esa música fue una pequeña vela para calentarnos”, ilustró el realizador.
¿Siente Dafoe, que personifica en la película a un hombre que ve cómo se derrumba buena parte de sus certezas, alguna nostalgia en la vida real? “Volví ayer a Buenos Aires y sentiré nostalgia mañana mismo -respondió, risueño-. Estuve aquí varias veces en los últimos 10 o 12 años. Claro que tengo nostalgia, pero también soy actor. Dejamos todo el tiempo nuestra vida atrás para dar un salto hacia otra vida. Y cuando esa vida termina hay que hacer espacio para la siguiente. Yo recuerdo mi vida a través de las películas porque puedo localizar mis emociones según donde estaba y qué película filmaba en ese momento”.

En un momento, LA NACION quiso saber si experiencias actorales tan atípicas como la de The Souffleur (más conectadas por ejemplo con el sonido que con una narración precisa o convencional) se relacionan con la fuerte identificación de Dafoe con el teatro en los últimos tiempos, sobre todo a partir de su trabajo actual como responsable de esa área en la Bienal de Venecia.
“Crecí en el teatro –respondió el actor-. Y fue el teatro lo que formó mis sentimientos sobre la actuación y definió quién soy. Por supuesto, cine y teatro son muy diferentes, pero en cuanto a la estética y el corazón se parecen bastante. A mí me gustan mucho las películas y en esta puedo alternar entre una actuación más teatral y otra más natural. Me encanta hacer eso. Pero supongo que seré para siempre un animal de teatro”.

¿Podría estar más cerca del teatro que del cine un segundo proyecto compartido entre Dafoe y Solnicki? “Probablemente hagamos algo juntos de nuevo. Depende de él empezarlo y yo ayudaré. Les avisaremos. Yo me pondré a su disposición. Ya sabes lo que dicen en los castings: ‘nosotros te llamamos’”, responde Dafoe con una risa natural, completamente espontánea.
Para destacar en el tramo final de la charla el valor de contar con una figura de tanta autoridad interpretativa, Solnicki reconoció que la película “está definitivamente compuesta para honrar a Willem como un animal de escenario, y la idea misma del edificio en el que trabaja es como una señal para que él flote como lo hace a través de esos espacios”.

El director recurre a una cita de John Ford (“decía que lo más difícil para un actor es lo que acaba de hacer Willem: abrir una puerta”) y otra de Augusto Fernandes, a quien siguió en varios de sus seminarios de dirección: “Cuando alguien le preguntaba qué pasaría con el teatro siempre respondía: mientras sigan existiendo el azar y la muerte la gente va a seguir necesitando contarse cómo le fue”.
¿Y qué queda del cine de Hollywood en los planes de un actor tan reconocido y a la vez tan dispuesto a sumarse todo el tiempo a proyectos mucho más arriesgados? “Después de Le Souffleur se cerraron para siempre”, bromea Dafoe una vez más. Y agrega, ahora más serio, ya en la despedida: “El año pasado hice dos películas pequeñas, una inmediatamente después de otra. Le Souffleur y Late Fame, con Kent Jones, que hicimos en Nueva York. Y después otras dos, pero mucho más grandes, una en inglés australiano y la otra con Robert Eggers, un artista, pero con gran presupuesto. Así que sigo en marcha mezclando cosas, me gusta ese ir y venir. Cuando hacía teatro siempre quería estar haciendo una película. Y cuando filmo siempre quiero estar en el teatro”.
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