Orquesta West-Eastern Divan: con el genio irrepetible de Martha Argerich

Pablo Kohan
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6 de agosto de 2019  

Orquesta West-Eastern Divan

Nuestra opinión: excelente

Director: Daniel Barenboim. Solista: Martha Argerich, piano. Programa: Schubert: Sinfonía Nº 8, D.759, "Inconclusa"; Chaikovski: Concierto para piano y orquesta Nº 1, op. 23; Lutoslawski: Concierto para orquesta. Auditorio Nacional del CCK.

Cambió el escenario, pero la crítica podría ser exactamente la misma. Hace una semana, en el Colón, Martha Argerich despertó admiraciones y pasiones intensas cuando se presentó junto a Zubin Mehta y la Orquesta Filarmónica de Israel. Ahora, intactas y contundentes, las mismas emociones estallaron incontenibles en el CCK, esta vez, con la Orquesta del Diván y Daniel Barenboim. Aquella vez había sido el Concierto para piano y orquesta de Schumann. Ahora, fue el primero de Chaikovski, y ella, en pleno dominio de la situación, repitió el milagro. Claro -y no es un detalle marginal-, las dos orquestas y los dos directores que colaboraron en la hechura no son precisamente menores. Pero la diferencia, el agregado que hizo que ambos momentos devinieran inolvidables y ciertamente irrepetibles, es la que pone Martha Argerich. Parafraseando a Homero Manzi, podríamos decir que no habrá ninguna igual y eso es una verdad definitivamente incontrastable. Podrá haber otras u otros, pero como ella, ninguna.

Martha tiene un dominio absoluto del teclado y utiliza esa capacidad exclusivamente para expresar ideas y frases convincentes, para crear poesía y lirismo incluso dentro de los pasajes más fragorosos. En definitiva, para hacer música en el más alto nivel de excelencia. Bien secundada por Barenboim, su gran amigo de aventuras, y los músicos de la Orquesta del Diván, se pudo escuchar una interpretación magistral de un concierto de exigencias técnicas fenomenales y, además, de un romanticismo más que vehemente. De sus manos brotan respiraciones mínimas, intensidades que compiten en pie de igualdad con los fortísimos más contundentes de la orquesta y fantasmales pasajes de velocidad supersónica en pianísimos casi intangibles y, al mismo tiempo, perfectamente distinguibles. A lo largo de un poco más de cuarenta minutos apasionantes, se pudo vivir una obra celebérrima como si fuera la primera vez, ya que si Martha está presente, entre los sonidos conocidos aparecerán toques inusuales, acentuaciones inesperadas y contrapuntos e ideas que ella extrae de la oscuridad.

Fuente: LA NACION

La ovación, con gritos y chiflidos incluidos, fue tumultuosa. Entró y salió aplaudida por el público y los músicos de la orquesta hasta que volvió al piano y, exquisitamente, tocó la transcripción que Liszt hizo de Widmung, una canción de Schumann transformada, Liszt mediante, en un nocturno salpicado por ímpetus urgentes.

Para hacer justicia con las excelencias que flotaron desde el comienzo hasta el final de la tarde y completar el panorama de un concierto llamado a perdurar, antes y después de la gran pianista estuvo el gran director, Daniel Barenboim, quien también goza de una gran admiración por parte del público. Si bien la Orquesta del Diván, correctísima por donde se la mire y con el valioso agregado simbólico de su historia y sus peculiaridades, no tiene un sonido propio ni la densidad de las grandes orquestas del planeta, Daniel se maneja frente a ella con los mismos modos que hizo, por ejemplo, el año pasado con la Staatskapelle Berlin. En el comienzo se pudo escuchar una versión maravillosa de la Sinfonía inconclusa, de Schubert. Lejos de cualquier coreografía amañada o espectacular, Barenboim trabaja con gestos mínimos, por momentos, casi imperceptibles. Su batuta casi nunca hace marcas metronómicas para hacer coincidir a todos, sino que con ella y con su mano izquierda solo sugiere indicaciones expresivas, intenciones y volúmenes generales y emociones o teatralidades necesarias. Bella, ajustadísima, muy afinada y con un sonido suntuoso, la sinfonía de Schubert gozó de una interpretación inmejorable.

Después de la pausa, para fascinar al público y para permitir el lucimiento de la Orquesta del Diván, Barenboim, con partitura, todo una rareza, dirigió el Concierto para orquesta de Witold Lutoslawski, una obra temprana del gran compositor polaco. Complejo y abundoso en combinaciones instrumentales y tímbricas tan inauditas como atractivas, el Concierto sonó homogéneo, pleno y con aportes imprescindibles de todos y cada uno de los solistas. Los aplausos se extendieron por varios minutos, pero, sabiamente, Daniel dio por concluido el concierto. Ciertamente, la tarde/noche había sido larga y plena. Y todavía hay más. Resta un concierto de cámara, en el cual Martha y Daniel participarán con músicos de la orquesta y una despedida seguramente gloriosa con Anne-Sophie Mutter. La fiesta no ha terminado y el Festival Barenboim todavía continúa.

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