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Al terminar 1996 y comenzar 1997, me propuse comenzar con el pie izquierdo mi coreografía personal. Ése fue el año en que terminó todo y en que empezó todo. Si no hubiera salido en la tapa de Rolling Stone ese 23 de enero, no hubieran encontrado la pistola recién disparada, ni las huellas dactilares, ni la carta al señor juez, ni el aviso de desalojo que hubieran podido considerarse evidencia. No habría pruebas para encontrarme culpable de ser un pelotudo maquillado. No me importaba lo que pensara nadie, y yo era la prueba viviente de que uno no puede creer en nada que no se le haya negado.
No había vuelta atrás, y le dije a todo aquel que quisiera escucharme… que era mi momento. La foto de tapa en sí ganó varios premios ese año, pero irónicamente, tardó en hacerse, hablando en serio, quince minutos. En menos de un año, Lady Di, William S. Burroughs, la Madre Teresa y Roy Lichtenstein habrían muerto.
Hubo muchos paralelismos con los que me obsesioné ese año, que quedaron plasmados en el disco, que llamé, con cierto ingenio, Antichrist Superstar. Veía un eclipse apocalíptico en la sociedad y en mí mismo. Había algo que había cambiado desde 1969, el año en que nací, a 1996, el año en que morí, y el villano destrozado, el payaso paria Marilyn Manson rompió el cascarón de Brian Warner y se convirtió en el ángel de las alas rotas.
El día en que salió la revista conmigo en la tapa con la cara pintada para la guerra fue justamente un 5 de enero, mi cumpleaños. Cantamos Dr. Hook. Aspiramos drogas sobre mi brillosa frente de papel. Pero yo sabía que no era exactamente un regalo. Era una obligación. Significaba algo, algo que sigo descubriendo día a día.
Si te ponés holgazán, el mundo te traga. Cuando llegue ese día, y siempre nos llega a todos, estaré listo. Estaré sonriendo mientras se atragantan conmigo, y recordaré ese día de 1997. Y no cambiaría nada.





