El milagro de una voz admirable
Evocar en esta columna, el sábado último, la primera visita a Buenos Aires, cincuenta años atrás, de la compañía Madeleine Renaud-Jean-Louis Barrault, ha servido para abrir las compuertas de la memoria (y de su casi inseparable compañera, la nostalgia). Durante toda la semana que termina, quien escribe estas líneas recibió llamadas y mensajes de muchas personas, conmovidas las más, e intrigadas otras (los jóvenes, sobre todo) por conocer más detalles: ¿cuál era el método de expresión corporal predicado por Barrault, cómo fue eso de la colaboración con Luisa Vehil, qué pasó en el Colón con "Le livre de Cristophe Colomb", de Claudel y Milhaud?
El tiempo transcurrido y la carencia de un archivo propio influyen en la flaqueza de las respuestas, hijas de la buena voluntad antes que de la precisión. En cuanto al método, tan sólo se recuerda que derivaba de Jacques Dalcroze y de Etienne Decroux, acerca de cuyas teorías y prácticas existe numerosa bibliografía. Quien mejor puede informar sobre la vinculación profesional de Barrault con Luisa Vehil es Francisco Javier, que la tramitó; fue testigo de su desarrollo y suele narrarla con mucha gracia. Luisa, una de las actrices argentinas más cultivadas y con repertorio de mayor nivel (tenía una conciencia muy elevada de su condición de artista), siempre en busca de novedades y con la excelencia como meta, ensayaba en el Liceo "La alondra", de Jean Anouilh, una versión de la gesta de Juana de Arco. Al saber que llegaba Barrault, procuró interesarlo en la dirección de la pieza, meta improbable dadas las exigencias de la temporada de éste en el Odeón. Sin embargo, generoso, se prestó a hacer algunas sugerencias en el transcurso de un ensayo.
Y así fue: su colaboración se subrayó debidamente en los carteles de publicidad.
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En cuanto a la monumental pieza de Claudel con música de Milhaud, es casi un oratorio, o una ópera, si se quiere, sólo que en vez de cantantes hay actores. Fue la primera vez que este cronista asistió a una ingeniosa abstracción (muchas veces copiada luego) para mostrar el oleaje embravecido: una larga soga tendida de un extremo al otro del escenario - son dieciséis metros de embocadura, aproximadamente -y sostenida por dos actores que le imprimían un movimiento ondulante.
Fue también esa noche cuando se produjo un milagro. Con voz tenue, pero colocada y proyectada en forma magistral, Madeleine Renaud dijo el texto final de Isabel la Católica: "Ah, quelle joie d´être au ciel..." ("Ah, qué alegría de estar en el cielo..."). Y se la oyó hasta en el último rincón del inmenso recinto, como si le hablara cada espectador en particular. No se perdió una sola inflexión, ni el más mínimo matiz. La acústica de nuestro gran teatro es perfecta; la actriz también lo era.






