Epic / Sony
1 minuto de lectura'
Los discos de Fiona Apple son estudios de meticulosidad y caos. La meticulosidad se ve en la música, las rigurosas construcciones de art-pop que hacen de Apple una heredera de sofisticados compositores como Stephen Sondheim y Elvis Costello. ¿Y el caos? El caos es la propia Apple. Durante una década y media, ha sido una de las presencias más volátiles del pop: haciendo pucheritos, lamentándose, rabiando, apuntando su venenosa pluma al destino y a sus ex amantes, pero dirigiendo siempre sus ataques más salvajes hacia adentro, contra sí misma. Esa dramatización de sí con los ojos bien abiertos ha sido su marca registrada desde el principio.
En Tidal (1996), su exitoso primer disco, editado cuando tenía apenas 18 años, parecía angustia adolescente, un manierismo que tal vez dejaría atrás con la edad. Ahora sabemos que no era así: el gran tema de Apple, de hecho, su único tema, es la lucha heroica que tiene lugar en su propio cerebro. Su disco anterior, Extraordinary Machine (2005), fue una crónica suntuosamente producida de su ruptura con el cineasta Paul Thomas Anderson. The Idler Wheel... es igual de descarnado en términos emocionales, y más duro musicalmente. Se saca de adentro la angustia en potentes canciones con letras que mezclan la poesía romántica con la jerga psi: Lord Byron citado por Oprah Winfrey. "Estoy en un avión/ y los cortes que me produjo mi desengaño/ forman las ranuras y los deflectores de mis alas/ y los uso para alzarme en vuelo", canta en "Daredevil". No hay que esperar comedimiento de una mujer que titula un disco con un pareado rimado de veintitrés palabras. En boca de otro artista, esos versos disuadirían de seguir escuchando. Pero tratándose de Apple, uno puede perdonárselos, e incluso llegar a amarlos. Apple es una verdadera excéntrica.
En The Idler Wheel..., hay sorpresas en todos los rincones. "Left Alone" empieza con una frenética batería jazzera y de repente se transforma en un boogie-woogie desquiciado; en "Hot Knife", un coro de Apples en múltiples pistas entona un estribillo con doble sentido digno de un blues antiguo. En todo el disco, Apple canta maravillosamente, sacándole diferentes colores a su voz en cada canción. The Idler Wheel… es un disco difícil. Las canciones tienen arreglos intrincados pero son austeras en términos de sonido, y ponen en primer plano el piano de Apple y la estupenda batería de Charley Drayton. No hay ningún estribillo pegadizo en todo el disco. A veces las canciones son morosas. La pálida balada de piano "Jonathan", que parece ser una carta de amor a su ex novio, el escritor Jonathan Ames, sería un desafío a la paciencia si durara dos minutos. Y dura más de cinco. Pero la estrafalaria energía de Apple la rescata de esos momentos. Y hay otro tipo de intensidad, menos evidente: la erótica. El momento más deslumbrante del disco en términos vocales tiene lugar en la mitad de "Daredevil", cuando un arreglo presuroso (una especie de sacudida de cocktail jazz ebrio) se detiene con un chillido: "Despertame, dame, dame, dame lo que/ tenés en mente en medio de la noche".
Por un instante, da la impresión de que ella también tiene los mismos deseos que el resto de nosotros, incluso si los expresa en un idioma que es completamente suyo.
Por Jody Rosen





