
Marina Rosenthal: fue el último amor de Cacho Castaña y hoy luchar por mantener vivo su legado
A casi siete años de la muerte del artista, su viuda lo recuerda en diálogo con LA NACION, mientras está al frente de Café La Humedad, el bar teatro que fundaron juntos
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Marina Rosenthal vive a diario con el recuerdo de Cacho Castaña. Tuvo que aprender a transformar el dolor. Todos los días en Café la Humedad, el local que fundaron juntos y que ella lleva adelante, ve las imágenes de su gran amor y escucha su música. “Convivo, le hablo, me río, tengo una comunicación con los seres queridos que ya no están, pido cosas, cuando tengo logros le cuento con mucho orgullo y sobre todas las cosas, tengo agradecimiento porque me dio momentos de mi vida de mucha felicidad”, cuenta a diario LA NACION en una pausa que hace de su trabajo en el teatro bar ubicado en la calle Carlos Calvo.
Cerca de cumplirse siete años de la muerte del artista, su viuda lo recuerda con amor, sin enojos: “Cacho sobrevivió, yo lo tuve que soltar para que él se pudiera ir en paz”. El hombre que la acompañó desde 2014 y con quien se casó en 2016 fue una de las personas más importantes de su vida. No volvió a formar pareja, está abocada al legado del artista, pero sí se muestra abierta a que el amor llegue nuevamente. El 15 de octubre próximo se cumplen siete años de la muerte del intérprete de “Ojalá que no puedas”, “Septiembre del 88” y “Ha vuelto el matador” y para ese día Marina prepara un homenaje.

—En octubre se cumplen siete años de la partida de Cacho, ¿cómo se convive con el recuerdo constante?
—Aprendés. Cuesta la ausencia física. Los primeros años fueron difíciles, pero aprendés esa convivencia interna con esa persona que amás y te va a seguir amando. Lo vivo de una manera natural, en el café y afuera ir a un lugar y que estén sus temas, estoy todo el día conectada, no es un peso, sino una alegría y parte de mi vida. Que su música se siga escuchando me remueve algo lindo, no desde la tristeza ni desde la melancolía, sino desde la alegría. La gente me cuenta anécdotas y cosas. Él era un tipo muy alegre.
—¿Están armando algo especial por el aniversario de su partida?
—Este año el café fue declarado de interés cultural, se colocó una placa en la vereda y para el 15 estamos armando algo que no será en el café, sino en otro lugar. Sus cenizas están en el Obelisco.
El día después del adiós
—Vos sos psicóloga, ¿no volviste a ejercer?
—No, lo hice en los primeros años y después me volqué a lo comercial. En 2000 tuve un restaurante y esa experiencia me gustó. Me fue mal. Esa caída me vino bien para aprender. Era chica, lanzada. Ahora ya aprendí algunas cosas.
—Y hoy estás en ese mismo rubro. Las vueltas de la vida. Y en lo personal, ¿rehiciste tu vida?
—No, hace siete años que estoy sola. Los primeros años son difíciles, el duelo con la pandemia. Estoy abierta al amor, porque creo en el amor. La vida en pareja se hace más linda y llevadera. Aparecerá cuando tenga que aparecer.
—¿Te sentís sola?
—Sí, la verdad que sí. Tengo familia enorme y amigas que son hermanas pero hay momentos de la vida cosas que te pasan que no son tan buenas y te gustaría un hombro donde llorar y apoyar la cabeza y siento la soledad de no tenerlo, pero llegará.
—¿Creés, tal vez, que a los hombres les puede dar pudor acercarse por la figura de Cacho?
—Puede ser, pero también creo que el que realmente quiere acercarse lo hace. Ningún amor es comparable y todos los amores son distintos y son etapas de la vida distintas.
—¿Te mudaste? ¿No vivís más en la casa que compartían?
—Me mudé hace un año de la casa que compartíamos, tardé. Pero la casa quedo muy grande y eso me hizo muy bien. Si bien había sacado ya sus cosas, desmontar una casa es diferente y fue cerrar etapas, tengo en mi casa fotos con él y las voy a tener siempre porque fue una de las personas más importantes de mi vida. Convivo, le hablo, me río, tengo una comunicación con los seres queridos que ya no están, pido cosas, cuando tengo logros como lo del café le cuento con mucho orgullo hacia él, y sobre todas las cosas agradecimiento porque me dio momentos de mi vida de mucha felicidad.
—¿Cómo era puertas adentro?
—Era el mismo en casa que en el escenario, tenía eso que lo hacía tan único y genuino, no era una estrella, era con todos igual. Muy divertido y nunca lo vi de mal humor.
—¿Te enojaste con el de arriba, con la vida?
—No. No me puedo enojar, porque con lo que Cacho sobrevivió en los últimos años, sería imposible enojarme. Tengo que agradecer porque la última internación no fue la única, estuvimos siete meses en un centro de rehabilitación, luchó mucho por vivir. No hay forma de enojarme, los últimos días tuve que soltar, era irreversible, tuve que aprender a soltar para su tranquilidad porque su preocupación era que me dejaba sola, se lo manifestaba a sus amigos. Tuve que soltar para que se fuera en paz. Jamás le hubiera reprochado nada a él ni a Dios.
—¿Se fue en paz?
—Espero que sí. Le transmití esa paz y espero que le le haya llegado, sino no se hubiera ido. Dios sabe cuándo hacer las cosas y hoy si me está viendo estaría contento de lo que se logró y le pido que me cuide.
—¿Sos creyente?
—Sí, mucho y no le temo a la muerte, hay un estadio mejor y todos nos vamos a encontrar en un punto. Lo vivo con dolor, pero no como algo trágico, es parte de la vida.
El legado de Cacho
—Volvamos al Café, ¿cómo es tu día a día?
—El 11 d agosto cumplimos diez años, yo hago todo: llevo la parte gastronómica, la parte de producción artística y tengo gente que trabaja conmigo. Jesica es la encargada y Leticia Gourdin, prensa de toda la vida de Cacho. Somos toda una familia. En la semana hago las compras de gastronomía, recibo proveedores, voy durante el día. Los jueves, viernes, sábados y domingos que son los días que hay show voy a la tardecita. Es full, pero me gusta la producción artística.
—Fue un proyecto de los dos, ¿cómo fueron esos inicios?
—El local lo pusimos juntos, inauguramos en 2016 y él estuvo tres años, después de que falleció vino la pandemia y fue difícil porque hubo que cerrar, después se abrió con aforo, pero le metimos a las redes, hicimos algunos shows virtuales y lo fuimos levantando. No me pudo quejar porque si bien es difícil y es una pyme, lo hacemos con mucha alegría y esfuerzo. Hay que estar sí o sí. Vienen artistas de todo tipo, no solo de tango, vino Ráfaga por ejemplo, próximamente estarán Raúl Lavie, Coki Ramírez y Fernando Samartín con su Culto Gitano.
—¿Cómo es la relación con la gente? La mayoría de los clientes deben saber que era el bar de Cacho y que vos fuiste su última mujer, ¿no?
—Es hermoso, el lugar está decorado con la discografía de Cacho, sus premios y la gente viene con mucho cariño. Hay cierta mística, no lo digo yo, lo dicen los clientes y los artistas, que se sienten contenidos, solo tengo palabras de agradecimiento con quienes vienen.
—Después de su muerte (y la pandemia), ¿pensaste en cerrar?
—No. Después del duelo hubo un intento de abrir Café la Humedad en Gaona y Boyacá, pero era imposible. Donde estamos ahora fue una tanguería, casa de Aníbal Troilo. Nunca hablábamos de la muerte o qué pasaría si él no estuviera más, fue natural seguir con el café. Hubiera sigo más cómodo cerrar, pero no se me pasó por la cabeza, al contrario, puse toda mi energía.
—Sobre Gaona y Boyacá, hay dos esquinas vacías, ¿no hay chance de ponerlo?
—La esquina de él es hoy un almacén muy chico, sí vamos a tratar de poner alguna placa en su memoria. A futuro tengo el proyecto de armar un museo audiovisual con sus premios, trajes y cosas en el mismo lugar donde está hoy el café, en la planta alta, porque no tiene sentido tener dos lugares separados. Estoy negociando a ver si me alquilan esa parte. No es por un rédito económico, sino para que la gente pueda ver sus cosas.
—¿Cómo es el público de Café la Humedad?
—Tenemos un publico muy argentino nacional y den nuestra cuenta de Instagram está la programación y mucha gente viene seguido. Vienen artistas de distintos géneros, pop, folclore, cumbia, melódico. Está bueno aclarar esto, que no es solo tango. Hay un público variado.



