A cien años de la Revolución Rusa. Gloria y ocaso de las vanguardias
Beatriz Sarlo, Margarita Fernández y Martín Bauer presentan en La Plata Cien años, una obra que rinde homenaje a 1917, el año de la insurrección y del famoso mingitorio de Marcel Duchamp, que cambió el arte para siempre
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La historia (la Historia, con mayúsculas) entrega a veces curiosas coincidencias, de las cuales se puede extraer un sentido. Una de esas coincidencias es la del año 1917, con dos hechos que conmovieron el mundo de la política y del arte: de un lado del Atlántico, se producía la Revolución Rusa; del otro, en Nueva York, Marcel Duchamp mandaba a una exposición de la Sociedad de Artistas Independientes un mingitorio al que llamó Fuente y que firmó "R. Mutt". Una provocación después de la cual el arte ya no volvería a ser el mismo.
El 17 fue lo que se conoce como un annus mirabilis, año de los milagros. Sobre la base de esa coincidencia, el Tacec del Teatro Argentino de La Plata presenta el sábado y el domingo, a las 20, Cien años, ciclo de canciones bajo la forma de un concierto escénico con texto de Beatriz Sarlo y música de Martín Bauer, que incluye además una intervención de Margarita Fernández en el papel de "Caminante". Cantará Guillermo Anzorena y habrá en ensamble integrado por Federico Landaburu (clarinete), Diana Gasparini (viola), Sebastián Piatti (percusión) y Lucas Urdampilleta (en piano y dirección musical).
El trío Sarlo-Fernández-Bauer recupera así la colaboración que habían tenido ya en la pieza V.O., estrenada enel Centro de Experimentación del Teatro Colón en 2013. "Con Martín nos conocemos tanto que trabajamos casi de memoria, hasta en las bromas", dice Sarlo. Y Margarita, por su lado, es nuestra gran duchampiana, como dejó en claro su pieza Luz de gas. "Ella es la persona más indicada en el universo para transportar el mingitorio de Duchamp de una punta del escenario a la otra", dice Bauer.
V.O. era a su modo un homenaje a Victoria Ocampo. Pero ahora ¿debería entenderse Cien años como un homenaje o como un epitafio? "Tratamos de no desbordar el año 1923, 1924 -explica Sarlo-. Nos quedamos en ese momento que nace en 1917 y que transformó Rusia, el continente y el mundo. Pasado ese límite, más que una celebración, el ciclo de canciones se habría convertido en una crítica de 1917." Sin ir más lejos, un dato confirma el diagnóstico. En diciembre de 1991 había en Ucrania más de 5500 estatuas de Lenin. En diciembre de 2015 quedaban alrededor de 1300. Hoy no queda ninguna. Es la evidencia completa del fracaso.
Pero hay una relación no sólo cronológica entre la vanguardia política y la vanguardia artística. El teórico Terry Eagleton dijo en uno de sus libros que si la vanguardia artística había fracasado era o bien porque no estaba aliada con una vanguardia política o bien porque la vanguardia política con la que estaba aliada había fracasado. Visto así, el fracaso de la vanguardia no es estético, sino político. "¡Es un juicio ese de Eagleton que no puede ser más mecanicista!", dice Sarlo. Bauer, por su lado, descree de ese fracaso: "Las vanguardias artísticas triunfaron, y eso pese a que las vanguardias políticas trataron de aniquilarlas".
-¿En qué sentido creen que triunfaron?
Beatriz Sarlo: -No sé si la palabra es "triunfo". Creo que las vanguardias le dan un nuevo tipo de historicidad al devenir del arte. Hasta las vanguardias, el devenir del arte tiene un tipo de historicidad, que no tuvo grandes rupturas. La vanguardia, en cambio, crea una escena donde la ruptura en el arte sucede de un cierto modo. Y me parece que eso no sigue siendo así. Basta mirar el mercado de la curaduría de los museos: eso tiene muy poco que ver con la vanguardia. Es la completa unión de la institución del museo, los curadores, el mercado y el público. Nada que ver con el escándalo de 1917.
Martín Bauer: -Yo me refería al triunfo de cada uno de los artistas, que pese a todo lo que padecieron, y algunos fueron incluso fusilados, como Meyerhold, todavía podemos citarlos y pensar en ellos. Hacés una exposición de Malevich y se llena. Los vanguardistas fueron artistas que sufrieron mucho, pero ahora, cien años después, su obra está viva. Es una referencia.
Margarita Fernández: -Y después está también esa gran paradoja: que las vanguardias políticas son a veces las más reaccionarias artísticamente.
-En tus clases, Beatriz, solías decir que las vanguardias eran como los goliardos. Hubo goliardos una vez, no los hubo nunca más. Hubo vanguardias una vez, no volverá a haberlas. Ustedes tres fueron, cada uno a su modo, muy influidos por la vanguardia. ¿La influencia de la vanguardia sigue siendo vanguardia o ya no lo es?
B.S.: -Yo mantendría esa frase. Hubo una concentración de este estilo de intervención estética que llamamos vanguardia: tenés las vanguardias de la Revolución Rusa, tenés el dadaísmo, tenés el surrealismo. No me animaría a decir si es imposible que se renueve y vuelva a aparecer. No lo veo hoy en el arte contemporáneo. Hoy las artes plásticas son gerenciales: el MoMA como fenómeno universal.
M.B.: -Lo que sí se mantiene es la expectativa de que algo de esa magnitud vuelva a ocurrir, aunque no ocurra. Y eso es un campo enorme.
M.F.: -Como una ilusión, una utopía...
B.S.: -¿Dónde se mantiene? Hacé una encuesta en el campo estético y visual y no hay nada de eso. Llegan con la última ocurrencia de las 10 de la noche expuesta en el museo a las 10 de la mañana.
M.B.: -Pero eso no quita que uno tenga la esperanza de que algo imprevisto aparezca. Es utópico, pero persiste el recuerdo de que una vez pasó.
-Hablamos de las artes visuales. Pero ¿qué pasa con la música, que mantuvo una relación diferente a principios del siglo pasado con las vanguardias, una relación que tal vez fue un poco menos evidente?
M.F.: -"Vanguardia" es una palabra muy fuerte, muy engañosa, y a veces también ilusoria. Una cosa es la perspectiva contemporánea y otra, la que se tiene pasado el tiempo. Hay un caso paradigmático, que Arnold Schönberg puso sobre el tapete, que es la aparente dicotomía entre Wagner, el revolucionario, y Brahms, el reaccionario. Schönberg dijo: "Los dos están en el mismo sitio, los dos son vanguardistas y los dos son tradicionalistas". Lo que pasa es que en Wagner había una necesidad de pregonar su estado revolucionario; en Brahms, no, y por ahí es la mejor manera de ser vanguardista: sin saberlo.
-¿También en la música se programa a las 10 de la mañana la última ocurrencia de las 10 de la noche?
M.B.: -Los fenómenos musicales para mí más interesantes no sé si son vanguardistas, y sin embargo traen novedad. Por ejemplo, Morton Feldman. Salvatore Sciarrino, que no es nada vanguardista, porta una novedad bestial. Lachenmann trae novedad y no es vanguardista. Cage trae novedad y él sí es vanguardista. Y después hay otros que son solamente ocurrentes.
-¿Y dónde ubican a Duchamp en ese panorama?
B.S.: -Duchamp tuvo una ocurrencia, o si vos querés una idea, que marca toda una zona del arte del siglo XX. Hasta el pop art y Warhol, que vienen directamente de él. Y con las peores consecuencias: vos y yo montamos mañana una exposición duchampiana. Sin el mingitorio no estaríamos hablando de Duchamp. Es el hecho maldito del arte del siglo XX.
M.F.: -Yo lo pienso en estos términos: le quita la utilidad a un objeto y lo vuelve estético. Ahí cobra importancia la frase de Oscar Wilde en el prefacio de Dorian Gray: el arte es completamente inútil. Es un poco concomitante con el "todo es música" de Cage.
Duchamp
Una de las canciones que Beatriz Sarlo escribió para la obra Cien años, que se estrena en La Plata
Blanco sobre blanco. Brillante y duro, porcelana y [metal puro. Insípido, incoloro, aquí está el perfecto inodoro. De América traigo el tesoro. ¡Mueran los falsos artistas! ¡Que vivan los futuristas! Me llamo Marcel Duchamp. Les traigo mi gran blanco modelado sobre blanco, como lo pintó Malevich. Y si a Lenín no le gusta, a los futuristas no los asusta. Mingitorio fountain fontana son las estatuas del mañana. Me llamo Duchamp. Por este [campo, los reaccionarios no pasaran.




