
Aplaudir o no: ésa es la cuestión
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ROMA (Corriere della Sera) .- La guerra de los aplausos. Recurriendo a un juego de palabras con axe, el hacha que convierte en añicos un rito sagrado (más que una costumbre) de la música clásica, el diario The Boston Globe propone una entrevista con el pianista Emanuel Ax, que levanta polvareda en los Estados Unidos y rebota en Europa.
"Como oyente, estoy al frente de una cruzada para que cada uno pueda aplaudir cuando quiera", dice Ax, resuelto a alentar al público a batir palmas espontáneamente en el momento que lo desee, incluso entre un movimiento y otro de una sonata o de una sinfonía. ¿Sacrilegio? Ax habla de "reglas arcanas", de " diktat estúpidos" y dice que el manager de la Orquesta Sinfónica de Boston está de acuerdo con él ("El voto de silencio es un esnobismo").
"No hay ningún escándalo en el hecho de aplaudir al final de un movimiento. Lo que más me fastidia es el aplauso inmediato. Pienso en el final de la Tercera sinfonía de Brahms o el de la Novena de Mahler, en las que las notas se apagan lentamente. Son los que aplauden para hacerte notar que son expertos. Ellos saben que la pieza está terminada", afirma el violinista Salvatore Accardo. Justamente a propósito de la Novena de Mahler, el director Claudio Abbado hizo repartir en Roma un volante en el que solicita silencio para el final.
Los violinistas, sin embargo, están divididos. Uto Ughi, en principio, no se muestra ni a favor ni en contra. "Pienso sobre todo en los jóvenes y, en función de ellos, no pondría ninguna regla categórica", señala. En cambio, Viktoria Mullova se manifiesta completamente de acuerdo con Ax. "El mundo de la música clásica es rígido y aburrido. Prefiero el público reactivo y no espectadores que parecen agonizantes". ¿Y qué ocurre con la concentración del músico en estos casos? "En obras como las Variaciones Goldberg -responde Mullova-, en la que una nota está ligada a la otra, seguramente los aplausos provocarán una molestia. En esos casos, es preferible el silencio total después de una ejecución tan especial. Lo mejor es que no haya reglas."
En Salzburgo, Riccardo Muti pide en el final del réquiem dedicado a la memoria de Herbert von Karajan silencio y nada de aplausos. En Roma, el pianista Andras Schiff llegó incluso a interrumpir un recital: primero, una señora se puso de pie delante de sus narices y recorrió ruidosamente la sala; después comenzó a oírse un teléfono celular... ¡con el sonido de un despertador! Schiff se levantó y dejó expresar su lamento por la situación, y el público hizo suyo un sentimiento colectivo de culpa a través de un aplauso cálido y liberador. Daniel Barenboim, durante un concierto, sugirió con un gesto inequívoco la necesidad de apagar la tos dentro de un pañuelo. Y el Carnegie Hall de Nueva York reparte entre sus asistentes un decálogo de buen comportamiento: no abrir caramelos, evitar la impuntualidad, no dejar la sala hasta que el director de orquesta deposite la batuta sobre el atril...
Ennio Morricone cree que la música clásica no es igual al jazz o incluso a la ópera, en la que el aplauso se convierte en espontáneo elogio del público a las demostraciones de talento e inspiración de los músicos y los cantantes. "No se puede interrumpir o alterar la unidad de una composición. Sería igual que detenerse en medio de un capítulo mientras se lee una novela", explica el músico, que cuando ejecuta en vivo sus célebres bandas sonoras para el cine las transforma en una suite sin solución de continuidad.
La capacidad de concentración empieza a comprometerse cada vez más en la era de la imagen. Para el compositor Giorgio Battistelli, el aplauso espontáneo tiene que ver con la alteración del sistema perceptivo. "El déficit de atención nos lleva a equiparar nuestra relación con la música con una especie de zapping acústico. Nos dirigimos hacia un uso segmentado de la música; la consumimos de acuerdo con formatos temporales cada vez más ajustados."
Y recurre a un ejemplo tomado de Los Simpson . "En un episodio, el público se va de la sala después de escuchar las primeras notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Un tipo se le acerca al falso Karajan que está dirigiendo la orquesta y le dice que el resto es irrelevante. Ni siquiera se trata de una parodia. Yo no quiero ver sólo la sonrisa de la Gioconda. Quiero ver el cuadro entero".
La pianista Katia Labèque, en cambio, se ubica del otro lado de la barricada. "Ax tiene razón. ¿Por qué la tos está permitida y los aplausos no? Cuando estalla un aplauso, yo miro al público y sonrío. Me pasó en el Festival de Rock de Bristol con un programa difícil de escuchar: Stravinsky, Berio. Esa reacción visceral, espontánea, me lleva a sentir que el público está con vos. A mí me dio una energía increíble."




