Dino Saluzzi en un viaje sin límites en alas de la música

El bandoneonista y compositor confirmó su notable talento
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26 de agosto de 2001  

Con esta música maravillosa que emerge, crece y se expande entre temerarias búsquedas y fascinantes hallazgos, Dino Saluzzi nos redime de la desesperación, de la intemperie ciudadana, de la mediocridad intelectual y estética, del estrépito del que está plagada mucha música popular.

A Dino lo acompañan sus hermanos y su hijo: Celso, Félix "Cuchara", José María y Matías Saluzzi en bandoneón, saxos, guitarras y bajo eléctrico, más Jorge Savelón en batería y percusión. La parte de danza ha quedado confiada a los santiagueños Koki y Pajarín Saavedra.

"Mis vivencias de tantos años con la música surgen a borbotones, desordenadas, y toman distintas formas que aparecen en mi corazón y en mi mente como apuntes e imágenes de un inventario particular", empieza escribiendo Dino en el fino programa de mano. Luego se pregunta: "¿Es fusión? ¿Es ensamble? ¿Es yuxtaposición? Definitivamente no", se contesta.Y prosigue: "Es ni más ni menos que la apropiación debida de lo mejor de la esencia de cada género, de cada corriente y de cada disciplina para poder dar rienda suelta al sentimiento y producir un goce estético colectivo".

Las palabras de Dino son imprescindibles para asumir toda visión, toda impresión desde las butacas del teatro. La explicación de su propuesta es, al final, meridianamente clara. "Si al correr de los temas logran sentir que nuestro folklore se abre paso al jazz y el jazz se entretiene jugueteando con el barroco, al tiempo que el tango perfuma de sensualidad la vital alegría del afro, habrán podido echarle un vistazo a mis apuntes e imágenes del arte universal de la música".

El bandoneonista y compositor no hace sino demostrar que pese a la insoportable crisis, al desamparo de una mayoría silenciosa, el talento argentino también está consagrado -al menos en algunos músicos- a la inventiva, a la belleza, a la armonía, a los nobles sentimientos humanos.

Esta vez Saluzzi ha querido entrelazar sus melodías, armonías y ritmos con el vuelo fecundante de la danza, como para perfeccionar en imágenes visuales el contenido de sus atrapantes apuntes creativos.

No es éste un espectáculo de música y danza. La danza sólo aparece aquí en determinados momentos: en las instancias de "Kakuy", "Apuntes e imágenes, "Sudamericana", "Fantasía" y "Malambo". La labor de los bailarines santiagueños Koki y Pajarín Saavedra se remite a describir en pasos, desplazamientos y gestos lo que insinúan las notas. Ninguna desmesura dictan sus coreografías. La empatía con la música es total al sugerir giros inéditos, atmósferas sugerentes, inesperados vuelos. Nada está hecho por el capricho expresivo ni por el despliegue virtuosístico.

Vuelos de bandoneón

Insinuaciones esotéricas, de lejanías, abren el primer cuadro -"Kakuy"-, alucinante en sutilezas tímbricas que crecen en resonancias organísticas. De pronto surge un estrépito de parches y se instala el ritmo rotundo, para luego decrecer y hundirse en el misterio. Entonces brota el canto del bandoneón. Es una de esas introspecciones fabulosas, plasmadas como en melodía infinita, que sólo sabe crear el bandoneón de Dino.

Luego sobrevendrá un incisivo ritmo ciudadano en obsesivos acentos que habrán de impregnar otros tramos del concierto. Allí se amalgamarán los retumbos de las catacumbas imaginarias de este Buenos Aires para luego dar paso a la expansión hímnica y a la profunda nostalgia.

De pronto cambia el clima. Las armonías -con el sexteto en pleno- se han lanzado hacia la tonalidad mayor, con apogeos diáfanos y abiertos en el canto del saxo. Por entre las notas se cuelan giros y resoluciones de una música que late a instancias de la ciudad, aunque no remita al tango. Son como nuevos derroteros a partir de una impronta argentina.

"Gorrión" y "Doña Juanita", esta vez sin los bailarines, van apareciendo con el pulso inquieto de lo ciudadano, pero derivando -ahora en ritmo ternario- hacia un fantástico folklore imaginario, entretejido con refinamientos y supremas elaboraciones armónicas y rítmicas.

"Tangola" es un tango moderno de melodismo entrecortado, incisivo y atrevido en sus inaugurales acentos. Su crecimiento y desarrollo no remiten a Piazzolla sino que llevan el sello inconfundible de Saluzzi, sobre todo en el tramo lento, de hondo lirismo. Sólo maravillas producen los dedos del genial bandoneonista y creador. Y apenas si el bajo eléctrico se interpone en su camino de hallazgos.

Dos zambas preñadas de melancolía -que casi duelen- entrega Dino junto con la danza. La carga de emociones no impide que Dino emprenda otros derroteros vanguardistas.

El eminente músico es capaz de construir una "Fantasía" como un enjambre de sutilezas, donde el bandoneón se hace mágico en los susurros y en la media voz y donde los impulsos rítmicos se desatan en deslumbrantes síncopas de sugerente impronta rioplatense.

"Malambo" será el cierre de este encuentro inolvidable. Otra vez lo esotérico asomará como un nuevo sentido del folklore imaginario, entre pasmosas elaboraciones que desembocan en una definición final de franco y claro ritmo pampeano, danzado con gracia por Koki y Pajarín.

Antes de acometer antológicos bises solo con su bandoneón, comparte una zamba con el "fantástico e increíble músico" Luis Salinas, que demuestra que lo es, sin apelar a ningún malabarismo, al entretejer deliciosamente sus cadencias. Saluzzi se ve feliz tras un intenso trabajo donde ha gobernado cada célula aportada por sus compañeros con variadas indicaciones de entradas y matices. Luego lo rubricará con palabras de quien ha conquistado autoridad gracias a su talento: "Nuestra música no debe ser usada ni bastardeada. Para tocarla uno debe prepararse largamente".

Pinta musicalmente tu aldea y pintarás el mundo, parecerían decir estos apuntes e imágenes de Saluzzi. Es que, al partir de las esencias telúricas para empinarse con ellas hacia el futuro, Saluzzi convierte a su música en paradigma universal.

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