
El clarinete de Rey salvó la noche
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Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires . Director: Bruno D´Astoli. Programa: Bartók: Concierto para dos pianos, percusión y orquesta (solistas: Manuel Massone y Silvia Dabul, pianos, Angel Frette y Arturo Vergara, percusión); Salvador Ranieri: "La esencia del cosmos", de "La vida, un enigma", y "Presagios"; Mozart: Concierto para clarinete y orquesta, K. 622 (solista: Mariano Rey). Teatro Colón.
Muy a menudo, el diablo mete la cola, trapisonda que puede tener múltiples, infinitas modalidades. En el Colón, el personaje, siempre anónimo e invisible, no introduce su rabo sino que mete papelitos, muy refinadamente llamados inserts, dentro de los programas de mano. A través del último de ellos, el jueves pasado, el público pudo enterarse de que no se iba a ejecutar el Concierto para clarinete y orquesta de Salvador Ranieri, la obra que fue escrita por el autor en su calidad de "Compositor en residencia 2004" del Teatro Colón. En realidad, para rematar un año de cancelaciones y frustraciones varias -también de algunos grandes logros-, éste pasa por ser el papelón más insólito, dado que es una sinrazón absoluta tener a un compositor en residencia durante un año para que no se estrene la obra creada en esa condición. La solución para la emergencia fue la programación del Concierto para clarinete de Mozart. En realidad, ni Mozart merece ser tratado como un suplente de ocasión, a quien se manda a la cancha por defección del titular, ni Mariano Rey, un músico notable, debe tener que tocar esta obra como colofón de un concierto que, además, no fue particularmente feliz.
En la primera parte, se escuchó una interpretación sumamente anémica, descolorida y desprovista de interés de una obra colosal, intensa y fantasiosa como es el Concierto para dos pianos, percusión y orquesta de Bartók. Para que el resultado fuera tan insustancial concurrieron varios factores. En primer término, en ningún instante, el dúo de pianistas asumió algún tipo de protagonismo, paseando por los tres movimientos con volúmenes escasos, por momentos bordeando la inaudibilidad, sin que se pudieran percibir los materiales, así de sencillo, con los cuales Bartók trabajó la partitura. Por ejemplo, la fuga del primer movimiento apenas si pudo ser distinguida en las entradas de las voces. Sobre esta base, los percusionistas Frette y Vergara, muy correctos ambos, aparecieron con una presencia desmedida y, por lo tanto, inconveniente. Por su parte, D´Astoli, ante esta situación, sólo atinó a conducir al conjunto a través de marcaciones métricas y algunas expresivas, sin poder establecer primacías, detalles o planos. Murmullos entremezclados con sonidos, algunos cantos eventuales, un empastamiento general y una falta de continuidad en un buen nivel caracterizaron a un concierto que deberá aguardar para una mejor presentación.
Luego fue el turno de dos obras de Ranieri -nuevamente el diablo y su cola, en el programa figuraban en orden inverso al de la presentación-, un movimiento del oratorio "La vida, un enigma", para gran orquesta, de 1994, y "Presagios", para cuerdas, de 1990. En una y otra, Ranieri demuestra sus destrezas en la administración del medio sinfónico y, manejándose dentro de la atonalidad, con sonidos corrientes y no convencionales, y a través de algunas técnicas y estéticas surgidas en los 70, elabora trayectos sonoros que suscitan diferentes climas o atmósferas y cuya secuencia no parece responder a ningún orden o planeamiento discernible. La recepción de ambas obras fue sumamente fría y la proliferación de las toses durante la ejecución fue una respuesta primitiva y poco educada con la que parte del público manifestó su disconformidad. Por su parte, la interpretación se reveló, otra vez, como demasiado general, sin pormenores y sin mayores atractivos.
Sin una lectura peculiar
Lamentablemente, esta misma actitud por parte de D´Astoli pudo ser percibida también en la dirección del Concierto para clarinete de Mozart, sin que pudiera ser detectada alguna lectura peculiar, alguna búsqueda que escapara de cierta previsibilidad. Por suerte, sobre el escenario estuvieron Mariano Rey y su clarinete, accionando uno al otro con precisión y musicalidad, elaborando cantos sutiles y fraseos impecables, los suficientes para disfrutar del mejor Mozart y para dejar a un lado todo lo que había sucedido con anterioridad. Fuera de programa, y hasta con zapateo incluido, Rey, a pura milonga, avanzó desde "El porteñito" hasta "Taquito militar". Cuando concluyó, por fin, el público rugió en una ovación, la primera y última de la noche.



