
El gran cantor del folklore
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"Demasiado corazón" , recitales del cantor de Purmamarca Tomás Lipán, acompañado por Carlos Peñalva (charango), Aldo Cruz (guitarrón y bombo), Juan Pablo Alvarez Ugarte (flauta), Fita Ríos (piano) y Daniel Vedia (bandoneón). Invitada: Mónica Pantoja (canto). Pareja de baile: Guillermo Colqui y Elsa Uviedo, del conjunto de danzas Juan de los Santos Amores. Cancionero folklórico norteño. Iluminación y sonido: Fermín González. Próximo invitado, el 25 y 26 de mayo: Ricardo Vilca (compositor e intérprete de Humahuaca). Organiza: la Secretaría de Cultura y Capacitación del Sindicato de Empleados de Comercio, en la sala Carlos Carella del Centro Cultural Cátulo Castillo, Bartolomé Mitre 970.
Nuestra opinión: excelente.
Es una gran alegría, la de admirar. Criticar es, en cambio, un deber. Pero este deber, incluso si no está ejercido con malevolencia, puede llevarnos a idéntico placer. La lucidez del espíritu se satisface con tal alegría.
Las palabras de Henri de Lubac, eminente jesuita francés, vienen al caso cuando se trata de escribir sobre Tomás Lipán, uno de los pocos cantores dignos de admiración y respeto por el modo de asumir y transmitir el folklore, sobre todo el norteño.
Cuando uno ve su rostro y su nombre por primera vez solo en la marquesina de un teatro porteño, se regocija al pensar que con Lipán se ha concretado al fin un acto de justicia por ser uno de los mejores intérpretes del folklore argentino de todos los tiempos. Y cuando uno lo escucha los viernes y sábados, a las 21, en ese complejo cultural Cátulo Castillo que lo acogió en su sala de la calle Bartolomé Mitre 970, no hace sino ir de sorpresa en sorpresa con su arte inimitable.
Desde el inicio de su actuación se goza con un estilo único. Es cuando entona la zamba "Jujuy mujer", que también marca su coherencia espiritual y su amor por el repertorio que escoge: el del noroeste argentino. Allí, Lipán entrega la natural cadencia de la zamba lenta con su registro de barítono, engarzada en un cálido vibrato y en un fraseo limpio y transparente que trasunta el latido de la tierra en las apoyaturas de los finales de frase.
Llega enseguida otra zamba, "La Yaveña", con todo el aroma y el sabor norteño al que se acopla el admirable bandoneón de Daniel Vedia, cuyo toque y sutileza nos remiten directamente al Dino Saluzzi del más acendrado folklore.
Gracia y alegría
Lo más profundo, las esencias que transmite Lipán, han de conjugar deliciosamente con el ritmo crepitante de la cueca "Para Santa Catalina". La voz del cantante se desata para prodigarnos la gracia del ritmo y comunicarnos la alegría. De igual modo llegará después el carnavalito "La vi por vez primera", del inspirado Torres Aparicio, que rezuma ese clima intransferible del carnaval del Norte y de los amores que alienta a su paso.
Y aparecerá luego la "Tonada para Remedios", que recoge, en el diálogo de la voz con los aerófonos, todo el perfume ancestral de la Puna.
Bastaría repasar los títulos para imaginar el espectro que abarca el noble, delicioso, magistral arte canoro de Tomás Lipán. Mencionar, por ejemplo, títulos como "Erquencho y coplas", "La maimareña", "Linda purmamarqueñita", "La huanchaqueña", "Mama coya", "Por la quebrada"... y entre ellas la empatía de la emblemática zamba "Piedra y camino", de la que Lipán hace una verdadera, enternecida creación.
En su canto habitan todo el paisaje y las vivencias recogidas desde su propio pueblo por este irrepetible cantor nacido en Purmamarca: los caminos de la Puna, los cerros, los ranchitos de adobe, las cholitas, los carnavales, los primorosos cantos de amor...
Pero no es solamente la voz y la expresión de Lipán lo que atrapa y conmueve, sino la profunda simbiosis con las diversas combinaciones instrumentales de su gente de Jujuy y el Noroeste: ora con guitarra sola, ora con piano y aerófonos, ora con el bandoneón. Y con la sutil y entrañable cantante Mónica Pantoja. Tomás también toca varios de aquellos instrumentos que forman parte de la coherencia de una propuesta como reflejo auténtico del arraigo y de las mejores expresiones de lo tradicional: la caja, el erquencho, la quena, el sikus, la anata, el charango, el bombo, unidos a guitarras, bandoneón y piano.
Cuando uno escucha a Tomás Lipán todo lo demás parece copia. Heredero, seguramente, del estilo de Jaime Torres, maestro y amigo, el cantor purmamarqueño sabe que la media voz y la unción son parte de lo auténtico, de lo verdadero en el folklore, frente a tanto grito y a tantas precipitaciones de los nuevos cantores consagrados por el mercado discográfico.
El canto del jujeño sabe unir prodigiosamente lo exquisito con lo agreste, la ternura con lo varonil, la alegría con la magia. Y por si faltara algo para refrendar la autenticidad y a un tiempo otorgar colorido a sus recitales, Tomás ha invitado a la pareja de baile de Guillermo Colqui y Elsa Uviedo, que con euforia telúrica trazan las fidedignas y preciosas coreografías de las danzas; coreografías que se han perdido por la proliferación de los ballets folklóricos.
Tomás Lipán produce el placer de hacerle una crítica y la alegría de la admiración. Porque su arte, que es una lección de folklore, nos honra.
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