El símbolo de la UE

Pola Suárez Urtubey
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29 de abril de 2004  

Mientras nos preparamos para asistir, desde nuestra lejanía geográfica, a la ampliación de la Unión Europea, con la incorporación, desde pasado mañana, de diez nuevos países, nos preguntamos si hay un músico que pueda representar mejor a este ensanchado panorama. Se trataría de saber si Beethoven, cuya Novena sinfonía viene simbolizando durante más de un siglo y medio el sentimiento de amor, comprensión y unidad entre los hombres, puede abarcar con el poder y el mensaje humanitario de su música a esta Europa que ahora asocia bajo una misma bandera y una moneda común a algo así como 75 millones de habitantes más. Es cierto que varios de los recientes miembros pueden enarbolar sus propios talentos musicales, algunos de los cuales, como el polaco Chopin, han conmocionado, con su genio y con su obra, el curso entero de la música occidental; o el húngaro Bela Bartok, compositor y etnomusicólogo de un rigor científico sin precedente. A marcada distancia, es cierto, también la República Checa cuenta con un famoso, Antonin Dvorak, mientras que a Eslovaquia le sobran motivos para enorgullecerse con otro grande, Leos Janácek. Con todo, no es cuestión de discutir ahora cuál de los flamantes socios tiene más derecho para imponer su "euro musical". Ya bastantes dolores de cabeza anticipan para el futuro inmediato los expertos en política y los economistas.

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De todas maneras, desde 1815 las circunstancias proclamaron a Beethoven como el símbolo de una nueva Europa. Y eso que aún no había compuesto su Novena sinfonía. El asunto no era nada fácil: el Congreso de Viena debía restaurar el equilibrio internacional existente con anterioridad a la revolución francesa y las guerras napoleónicas. Entre 1814 y 1815, Austria, Rusia, Prusia, el Reino Unido y Francia debían concertar la reconstrucción del mapa europeo, con puntos conflictivos como lo fueron la situación de Polonia y de Sajonia y los límites de los estados alemanes. Pero mientras entre bambalinas las grandes potencias llegaban al acta final, firmada el 9 de junio de 1815, la ciudad de Viena le otorgaba la ciudadanía honoraria a Beethoven, quien, en medio de bailes, banquetes, sueltas de globos, ballets, óperas y hasta remotos anticipos de turismo aventura, recibía la adulación de los grandes monarcas y regalos más o menos opulentos, como el de la emperatriz de Rusia, a cambio de una polonesa para piano. Debieron pasar nueve años antes de que Beethoven completara, en 1824, su sinfonía inmortal, presente desde entonces en los grandes acontecimientos, toda vez que se quiso absorber su mensaje de alegría y fraternidad entre los hombres.

Es cierto que después del encumbramiento de Beethoven Europa asistió a sucesivos descalabros, con revoluciones, conflictos bélicos y horrorosos holocaustos. Sin embargo, en cada renacimiento la Novena ha planeado como una fuerza espiritual renovada. Tal vez sea un lazo demasiado frágil frente a los problemas que se abren desde ahora para la UE, pero su repercusión emotiva puede llegar hoy aún más potenciada, al menos cuantitativamente.

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