
En Nueva York: las excelencias de Gustavo Dudamel ya se viven en su desembarco en la Filarmónica
En el David Geffen Hall, con su acústica plana y de reverberaciones directas, la agrupación suena potente bajo su dirección
8 minutos de lectura'

NUEVA YORK.- Hace poco más de dos décadas, desde Caracas para el mundo, Gustavo Dudamel, con sus talentos, su carisma y su distintiva cabellera, irrumpió impetuosamente en los podios de las orquestas sinfónicas más afamadas del planeta. Su carrera, hasta el presente, ha sido asombrosa. La enumeración de sus actuaciones, registros, logros, premiaciones y reconocimientos sería abrumadora. De ese total, parece imprescindible recordar que, durante los últimos diecisiete años, intensos y pletóricos de reconocimientos, fue el director titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles. Pero, además, y a diferencia de la casi totalidad de sus colegas, Dudamel también logró trascender el austero y generalmente sobrio mundo de la música académica.
Sin colisionar con él, se involucró en la dirección de las bandas sonoras de varias películas, apareció caricaturizado como él mismo en un episodio de Los Simpson, dirigió una orquesta en el medio tiempo del Super Bowl 2016 y en el del Mundial 2026, fue una figura inspiradora para la serie Mozart in the Jungle y compartió escenario con artistas populares como Billie Eilish, Ricky Martin, Coldplay o Christina Aguilera.
Con esta historia tan particular y tan gloriosa, como ya es sabido, Dudamel fue convocado para asumir la dirección artística de la Filarmónica de Nueva York, una orquesta que estaba necesitando una renovación luego de transitar, durante muchos años, por sendas de meras correcciones, mientras que las otras grandes orquestas de las proximidades llevaban adelante temporadas mucho más atractivas. Basta recordar que al frente de las orquestas de Filadelfia, de Boston y de Chicago, los directores eran Yannick Nézet-Séguin, Andris Nelsons y Riccardo Muti, respectivamente. Pero la ciudad que rompió los moldes y las previsiones eligiendo como alcalde a Zohran Mamdani, de 35 años, nacido en Uganda y de familia musulmana, decidió “importar” a Dudamel desde Los Ángeles para que su orquesta no se centre solo en Beethoven, Brahms o Stravinsky, sino que amplíe sus perspectivas hacia otros horizontes también. Sus primeras actuaciones y proyectos al frente de la orquesta fueron sumamente reveladores.

Dudamel, el primer latino e hispanoparlante en conducir los destinos de la orquesta neoyorquina debutó oficialmente hace un mes en el emblemático Radio City Music Hall. Antes unas 6000 personas, Dudamel se apartó de lo habitual y dirigió obras de George Gerswhin, Arturo Márquez y Philipp Glass, todos ellos americanos, y también sumó, con arreglos especiales, a Lizzo, a St. Vincent, a la venezolana Joaquina y a Aaron Tveit. Con todo, en el David Geffen Hall, la casa de la Filarmónica de Nueva York en el Lincoln Center, Dudamel mostró todas sus credenciales en el estricto campo de la música académica hace tan solo una quincena. En un lapso de seis días, hace una quincena, dirigió tres conciertos diferentes con programas que incluyeron estrenos, obras monumentales y la actuación de dos solistas que, como él, tienen vida propia más allá los teatros clásicos; Lang Lang y Yo-Yo Ma.
Por fuera del repertorio canónico, durante su etapa en Los Ángeles, Dudamel encomendó numerosas obras a compositores generalmente vinculados a la costa oeste. Para esta nueva etapa, los primeros encargos recayeron en la venerable compositora afrocubana Tania León y en la joven canadiense Zosha Di Castri, ambas residentes en Nueva York. Dudamel lee obras contemporáneas y entiende sus misterios y bellezas y sabe cómo trabajarlas con la orquesta para que puedan ser apreciadas por el público. De su mano, de su batuta y de sus muchas sapiencias, los neoyorquinos estuvieron lejos de espantarse o rechazar dos obras compuestas en 2026. Por el contrario, las aplaudieron con entusiasmo. Pero Dudamel también le puso la mejor vida y expresión a Mahler, a Beethoven y a Golijov.
El primero de los tres conciertos se abrió con Imágenes mestizas, con título original en español, de Tania León. Tras los muchos aplausos, llegó la pieza central del programa, la Sinfonía Nº5 de Mahler. En el David Geffen Hall, con su acústica plana y de reverberaciones directas, la Filarmónica de Nueva York suena potente, con una clara preeminencia de sus bronces. Gustavo hizo magia y logró un equilibrio extraordinario. Mantuvo la tensión de principio a fin, expuso una a una todas las ideas y la obra fluyó envolvente, atrapante y poderosa. En los momentos de máximo volumen, la orquesta fue una verdadera aplanadora artística. En contraposición, el “Adagietto”, el cuarto movimiento, el más íntimo, el más poético, fue una auténtica y suave caricia. El aplauso final fue atronador.
Cuatro días después, la ceremonia fue parecida. En el comienzo, el estreno, Invisible House, de Zosha Di Castri. Y después, Lang Lang desplegó su técnica apabullante y potente y todo su histrionismo para tocar la parte solista del Concierto para piano y orquesta Nº5, de Beethoven, ese al cual algún editor, y no el compositor, bautizó “del emperador”. Para no generar una interpretación discordante entre solista y orquesta, Dudamel se acopló a las espectacularidades que Lang Lang aplicó sin tapujos desde la cadencia de apertura. Debe reconocerse, sin embargo, que la ejecución de Lang Lang, aún sin ser compartida por una altisonancia y un énfasis poco clásicos o beethovenianos, fue coherente y la mantuvo uniforme hasta el final. Fuera de programa, Lang Lang, tal vez para demostrar que es capaz de sutilezas y refinamientos de alto vuelo, interpretó de modo admirable y sensible la Consolación Nº2 de Liszt.

Al día siguiente, volvió a ingresar Dudamel al escenario en el medio de una algarabía general que manifestaban tanto el público, con un griterío absolutamente inusual en el David Geffen Hall, como por los músicos de la orquesta, llamativamente sonrientes. Después de reiterar Imágenes mestizas, la obra central fue otra apuesta riesgosa y valiente de Dudamel. Con la participación solista del legendario Yo-Yo Ma, Dudamel dirigió Azul, una obra para chelo y orquesta de nuestro compatriota Osvaldo Golijov.
Dudamel cuidó los balances, enfatizó los contrastes y extrajo colores y atmósferas de manera impecable. Pero, sobre el escenario, todos pudimos ver el compromiso emocional y corporal de Yo-Yo Ma para alcanzar una sonoridad expresiva y resplandeciente y, casi literalmente, poner la vida en cada pase de arco. La obra concluye con el chelo solo, avanzando lentamente hacia la nada, hasta volverse inaudible. Tras unos tensos segundos de silencio absoluto, la sala estalló en un estruendo interminable. Golijov fue invitado a subir al escenario y Osvaldo, Dudamel, Yo-Yo Ma y los músicos de la orquesta recibieron una larguísima ovación. El público, de pie, continuó con el griterío y los aplausos por más de diez minutos. La algarabía no terminó porque el público hubiera dejado de aplaudir, sino porque, de un modo elegante, Dudamel invitó a la orquesta a levantarse y a retirarse del escenario. Hecho curioso y real: la obra de Golijov, con Yo-Yo Ma y Dudamel como protagonistas excluyentes, cosechó más admiración y gritos aprobatorios que Mahler y Beethoven.
En estos días, Dudamel y los músicos están llevando ese mismo repertorio, con las obras contemporáneas incluidas, a varios países europeos. A su regreso, tiene pensado muchos proyectos todavía no implementados. Habrá un ciclo de óperas en concierto en el Carnegie Hall y otro completamente diferente y alejado de los escenarios. Producto él mismo del Sistema de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles de Venezuela, aquella genial idea del siempre recordado José Antonio Abreu, Dudamel, solidario y generoso, acordó con Mamdani la implementación de un programa similar al venezolano. Como ya lo hizo en Los Ángeles, el director quiere contribuir a que los chicos de los sectores más desprotegidos tengan la posibilidad de hacer música. El programa comenzará en barrios periféricos del Bronx y ofrecerá a esos niños una oportunidad inclusiva que es mucho más que aprender a tocar un instrumento.
Más allá de las propuestas amplias, de los proyectos comunitarios, de la apertura hacia otros públicos y del estímulo a la creación de nuevas obras, Gustavo Dudamel es un director excepcional que despliega sus talentos con una versatilidad admirable. Frente a obras de Mozart, de Schumann, de Bartók o de John Adams, obtiene resultados de excelencia. Trabaja colaborativamente con sus músicos en los ensayos entablando una conexión empática, sabe exactamente cómo resolver las dificultades técnicas, y estudia y conoce el lenguaje y la estética de cada obra que aborda. La resultante es la exposición de músicas pletóricas de expresividades, atmósferas, emocionalidades y pasiones intensas y magnéticas. Además, y no es ningún secreto, es espontáneo, cálido, humilde, jovial, dinámico y posee un carisma fascinante, una cualidad que no se estudia en ningún conservatorio ni se compra en ninguna institución. Los neoyorquinos tienen muchos años por delante.
1
2Guido Kaczka, íntimo amigo de Romina Yan, habló sobre las declaraciones de Valentín: “No quiero decir nada inconveniente”
3Gustavo Yankelevich habló tras el comunicado de Darío Giordano y explicó por qué fue sobreseído
4RJ Mitte, en una entrevista hace 11 años: “Breaking Bad me dio la oportunidad de mostrar lo normal que es realmente una discapacidad”
