
Escuchando a Shostakovich
Sin motivos de índole ideológica ni religiosa, sin fundamentalismos, por la exclusiva validez de sus obras, Dmitri Shostakovich se impone día a día como uno de los nombres posibles para quedar ubicado en la historia entre los primeros grandes compositores del siglo XX. Por de pronto, cada día se incluyen más sus obras dentro del amplio espectro de la música sinfónica y de cámara, mientras se afirma su estilo operístico a través de "Lady Macbeth en Mtsensk". Más difícil le será ganar terreno dentro del repertorio lírico a "La nariz", pues el tema de Gogol es de una fantasía tan delirante que desconcierta, con el añadido de que Shostakovich avanzó en la escritura sonora con tal audacia (la obra fue concluida en 1928) como para sospechar que aún pasará más tiempo para que se acepte su lenguaje sin cosquilleos.
Sin embargo, ciertos cultores de la vanguardia de la segunda posguerra, sobre todo de la centroeuropea -en particular, los seguidores de la Escuela de Viena y su producto más notable, la dodecafonía-, manifestaron desdén por el estilo desbordante, sanguíneo, explosivo de Shostakovich. En nuestro país, Juan Carlos Paz escribió en su "Introducción a la música de nuestro tiempo", cuya segunda y última edición prologada por el autor es de 1968, lo siguiente: "Dicho en sentido general, la música de Shostakovich se muestra siempre como algo tan sofisticado, con una pobreza tal de inventiva y una especie de violencia eruptiva jamás controlada y un querer y no poder, o un prometer y nunca llegar, que degenera en un brillante e insoportable fárrago, compuesto de indecisión y vulgaridad". Y sigue.
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La difusión, cada vez mayor, de la obra de Shostakovich por parte de intérpretes de insospechada jerarquía, muestra a las claras la intención de recuperar para el presente y futuro los valores excepcionales de esa producción. En el curso de esta última semana, Buenos Aires tuvo ocasión de apreciar tres veces, con obras muy disímiles, la pluralidad creativa del compositor ruso. Una de ellas fue la Sinfonía N° 14 que se difundió por radio; otra fue la N° 13 ("Baby Yar") ofrecida por Pedro Calderón con la Orquesta Sinfónica Nacional, obra con la que el autor se introduce y se compromete con hechos de la historia, de la vida cotidiana y la mentalidad soviéticas; la tercera fue incluida, al lado de Haydn y Brahms, por el formidable Trio Hagen, que se presentó en el ciclo del Mozarteum Argentino. Se trata del Trio con piano N° 2, Op. 67, que en sus 36 minutos de duración no da respiro ni al intérprete ni al oyente, tal es la riqueza impresionante de ideas, el dominio pasmoso del oficio y esa espiritualidad profunda, tan alejada, a nuestro juicio, de la sofisticación y la impotencia que señala Paz. Saber escuchar, hoy, la obra de Shostakovich es una de las asignaturas pendientes de algunos músicos y oyentes atados a los prejuicios de una vanguardia que ya fue.




