
La felicidad para Felix Mendelssohn
Hay obras de Felix Mendelssohn-Bartholdy que parecen ser un reflejo perfecto de su impulso creador. Por ejemplo, la Sinfonía italiana. Es que Mendelssohn atravesó la primera mitad del siglo romántico inmune a las inquietudes que llevaron a otros compositores (el caso de Berlioz o de Liszt, ya hacia 1830) a plantearse los difíciles interrogantes sobre los límites del contenido y de la forma. Le bastaban las disponibilidades de la herencia musical (Bach, Haydn y Mozart) para dar curso a su imaginación creadora. De ahí que aún en sus obras de dramática fuerza religiosa, como sus oratorios, su música refleje esa serenidad, alegría y equilibrio que convencionalmente atribuimos a lo clásico. Aguas mansas y cielo azul, eso es Mendelssohn. Italia y él debían encontrarse.
Es curioso, pero la distancia que debería separar a un clásico puro y a un romántico, como fue el caso de Haydn y Mendelssohn, parece fundirse en una común alegría de vivir y de hacer música. Naturalmente, eso fue así por estricta contingencia, por un simple regalo del destino. Dijimos el jueves pasado que Mendelssohn nació en Hamburgo el 3 de febrero de 1809 y Haydn murió en Viena el 31 de marzo del mismo año, y señalamos el hecho fortuito de que dos grandes genios, representantes de dos épocas social, política y culturalmente tan diversas, hayan convivido en este mundo durante casi dos meses del año 1809.
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A diferencia de Haydn, hijo de un modestísimo constructor de carros y de una cocinera, Félix nació en cuna dorada. Familia rica e intelectuales brillantes, al punto de que uno de los grandes filósofos de su tiempo, su abuelo Moisés, fue considerado el "Platón moderno".
Cuando Félix llegó al mundo, Alemania estaba ya ebria de romanticismo. Novalis, que murió en 1801, pero queda como la más vigorosa expresión de ese despertar, decía que "ser romántico significa dar un alto sentido a lo común, un aspecto enigmático a lo ordinario, la dignidad de lo ignorado a lo conocido, una apariencia infinita a lo finito". Este fragmento es sintomático, pues al romántico nada se le ofrece libre de conflictos: vive entre un bosque de antinomias. No en vano Goethe lo calificó como producto de hospital. De hospital de alienados.
Pero Mendelssohn creció marginado de los ideales del primer romanticismo. En realidad la educación recibida en el hogar lo había dotado de una cultura general y musical como de sensibilidades excepcionales, pero de cuño clásico.
Además de Bach, y de Haydn, también Mozart, Weber y Beethoven fueron venerados por Mendelssohn, que adquirió bajo estos influjos un agudo sentido de la forma, del equilibrio, de la mesura y de un pudor que lo alejó del temperamento ardiente de los románticos. De todos modos, hay una afirmación del yo y un tipo de expresividad que permiten ubicarlo dentro de la temperatura de su siglo.
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A doscientos años de su nacimiento, Felix Mendelssohn no ha perdido para nuestra época ese soplo poético inefable que ha inmortalizado su nombre y su legado. En el curso de este año que festejará con toda felicidad el bicentenario de su nacimiento, volveremos sobre su obra, de inmensurable belleza y perfección.




