
La música de Piazzolla se hace carne en la figura de Bocca
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"Bocca Tango Maipo" , con Julio Bocca, Guillermo Fernández, Cecilia Figaredo, Viviana Vigil, Lautaro Cancela, Christian Alessandria, Juan Pablo Ledo, Benjamín Parada, Darío Vaccaro, Pablo Mainetti (bandoneón), Pablo Agri (violín), Leonardo Ferreyra (violín), Hernán Possetti (piano), Roberto Segred (chelo), Germán Martínez (guitarra) y Marisa Hurtado (contrabajo). Diseño de iluminación: Omar Possemato. Diseño de sonido: Luis Ramos. Diseño de vestuario: Jorge Ferrari. Coreografía: Ana María Stekelman. Dirección musical: Julián Vat. Producción artística: Lino Patalano. Duración: 90 minutos. En el Maipo.
Nuestra opinión: muy bueno
Y Julio Bocca volvió a sorprender con su talento. Atrás quedaron aquellos años de entusiasmo juvenil, donde el bailarín brillaba en los escenarios locales y mundiales con su despliegue físico y su técnica brillante.
Hoy, ha madurado con su arte y se ha enriquecido en su expresividad. Era casi una consecuencia lógica que ambas virtudes lo encaminaran hacia un género más popular, pero también más difícil de encarar: el tango; sobre todo para alguien que se ha formado en los cánones clásicos de la danza. Y no está de más afirmar que esta resolución la alcanza con la obra de Piazzolla.
Probablemente, el compositor marplatense nunca imaginó que su música tomara cuerpo en un bailarín. Pero así fue. Bocca, en esta propuesta, alcanzó el lirismo del violín y la potencia dramática del bandoneón. Ambos instrumentos se encontraron en el talento del bailarín para crear un cauce para la expresividad.
Pero quizá no hubiera alcanzado este logro si no estuviera detrás la mano de Ana María Stekelman, fiel intérprete que transformó las notas y el sentimiento de la música piazzolliana en figuras coreográficas de suma belleza y alto contenido dramático.
Si algo le faltaba a Bocca para alcanzar la excelencia en el diseño tanguero era la compañera perfecta. Y la encuentra en Cecilia Figaredo, frágil y contundente, expresiva y volátil. Una conjugación sólo vista en las parejas de bailarines tangueros.
Pero no estaban solos: el cuerpo de bailarines pertenecientes al Ballet Argentino, todos masculinos, también estuvo a la altura de esta jerarquía en cuanto a plasticidad y efectividad.
Lo significativo es que el público está acostumbrado a los espectáculos tangueros con grandes figuras del baile, como Virulazo o Juan Carlos Copes. Sin embargo, esta nueva pareja ofrece algo distinto: conjuga dos estilos, clásico y tanguero, que se fusionan perdiendo cada uno su característica peculiar, para dar lugar a un nuevo estilo, distinto, original.
Más allá del atractivo visual que ofrece toda figura coreográfica, el tango también es voz, que está representada en esta oportunidad por Viviana Vigil y Guillermo Fernández.
Viviana Vigil demuestra sólidas condiciones para el género, con un registro claro y una estupenda modulación para reflejar la emoción tanguera. Con soltura e histrionismo encara "Sueños de juventud", "El viejo vals", "Pedacito de cielo", y alcanza una hermosa resolución en "Naranjo en flor".
Guillermo Fernández, por su parte, se vio un poco atado a la tensión nerviosa, con un caudal de voz contenida que se fue ampliando durante el transcurso del espectáculo hasta mostrar una soltura vocal que lo favoreció, especialmente en el popurrí que encaró con su compañera.
No faltó el ingrediente instrumental con el bandoneón de Pablo Mainetti y el saxo de Julián Vat, que brillaron en el tema "Oblivión", de Piazzolla.
Diseñando la música
La base del espectáculo es lo coreográfico y, en este sentido, fue deslumbrante la concepción con que se encaró cada número.
Para "Maipo", de Eduardo Arolas, Stekelman plantó sobre escena a Julio Bocca y a Lautaro Cancela como la pareja de baile, en una armonía visual y artística de jerarquía. Tratamiento que se repite cuando el bailarín actúa acompañado por el cuerpo de baile masculino. Realmente, un ejemplo de plasticidad y elocuencia destacables.
Pero el plato fuerte estuvo en los momentos en que Figaredo y Bocca se fusionaron en la expresividad, para alcanzar altos picos de sensualidad en temas como "Invierno porteño", "El último café" y "Michelangelo".
Un capítulo aparte merece "Romance del diablo", una coreografía sugerente, de plasticidad armónica impecable, que juega con la comunión de los cuerpos en una relación amorosa musical. Impactante por la audacia de presentar a ambos bailarines con el torso desnudo.
El clímax dramático lo logra Bocca en el solo "Años de soledad", de Piazzolla, con el agregado de poder trabajar en una escalera-tijera. Lo que el artista consigue es la máxima elocuencia dramática con su cuerpo para traducir en imágenes lo que sugiere la música. Llega a ser conmovedor el grado de simbiosis que se produce, sobre todo cuando cuerpo y rostro, como un solo nervio, se involucran en la interpretación.
El vestuario de Jorge Ferrari también participa de esta idea de acentuar los aires tangueros con el consabido negro, pero también incorpora el blanco y el celeste.
Con una orquesta en vivo se pone el broche a la factura artística del espectáculo, pero en este sentido cabe hacer un reparo: los micrófonos.
Además del alto volumen del equipo sonoro, que puede resultar estridente, en el caso de los cantantes el micrófono "metalizó" las voces y les restó calidez. En cuanto a los solos de los instrumentos de viento, es decir saxo y flauta, la brillantez del sonido se vio opacada por cierta fritura que llegó a ser perceptible y molesta.
Es de sospechar que la sala no tiene una buena acústica para la música y que se hace necesario el uso de los micrófonos. Pero éstos terminan por convertirse en un factor de alto riesgo que puede empañar, lamentablemente, los resultados.
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