La música volvió a Afganistán

El experimento social realizado por los talibanes demostró, entre otras cosas, que es imposible extirpar el arte del corazón de la gente
Pola Suárez Urtubey
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22 de diciembre de 2001  

Aquello que hace unos pocos años sorprendió a los occidentales, hoy comienza a ser pasado. Y es el hecho de que el movimiento talibán, que llegó a controlar el 90 por ciento de Afganistán, incluyendo las ciudades más importantes, prohibió el uso de instrumentos musicales, ya sea en público o en privado, y toda clase de música, excepto el canto sin instrumentos, pues no se lo considera música sino expresión poética.

Alguien se preguntaba cómo es posible imaginar una vida sin música, aun dentro de un pueblo agobiado por más de dos décadas de guerras. Un país -como definió Elisabetta Piqué, corresponsal de LA NACION -, inmerso en la miseria absoluta, con gente que resiste una tragedia insoportable, "donde ser alguien -decía- es tener un Kalashnikov, donde las mujeres son seres de segunda y donde morir por la Jihad significa el acceso al paraíso".

Sin embargo, una cosa hay muy cierta: es imposible extirpar la música de la vida psíquica y afectiva del hombre. Porque así como los pensamientos, las ideas, los recuerdos, los amores, viven dentro de uno, sin que ningún tercero pueda impedirlo, tampoco la música, su vivencia y las emociones que provoca, puede dejar de vibrar dentro de nosotros, pese al fundamentalismo que sea.

Habituados en estas últimas semanas a las fotografías que nos entregan los medios -muchas de ellas de una sobrecogedora belleza plástica, con escenas de nomadismo en ese desierto inmenso, con mujeres que se deslizan como sombras fantasmales bajo sus burkas, y con la evidencia de una vida de privaciones sin cuento, de hambre y de miseria-, parece difícil conciliar los hábitos de este pueblo con la práctica y el entusiasmo por la música. Una manifestación del espíritu que cubre las etapas de tradición folklórica campesina, música ciudadana popular, de fuerte difusión a través de la radio y de las grabaciones fonoeléctricas, y música culta, de tradición cortesana. A ellas hay que añadir la música de la diáspora, escrita por compositores que emigraron a Occidente en distintas etapas de la azarosa vida política del país. Fue en particular la guerra, desde 1978, y luego, a partir de 1994, el dominio talibán, lo que afectó seriamente el curso de la vida musical en Afganistán y produjo un éxodo de músicos profesionales que buscaron refugio en Irán, Paquistán, Europa y los Estados Unidos. Pero dada la fuerza de la tradición sonora de ese pueblo, la historia retomará su ritmo en fecha no lejana. Sin duda con algunos cambios, es cierto; pero seguramente sin transformaciones radicales.

Los comienzos

Al parecer en los años en que Afganistán se establece como nación y Estado, en 1747, había un fluir recíproco de ideas musicales desde la India. En el siglo XIX, la elite política que rigió el país desde la capital, Kabul, estaba constituida por pashtunes persianizados, de gustos eclécticos, que incorporaron la poesía clásica persa y el arte musical del norte indio.

En la década de 1860, el monarca reinante, Amir Sher Ali Khan, contrató en Punjab (India) a músicos de la corte, los cuales, junto a sus descendientes, establecieron desde Kabul un puente entre la música clásica del norte de la India y Afganistán.

Pero si esa música alcanzó su cenit en la década de 1920, en tiempos del rey progresista Amanullah, fue en los años 40 cuando las transmisiones de Radio Kabul ejercieron poderosa influencia sobre la composición musical. La radio fomentó el desarrollo de nuevos géneros de música popular, generalmente con textos persas ejecutados en el estilo musical pashtún. Esto llevó a la creación de una música afgana pannacional que, al adaptarse a los estilos locales regionales, produjo una cierta uniformidad, lo que explica que tanto los pastores nómadas como los ricos habitantes de las ciudades participaran de las mismas experiencias sonoras. Así surgió, dentro de un país forjado sobre tan diversas etnias de seculares tradiciones musicales, una identidad musical afgana.

También las transmisiones radiales, como en cualquier país del mundo, fomentaron el surgimiento de grandes "estrellas" de la música, tanto masculinas como femeninas, tal el caso de Hafzullah Khyl, Zaland y Mahwash.

En 1978, con el comienzo de la guerra civil, la música fue objeto de una fuerte politización. Muchos de sus cultores escaparon, mientras el gobierno comunista de Kabul usaba la música como medio de propaganda para apoyar el régimen. Para ello construyeron una red de estaciones de televisión y favorecieron la industria del cassette, con grabaciones de canciones sobre la guerra. Al colapsar el régimen comunista en 1992, el rol público de la música fue reducido drásticamente, hasta llegar a una prohibición total durante el dominio talibán.

Fiestas de primavera

Los historiadores aseguran que durante buena parte del siglo XX la música disfrutó de gran popularidad, tanto en celebraciones privadas como en diversos tipos de diversiones. Antes de la dominación talibana, muchas ciudades contaban con pequeños teatros donde la música, la canción y la danza formaban parte sustancial del programa. También solía ejecutársela en casas de té, especialmente en los días de mercado. Asimismo, era parte importante en las ferias de primavera que se organizaban regularmente, la más famosa de las cuales, la de Mazar-e-Sharif, un centro comercial clave del país, organizaba un festival de cuarenta días. En la década de 1960 los conciertos al atardecer durante el mes sagrado de Ramadán se hicieron hábito en ciudades como Kabul y Herat, ciudad situada sobre la antigua ruta de la seda.

Prohibido para mujeres

Es claro que también en la música se refleja el tema de la condición inferior de la mujer. En la mayoría de los casos las mujeres no tocan instrumentos musicales, con excepción de un tipo de tambor y la llamada "arpa judía", un pequeño instrumento de metal que se coloca entre los labios, mientras con los dedos se hace vibrar una pequeña varilla suelta en un extremo. La sonoridad es apenas audible y la cavidad bucal hace de caja de resonancia. Este instrumento, que con diferentes nombres es de difusión mundial, es también tocado por los niños afganos.

Los hombres ejecutan los instrumentos más difundidos de su cultura y, en cambio, evitan aquellos pocos que tocan las mujeres. Es cierto que existió un pequeño grupo de cantantes profesionales femeninas, de actuación radiofónica, en la época anterior a la dominación talibana, pero lo cierto es que, históricamente, no existen en la tradición afgana las exhibiciones públicas de mujeres. Ellas generalmente ejecutan en festividades domésticas, tales como reuniones de casamiento, donde cantan acompañadas por el tambor, para acompañar rítmicamente a la danza.

Como en otros países musulmanes, la música ocupa un lugar ambiguo en el sistema de valores, pues si a veces es considerada trivial, cuando no pecaminosa, en la celebración de ritos de transición, particularmente casamientos, nacimientos y circuncisión, aparece como indispensable.

Esa misma ambigüedad conduce a la diversa consideración social del músico profesional. Se asegura que durante mucho tiempo los pashtunes se negaban a tocar música, ni siquiera como aficionados, por considerarla una actividad "inferiorizante". Sin embargo, con la nueva respetabilidad que adquirieron las manifestaciones sonoras, gracias a las transmisiones radiales en las décadas del 60 y 70, muchos aficionados encontraron en la música una forma de ganarse la vida. Y aun algunos educados pashtunes de ricas familias se volvieron famosos cantantes de radio, tales como Nashenas y Ahmad Zahir, hijo de un ex primer ministro y uno de los más amados artistas de Afganistán.

En paseos por Internet hoy podemos escuchar a algunos modernos cantautores afganos, con canciones que reflejan un marcado influjo del rock, ya que a partir de una base rítmica provista por un teclado electrónico incorporan las sonoridades de instrumentos locales y un tratamiento de la voz que recurre por momentos a largas vocalizaciones (melismas), según el estilo propio de esas culturas.

La música como arte

Aunque en muchos casos es altamente musical, el canto religioso no es considerado música. Existen diversas versiones, sea a una sola voz o bien de tipo responsorial, es decir, un solista y un coro de hombres que le responde, mientras golpea su pecho o se flagela con azotes. En algunos casos las ceremonias incluyen instrumentos musicales.

En cuanto a la música de arte, es sabido que con la contratación de músicos profesionales de la India se desarrollaron, desde 1860, en la corte de Kabul dos géneros claramente afganos: el canto ghazal, basado en una serie de coplas que siguen un particular esquema rítmico, y un género instrumental llamado naghma-ye kashal, que se ejecuta al comienzo de una serie de ghasales y permite el lucimiento de algún virtuoso, especialmente un ejecutante de rubab (laúd). Estas dos formas artísticas se desarrollaron y perfeccionaron en la corte del rey Amanullah a partir de los años 20, gracias a la radio y las grabaciones.

En esa época surgió Ustad Qasem, llamado "el padre de la música afgana". De tal manera, estos géneros de corte se fueron diseminando ampliamente por otras ciudades, como Kandahar, Herat y Mazar-e-Sharif, donde los músicos de Kabul no sólo actuaban, sino que tenían numerosos alumnos.

Brillaron en este rubro famosos cantantes, como Ustad Moammad Hussa Sarahang, muy conocido asimismo en la India. Nacido en 1924, en el seno de una renombrada familia de músicos, estudió durante nueve años en la Escuela de Música de Kabul.

Durante dos años fue director musical de la radioemisora nacional de la India, para retornar a la capital de su país y convertirse no sólo en el cantante favorito de la corte del rey Asir, sino también en supervisor de Radio Kabul. También fue profesor de música en la universidad hasta su muerte, en la capital afgana, en 1985.

Dentro de una serie de estilos regionales sobresale el de los pashtunes, con dos centros culturales, uno en Kandahar, el último reducto talibán, y el otro en Peshawar. Hasta antes del arribo de los talibanes los pashtunes eran los grandes protectores de la música, y todo hace pensar que de aquí en más, restablecidos sus hábitos de vida, seguirán siéndolo. Su sistema tonal es esencialmente diatónico, con un sistema simple de modos melódicos que se corresponden aproximadamente con los modos griegos.

Los pashtunes de la ciudad, particularmente los de Kabul, adoptaron desde hace tiempo la poesía y las canciones persas, añadiéndolas a su propio repertorio. Muchas de ellas aluden a temas épicos, tanto legendarios como históricos, tales los que se refieren a la guerra anglo-afgana o a la jihad (guerra santa) contra la Unión Soviética. Es de imaginar cuál será el rumbo de los temas que se añadirán con posterioridad a la dominación de los talibanes y de la actual intervención de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Un verdadero arsenal

Dadas la ubicación geográfica de Afganistán, sus numerosas etnias y su larga y complicada historia, los afganos cuentan con un verdadero arsenal de instrumentos musicales. El instrumento nacional, el más importante de todos, es el rubab, un laúd de mango corto, con trastes y el añadido de cuerdas que vibran por simpatía. Se lo encuentra en todas las áreas urbanas, usado en conjunto o para piezas solísticas. Otro instrumento netamente afgano es el tanbur, de mango largo, con trastes y también con cuerdas simpáticas. Ambos son de cuerdas punteadas. Pero también se usan laúdes cuyas cuerdas se frotan con el arco.

Entre los instrumentos de viento los hay del tipo chirimía, antepasado de nuestro actual oboe, con lengüeta doble, que se encuentra en todo el mundo musulmán, ampliamente difundido en Afganistán. Instrumento por excelencia de los barbero-músicos, tiene connotaciones negativas vinculadas con Satanás. En cuanto a las flautas, son traveseras, o bien verticales (flauta dulce), y aparecen en variedad de formas y tamaños.

Entre los instrumentos de membrana se usan cuatro clases de tambores, uno de ellos (daireh) tocado por mujeres para acompañar el canto y marcar ritmos para la danza. Los otros son del dominio de los hombres.

Por fin, los instrumentos de percusión están representados por la popular "arpa judía" de metal, por címbalos para el dedo meñique, usados por cantantes para marcar el ritmo, crótalos de metal atados alrededor de la mano derecha para aquella misma función, juegos de campanitas en los tobillos, usados por jóvenes bailarines, matracas, etcétera.

Todo un mundo que puede volver a resurgir, justamente porque la música, a diferencia de la arquitectura y la escultura, destruida desde todos los flancos, sigue intacta en el alma de los afganos, invicta en su inmaterialidad, pese a Osama ben Laden, a la red Al-Qaeda, a los talibanes y a los violentos bombardeos del Pentágono.

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