Los sueños de un poeta

Daniel Amiano
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7 de diciembre de 2001  

Inquieto, provocador, talentoso, indomable... Allen Ginsberg fue una de las mayores voces poéticas que dio los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Miembro de la Generación Beat, que integró junto con otros aventureros como Jack Kerouac, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso o William Burroughs, compartió con sus compañeros de ruta la pasión por la literatura como forma de vida. Para aquellos beats, la escritura no era sólo un ejercicio de estilo sino un reflejo directo de sus vivencias. El arte de esa generación es producto directo de la experiencia de sus cultores: el viaje físico y el viaje artificial. Y, para hacerlo más placentero, nada mejor que el bop como banda sonora; ese estado del jazz que se propuso extender los límites musicales hacia sensaciones que renunciaran a cualquier estructura. Todos, cada uno a su manera, intentaron hacer de su experiencia cotidiana un hecho artístico.

Esa generación de posguerra (con líderes juveniles como el malogrado James Dean) quiso hacer de su vida un acto que desafiaba las estructuras de su tiempo.

Había que vivir intensamente.

Por eso, quienes llegaron a los años sesenta, simpatizaron con el movimiento rockero, que tomó muchas de las experiencias de los beats para armar sus propios códigos, desde aquel sueño de la convivencia universal que soñaron los hippies hasta la locura urbana que se extendía por los subsuelos de Nueva York. Todos le debían algo a la Generación Beat, y sobre todo a Ginsberg, que viajaba con sus poemas de festival en festival, de reunión en reunión, y había escrito uno de los poemas más representativos, feroces y polémicos de aquella generación: "Aullido".

* * *

Dispuesto siempre al cambio y a la experimentación, Ginsberg supo estar siempre conectado con su tiempo, con lo que le pasaba a los jóvenes en cada década, con lo que le pasaba al mundo, dispuesto siempre a aprehender los ideales generacionales para hacerlos propios. Por eso no se quedó con aquel sueño inicial de su generación ni se conformó con llevar un nombre respetado, incluso, oficialmente.

Se enamoró del rock por su naturaleza inquieta. Por sus ansias de cambiar al mundo. Grabó, incluso, sus propias canciones acompañado por músicos de la talla de Adrian Belew, Bill Frisell, Arto Lindsay y Marc Ribot, entre muchos otros. Admiró y disfrutó la explosión punk, y hasta escribió un tema para los Clash.

Soñó hasta el último día de su vida, el 4 de abril de 1997. Cinco días antes escribió su último poema, "Las cosas que no haré (nostalgias)". En él, escribió una suma de sueños que ya no iba a poder concretar por la cercanía del final. También soñó con este país: "Tampoco iré a la Argentina literaria", dice. Esa Argentina que hoy, avasallada por la realidad que impone la crisis económica, parece más que olvidada, inexistente. Esa Argentina que también nos merecemos, más allá del sueño de un poeta.

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