Pablo Dacal: vapores que suben del asfalto porteño
Nuestra opinión: muy buena
Mi esqueleto: "El juego y la furia", "Manifestación", "Los vecinos", "Una canción simple", "Lucía Valparaíso", "El bloqueo", "El cangrejo", "En la nave", "Hotel de la soledad", "El esclavo feliz", entre otros
Ciertos vapores que se levantan del inclemente asfalto de la ciudad pueden inspirar a más de uno. Pablo Dacal es uno de ellos. Más cuando el aire social de la noche porteña se palpa cada vez más raro y confuso. Su octavo disco parece el menos barroco de su carrera, pero el que mejor sintetiza sus elementos. Entre el rock y la canción confesional, Dacal puede cantar, recitar en clave rap ("Vecinos"), ubicar saxos amanecidos ("El juego y la furia") y desperezarse en melodías de entre sábanas y vigilia mañanera ("Lucía Valparaíso"). Ciertos rasgos de construcción compositiva al estilo de un Fito Páez con resaca ("Una canción simple") navegan en el barco del vodevil sin escatimar un pulso roquero en las guitarras. Justamente la simpleza de ciertos arreglos de guitarras distorsionadas y post-rock sirven de escaparate para letras logradas que son uno de los fuertes de este compositor. Goteos de crítica política y social, desamor y crónicas de la urbe cruzan las 13 canciones del disco. Según comenta Dacal, el álbum fue logrado a partir del trabajo de hormiga y privado dentro de cuatro paredes. Ese ambiente un poco asfixiante trasunta todo el disco y explica algunas decisiones que más que limitaciones se transformaron en virtudes. Un disco vital, donde la vida es lo que menos importa.
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