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Pinchas Zukerman: la IA, las “cinco guerras” que vivió en Medio Oriente y el recuerdo del Tratado de Paz del que fue testigo

En una extensa e imperdible charla con LA NACION, el legendario violinista, violista y director de orquesta israelí repasa su historia pero también mira hacia el futuro, antes de su presentación de este lunes en el Teatro Colón

Pinchas Zukerman se presentará en el Teatro Colón en el marco del Ciclo Aura
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Antes de conocerse, Miriam y Yehuda lo habían perdido todo en el gueto de Łódź. Pertenencias, familiares, hijos y amigos. Tras la disolución del gueto en 1942, ella fue enviada en tren a una fábrica en Berlín como obrera de trabajos forzados. Y él, músico profesional, violinista de la Filarmónica de Varsovia, deportado al campo de concentración y exterminio de Auschwitz. La guerra terminó. Ambos sobrevivieron y allí, en la diezmada Polonia natal que abandonaron lo más pronto posible, se encontraron por primera vez.

Poco tiempo más tarde, en julio de 1948, a semanas de la creación del Estado de Israel, nacía en Tel Aviv como un milagro, el único hijo de la pareja que formaron para empezar una nueva vida: Pinchas Zukerman. “Pinky”, como se lo conoce afectuosamente. Un prodigio que por su talento extraordinario (desarrollado tempranamente gracias al célebre Isaac Stern que lo invitó a formarse en los Estados Unidos bajo su tutela), por su fenomenal sonido, repertorio y ansias de perfección, pertenece a la elite de la música clásica desde los años 70 con una de las carreras más impactantes de nuestro tiempo.

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Violinista, director, músico de cámara, también violista y maestro-mentor. Nada —desde la historia hasta la tecnología que celebra por sus avances y su compromiso con la actualidad—, nada escapa al interés de su personalidad inquieta y extrovertida. Así lo expresa en este diálogo que mantuvo con LA NACION con motivo del concierto que ofrecerá este lunes 28 —empuñando su famoso instrumento cremonés, el Guarneri del Gesù “Dushkin” de 1742— en el Teatro Colón para el Ciclo Aura.

–Desde hace décadas su nombre integra un grupo selecto de músicos clásicos considerados “leyendas”. ¿Cuáles han sido los cambios más significativos a lo largo de más de medio siglo de carrera y cómo han afectado esos cambios la vida musical?

–A principio del siglo XX, justo antes y justo después de la Primera Guerra Mundial, hubo grandes migraciones. Después vinieron las revoluciones y con ellas un gran número de rusos llegando a Occidente. Berlín, París y Londres fueron los grandes centros culturales. ¡Pero no hubo nada semejante a lo que fue Berlín en los años 20! Tuvimos una gran vertiente musical. La era de los Horowitz, Rubinstein, Heifetz, Milstein, Chaliapin. Con el estallido de la Segunda Guerra, gran parte de la camaradería entre los países se vio afectada hasta que volvieron a unirse para acabar con el régimen nazi. Europa quedó completamente destruida y entonces el centro de gravedad del arte se trasladó a América.

–Escapando de la guerra...

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–Muchísimas personas extraordinarias se fueron a los Estados Unidos escapando de la jungla en la que se había convertido todo. Inventaron teléfonos, aviones... Cuando volé a los Estados Unidos por primera vez en el 62, hicimos París-Londres-Nueva York en un Boing 707. Si hoy le nombran el 707 a un chico, te dirá ¿qué es eso? ¿Un drink? ¿Pero cuál fue el mayor milagro? ¡Esto! [muestra su teléfono celular]. Yo hasta doy clases por video con este aparatito y muchos salvaron sus vidas durante la pandemia gracias a esta posibilidad extraordinaria, porque no se podía ir a ningún lado y la videollamada nos permitió seguir adelante. Sí, hubo muchos cambios y esto es solo el comienzo de la tecnología. Tenemos todo para llevar la cultura al mundo, para unir a la gente, mejorar la vida de los desfavorecidos, los necesitados, los que pasan hambre. Sin embargo, no lo hacemos. Tenemos todas las computadoras, pero nos falla ésta [se señala las sienes]: el cerebro humano. Ésta es demasiado lenta frente a los cambios que se vienen.

–El mundo ha encendido alarmas respecto de la IA, su autonomía, la potencial desobediencia y una eventual toma de control ¿Le preocupa ese avance?

–¡En absoluto! Mi nieta de 12 años sabe infinitamente más que yo de la IA. Lo único que me preocupa es la lentitud del cerebro humano. Lo que sacan ahora al mercado es solo para ganar más dinero, pero no hay nadie que esté diciendo que quiere destruir el universo. Sinceramente, no lo creo porque con ese criterio ya están las bombas nucleares. Eso no va a ocurrir. Se van a imponer restricciones porque la gente está diciendo ¡momento, vamos a detener esto, vamos a poner controles en todo! Y todo quiere decir “todo”. Así como apago la luz con una perilla, así deberíamos poder apagar la IA. Primero hay que acabar con el hambre. ¿Puede la IA ayudar a combatirlo? Entonces estoy a favor. Pero no sé si puede hacerlo, no tengo información suficiente. También debemos asegurarnos la atención de las personas mayores que cada vez hay más ¡Yo soy una de ellas! –Antes no pensábamos en la vejez. Las personas se morían y listo. Ahora es un tema importante porque la gente vive para siempre, pasa los 100, 105, 110 años. Entonces se necesitan cuidados ¿Puede la IA encargarse de esto? Lo importante es que no esté en manos de las personas equivocadas que solo buscan ganar enormes cantidades de dinero. Eso sí hay que detenerlo. Por otro lado, se están produciendo avances sobre enfermedades que desconocíamos. La tecnología en sí es algo increíble que, a mí, por ejemplo, me ha permitido adoptar una forma diferente de pensar y trabajar con los estudiantes. Cuando fui por primera vez a la Argentina, estaba Perón en el poder. Recuerdo un domingo caminando por Florida en Buenos Aires. Vi a dos hombres armados con ametralladoras. Sí, con ametralladoras. ¡Pero si yo soy israelí! Estoy habituado a eso porque nací y crecí rodeado de hombres con ametralladoras. Pero los norteamericanos que estaban conmigo tenían miedo. “¡Está todo bien!“, les decía yo. Fuimos a un quiosco y compramos The New York Times. La edición dominical que venía en una bolsa de plástico y costaba ¡26 dólares! Por lo que habíamos pagado, conservamos el ejemplar por cuatro días y los músicos se leyeron hasta la última sección del diario. Hoy no existe nada de eso. ¿Por qué? [muestra otra vez su celular] Porque aquí está todo. Con este aparatito no existe nada más. Así que volviendo a tu pregunta: sí, el mundo ha cambiado tanto que ya ni recordamos cómo era. Excepto por una cosa que no cambia: el cerebro humano. Allí, todo sigue tan lento como siempre.

Pinchas Zukerman
Pinchas ZukermanGentileza

–Volviendo al terreno de la música, Martha Argerich decía que, en su juventud, los músicos que eran los grandes modelos (entre los cuales usted acaba de mencionar a Rubinstein y Heifetz, por ejemplo) tenían más personalidad y carácter propio

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–La música en sí misma no es diferente de lo que ha sido. Sí el hecho de hacer música, y es una pregunta demasiado complicada para explicar en una entrevista por tantos elementos que entran en juego. Creo que uno de los aspectos más asombrosos de la música, después de todo lo dicho y hecho, es que seguimos teniendo los cinco sentidos que conectan al cerebro. Y eso será así por siempre. También tendremos por siempre la Regla de Oro (que, aunque algunos lo intenten, no la van a poder cambiar). Y las guerras que seguirán existiendo porque en el fondo somos animales. Se supone que somos animales cultos pero la cultura evoluciona lenta y hasta que produce algo aquí, en la cabeza, transcurre demasiado tiempo. Martha tuvo la suerte de venir de un lugar donde la cultura sigue siendo importante. Ella viene de una época interesante en cuanto a la interpretación del piano, en la que todo giraba alrededor de un mismo maestro [Vicente Scaramuzza] con el que se formaron los Barenboim, padre e hijo, Martha y muchos otros que pertenecieron a ese tiempo. Ahora los pianistas extraordinarios vienen de otras partes del mundo. Y así como ganar el primer premio del concurso Van Cliburn lo cambia todo, también llegamos a la luna y cambió todo. Las cuatro estaciones ya no son lo mismo y las comidas no saben igual, pero como seres humanos, ¿hemos aprendido a convivir? Yo sigo enseñando de la misma manera. ¿Sabés qué otra cosa tampoco cambia?

–¿Qué?

–Las cuatro cuerdas de mi violín.

–¿En qué consiste el método de sus clases?

¿Cuánto tiempo tenemos? porque es otra vez una pregunta complicada (risas). En la enseñanza hay distintos métodos. Uno que se usa en Rusia, otro en Francia, otro en Inglaterra, otro en Estados Unidos. Y yo enseño con lo que aprendí: primero como en Hungría, con mi maestra húngara Ilona Féher, y después como en Estados Unidos. Sin embargo, a mi modo de ver, el método venezolano sigue siendo la forma más sencilla de entender cómo crear el sonido Dudamel, que ahora mismo está comenzando su titularidad en la Filarmónica de Nueva York. El famoso sistema creado por Abreu en 1975. Son cientos y cientos de personas que lo hacen. Dudamel es solo uno de ellos. Está también Rafael Payare, titular de la Sinfónica de Montreal, y tantos otros. El método ha crecido hasta convertirse en un sistema maravilloso para enseñarle a la gente a escuchar la música no solo a tocar un instrumento. Dudamel es el símbolo del éxito de una manera fundamental de enseñar a tocar la música. También conozco a fondo el sistema con que se enseñaba en Rusia: Milstein, Heifetz, Elman... En Rumania con Enescu, en Hungría con Hubay. Parte de una sociedad de la cual hemos podido tomar sus enseñanzas y propagarlas por el mundo. Eso lo conseguimos. Lo que no hemos conseguido es cambiar la naturaleza humana. Seguimos teniendo conflictos y guerras y peleas en todas partes, y existen todavía esos aristócratas horribles. ¿Cómo cambiamos las cosas? Con el voto y con la democracia. Votar para ir a un mundo libre. Y la música puede ayudar en ese sentido.

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Pinchas Zukerman se presenta este lunes en el Teatro Colón
Pinchas Zukerman se presenta este lunes en el Teatro ColónGentileza

De Israel a Nueva York

–¿Cómo fue su partida a Nueva York?

–Yo tenía 14 años y me fui por iniciativa de Isaac Stern y Pablo Casals, invitado por la Fundación Cultural América-Israel en apoyo al desarrollo musical de jóvenes talentos israelíes, creada por Stern y su esposa [la famosa mecenas Vera Lindenblit nacida en Berlín, cuyo padre fue muerto en Auschwitz]. Tenía que continuar mis estudios y salir a ver el mundo. Hoy tengo amigos de Japón que están conectados con nuestra escuela en Manhattan y nos traen estudiantes de allí para vivir en Nueva York. Porque no basta con ver las cosas en una pantalla. Hay que salir al mundo y entender lo que sucede. Con Netflix, por ejemplo, no te hace falta ir al cine, pero si tenés curiosidad ¡y yo vaya si la tengo! vas igual. Aquí lo mismo. Voy a escuchar el concierto de la Filarmónica de Nueva York con Gustavo Dudamel y no solo porque es mi amigo. De hecho, no quiero presumir, pero ¿sabías que con mi esposa [la violonchelista canadiense Amanda Forsyth] le conseguimos su primera actuación en los Estados Unidos a los 22 años? Me habían enviado un videocasete, puse el aparato y a los cinco minutos dije ¡esto es lo que quiero! ¡Es él!

–¿Qué fue lo decisivo en esos cinco minutos?

¡Su comprensión de la música! Eso se aprecia de inmediato. Y lo más importante: la belleza de saber qué hacer para que suene mejor. Es algo que te lleva toda la vida y yo lo sigo trabajando a diario ¡Aquí está mi violín! Tengo que practicar todos los días, mantener el nivel como un tenista, el cuerpo y la mente en forma. Cada vez se descubren más factores que propician la demencia, pero yo por suerte no padezco nada de eso porque tengo esta medicina extraordinaria que es la música.

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–Volviendo a Israel ¿qué sintió al recibir la noticia del ataque del 7 de octubre y cómo ve la situación actual?

–¡Terrible, terrible! [larga pausa y silencio]. Yo toco el violín, dirijo orquestas, hago música de cámara y trato de interpretar de la mejor manera para llevar la música a los lugares donde se me permite tocar. Y he ido también a lugares donde no. Estuve detrás de la Cortina de Hierro, estuve en Sudáfrica, estuve en muchos sitios llevándole música a la gente. Y es lo que sigo haciendo, tratando de transmitir mis experiencias vitales a través de la música o la música a través de la vida porque van de la mano. Enseño y adapto mi enfoque a la capacidad que tengo ante mí. ¿Pero la guerra? No puedo comprender cómo alguien puede pararse frente a otro ser humano y dispararle. No me entra en la cabeza. He vivido cinco guerras en Medio Oriente y al mismo tiempo tuve la fortuna, con Jimmy Carter, de ser parte de la firma del primer Tratado de Paz con Sadat en 1979 [el histórico tratado de marzo de 1979 en Washington entre el presidente egipcio Anwar el-Sadat y el primer ministro israelí Menájem Beguín firmado con la mediación de Jimmy Carter]. Porque a Itzhak Perlman y a mí nos invitaron a tocar en la Casa Blanca. En la cena estuve sentado al lado de Sadat que era un hombre magnífico, de excelente presencia. Yo tenía 31 años y ahora parecen más de cien. Era la primera vez que estaba sentado con un egipcio, nada menos que el presidente. ¡Mi enemigo! Porque así me criaron para ser israelí, viendo al otro como mi enemigo. También tuve la suerte de venir a estudiar a los Estados Unidos y eximirme del ejército después del 67. Por eso intento ayudar a entender que no hay nada de malo con el árabe en sí, con la gente árabe. ¡De lo que sí tenemos que deshacernos es de la filosofía de Hamas y sus militantes! De eso tenemos que librarnos como sea porque ya hemos tenido suficiente. Tenemos que decir ¡Ya basta! Nos ha pasado lo mismo con Putin y toda esa gente. ¡Basta! Tenemos que convertirnos en seres civilizados, no podemos comportarnos como animales. Yo he ido a África, al interior remoto y hay que ver cómo hasta los animales se respetan entre sí. Pero volviendo a Sadat, yo estuve sentado a su lado y le dije: “¿Puedo hacerle una pregunta?“. ”¡Sí, por supuesto!“, me respondió. ”¿Qué opina de esto que estamos viviendo hoy? (el acuerdo de paz)“. ”¡Ah mire!“, argumentó como buen político, ”las cosas cambian. Yo soy un militar y fui el número dos del ejército ¿Sabés qué hubiéramos hecho si nos encontrábamos en el 56?“. Le dije: ”No lo sé porque tenía 8 años. ¿Pero qué hubiera hecho usted?“. ”Yo te hubiera matado". Y nos quedamos en silencio. Después de un rato retomó: “Pero las cosas cambian y en realidad yo no sé nada de cultura. Soy un militar. Cuando viajamos de El Cairo a París o a Londres, la que sabe de música es mi esposa, así que ella es la que compra tus discos. Tenemos todas tus grabaciones. ¿Podrías hacerme un favor?“. ”Con gusto", le dije. “¿Podrías firmarle un autógrafo?“. ”Por supuesto. Pero yo le voy a pedir dos cosas a usted: un guardaespaldas se tiene que ir y otro tiene que venir". Se sonrió: “¡Ah, sos muy inteligente!“. Enseguida me paré y antes de llegar a ella, la mujer me vio venir y se puso de pie. Nos dimos un abrazo tan grande. ¡Es egipcia! pensaba para mis adentros ¡Dios mío! ¡Ella es egipcia y escucha mis discos! Somos como familia. “Es un placer conocerla”, le dije . Me respondió: “Es un placer para mí. Y quiero que sepas que estaríamos encantados de que vengas a dar un concierto ¡Tenés que venir pronto!“. ”¡Claro que iré!“, le comenté. Al tiempo Sadat fue asesinado [el magnicidio de Sadat tuvo lugar en un desfile militar en El Cairo, en 1981, a manos de extremistas islámicos]. Y lo mismo ocurrió después en Israel: Rabin asesinado por uno de los nuestros [el primer ministro israelí Isaac Rabin asesinado en una manifestación en Tel Aviv, en 1995]. Y al cabo de todo uno se pregunta: ¿qué demonios es todo esto? Yo no tengo respuestas... Lo único que puedo hacer es seguir enseñando con la música.

–Como este concierto que va a brindar en el Teatro Colón...

–Ahora vengo al Teatro Colón y pronto voy a volver a la Argentina con Amanda. Hemos tocado muchísimas veces para la comunidad judía en Buenos Aires. Es algo que adoro hacer porque tengo amigos y porque nos reconocemos en un cierto origen hispano. Nuestros antepasados ​​huyeron de España a Europa Central, se convirtieron en asquenazíes y luego mis padres se trasladaron a Medio Oriente. Mi padre no quiso venir a los Estados Unidos. ¡No, no! dijo. ¡Nosotros pertenecemos a esta tierra (Israel) porque nuestro ADN está aquí y aquí me quedo! Israel es el lugar donde nací, donde viví y donde mantengo mi conexión. Yo rezo por los israelís y vuelvo todo el tiempo. En enero de hecho vuelvo con mi música de cámara. Tocaré para los soldados en Tel Aviv durante dos días. Los llevan allí y como yo no puedo luchar junto a ellos, voy a tocar para ellos. Solo puedo ofrecerles mi música y les encanta porque es un país donde se crece rodeado de cultura. Han intentado arruinarlo durante muchos años. No nosotros. ¡Estos tipos con capucha que intentan arruinarlo de nuevo! Pero se va a terminar porque ya comprendimos la situación.

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–¿Ve en la elección de AfD [el partido de extrema derecha Alternative für Deutschland] un posible resurgimiento nazi?

–No creo que sea posible. Son porciones pequeñas, porcentajes mínimos.

–¿Y el antisemitismo en Europa?

–Eso sí. Eso es real y lo ha sido durante miles de años. Desde el año 70 d. C. con los romanos cuando fue destruido el Segundo Templo. Ahí comenzó todo. No es nada nuevo, pero como personas civilizadas que somos debemos ocuparnos y hacer lo que esté a nuestro alcance para evitar que se propague. ¿Cómo lo hago yo? Con la música, tocando, enseñando, teniendo amigos y familia. No soy un político y si no me gusta lo que un político hace, no le pongo mi voto. Debemos ofrecer más educación con la música, el arte y la literatura.

Pinchas Zukerman
Pinchas ZukermanGentileza
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–Si mira hacia atrás, ¿qué encuentra entre los recuerdos de su infancia y adolescencia?

–Una época de euforia y esperanza para Medio Oriente y para tantos sobrevivientes judíos. Veo a mis padres sobrevivientes del Holocausto. Mi padre que era un músico. Era violinista, tocaba instrumentos y también música klezmer para ganarse algo extra. Él y mi madre, los dos lograron sobrevivir al gueto de Łódź en Polonia hasta su cierre en 1942. Después de eso, mi madre, que tenía 23 años, se salvó porque la enviaron en tren a trabajar a una fábrica en Berlín como a muchos otros. Mi padre, en cambio, fue deportado a Auschwitz. En el campo de concentración ¡solo Dios sabe lo horrendo que fue eso! sobrevivió tocando en la orquesta. Cuando la guerra terminó, se fueron de Polonia. La familia, unos pocos sobrevivientes, se reencontraron en Chipre antes de ir a Palestina, mi padre con solo tres de sus siete hermanos y mi madre con dos de los cinco suyos. Llegaron solo siete en total, muy unidos. Todos los demás y el resto de la familia extendida, habían muerto. Yo tuve un hogar y una crianza maravillosa porque había una gran euforia en ese nuevo comienzo y un elemento humano extraordinario. Y lo mantenemos porque seguimos con la misma mentalidad a pesar de las heridas. De chico recuerdo ir a los refugios durante las guerras, siempre unidos, como familia y como país. Y en mi caso, pensé, tras la firma del acuerdo de paz ¡hemos alcanzado la calma absoluta! Pero no. Estaba equivocado. Porque resulta que la naturaleza humana no cambia tan rápido y volviendo a tu pregunta de cómo me sentí el 7 de octubre: ¡Nunca hemos visto nada más atroz que eso! No estábamos preparados para algo tan terrible. ¡Y fue un error! Porque se nos pasó por alto cuando deberíamos haber estado preparados. Fue una patada al estómago, un mazazo tremendo. La cantidad de rehenes, personas secuestradas y asesinadas. Un horror... Así que tenemos que protegernos. ¿Cómo? De la única manera posible: con armas. El rey David, que era un buen tipo, lo hacía con la música. ¿Van a cambiar las cosas algún día? Por supuesto que sí. Yo tuve una crianza profundamente israelí. Recibí una educación fantástica. Tuve una maestra increíble, la gran violinista húngara Ilona Féher que llegó de Budapest, también sobreviviente del Holocausto, una mujer única que hacía giras por Europa en los años 30. De ella, de Ilona, aprendí muchísimo, y de Israel, que fue una etapa maravillosa.

–¿Siente algún deber como una misión de vida?

–Crear algo armonioso con el sonido para transmitir emoción, compartir la música con la mayor cantidad de personas que sea posible, también a través de la enseñanza. Contar estas historias que te estoy contando, para que se conozcan y se compartan con las generaciones futuras, porque todos venimos de algún lado. Recuerdo cuando enterré a mis padres. Éramos todos jóvenes. Fui y puse sus cenizas, como se dice, “cenizas sobre cenizas”. La religión nos enseña que el alma, el espíritu, se irá hacia arriba, a alguna parte del cielo. Y cuando llegue allá arriba, tal vez siga tocando mi violín. Mientras tanto, sigo con mi música con los pies en la tierra.

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Para agendar

Concierto del Ciclo Aura. Pinchas Zukerman (violín). Ensamble Musical de Buenos Aires. Dirección: Gustavo Fontana. Programa: Romanza nº 1 para violín y orquesta (Beethoven), Berceuse sfaradí (Paul Ben-Haim), Concierto para violín nº 1 op 26 (Max Bruch) y obras de Piazzolla (“Tangazo”) y Ginastera (Suite del ballet Estancia) por el conjunto instrumental. Lunes 28, a las 20. Teatro Colón.