Una big band con sentimiento
Latinaje, un joven grupo porteño, acaba de editar su primer trabajo discográfico
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La big band Latinaje es uno de los grupos surgidos en el mejor momento del jazz en la Argentina. El grupo logró conquistar un espacio en el mundo musical local con una de las propuestas más audaces en tiempos en que las agrupaciones numerosas son casi de museo.
Con casi tres años sobre sus espaldas, la banda lanzó su primer trabajo discográfico, “Latinaje”, una placa con nueve temas propios en los cuales puede observarse el nivel de esta joven guardia jazzística no sólo a la hora de escribir música, sino también como lúcidos intérpretes. Un grupo de doce músicos (ahora han agregado una percusionista brasileña, Concepçao Soares) que traducen en un idioma propio el ya histórico estilo latino del jazz.
Una primera aproximación revela que si bien hay aromas rítmicos diferentes, el grupo logra mantener una identidad muy definida, un sonido que con el tiempo será su sello. La mano del director de orquesta y bajista Guido Martínez muestra un criterio interesante, pues busca que el grupo suene más como un combo que como una big band y lo logra, desarrollando más de un discurso.
La música de Latinaje tiene una sintonía similar a la de los grupos pequeños del gran saxo alto cubano Paquito D’Rivera o del genial pianista dominicano Michel Camilo, pero con más armonizaciones.
El grupo trabaja en más de un plano, pues comienzan proponiendo una frase, generalmente atacada por trompetas y la sección rítmica mientras que las cañas responden a los clarines. El grupo de cañas tiene al muy buen saxo alto Gustavo Musso, al tenor Damián Fogel y al barítono Martín Pantyrer; en trompetas a Cristián Díaz, Fabián Veglio y Ramiro Nosella, y en trombón a Laurino Martín. La sección rítmica está integrada por Martínez en el bajo eléctrico, Nicolás Guershberg en piano y teclados, Guillermo Bressy en guitarra, Javier Mokdad en percusión y Daniel Piazzolla en batería.
El álbum abre con “Clase única”, dedicado al pianista platense Quique Roca, líder del trío Clase Unica; está expuesto por el grupo en su totalidad, para luego iniciar una serie de diálogos entre trompetas y saxos en tanto que el ritmo, en especial el piano, mantiene un toque latino.
Un saxo alto firmísimo
“El sifón” es un tema de 16 compases con un tono aún más latino. Hay un modo que se repite una y otra vez, hasta que interviene Musso y le pone un acento afilado a la melodía.
En uno de los temas más fuertes, “Pisando tierra”, tras el potente comienzo cambia el acento rítmico y comienza el solo de flugelhorn de Nasello, que navega entre las aguas de la calidez y de lo latino. Los discursos primero de un piano sereno y luego el ataque voluptuoso de Pantyrer ponen al tema cercano al free .
La fuerza rítmica es permanente. Detrás de cada melodía, el tándem Piazzolla-Mokdad entreteje acentos y cadencias y trabaja sobre la historia latina desde una concepción fuertemente técnica en el caso del baterista y más intuitiva en la percusión.
En “La masita”, nuevamente se destaca Musso como artífice de solos aéreos. Con su feeling intenso trabaja cada acorde de manera concienzuda, para exprimir la sonoridad de cada nota.
“Camileando” tiene la frescura del latin jazz. El juego de voces de lo saxos contrasta con la unicidad del arreglo de las trompetas. El piano cuenta una historia sencilla en un mar de arpegios tibios como los del Caribe. Nasello le pone un toque a lo Arturo Sandóval para luego iniciar la despedida. En “Sr. Chucho”, homenaje al gran Chucho Valdés, el grupo hace una suerte de demostración de ese consolidado ajuste musical.
Un grupo joven surgido de la última camada de jazzeros porteños que no muestra sólo técnica, sino un sentido rítmico que se transforma en sentimiento de alegría musical. El jazz también es eso: sentimiento.
Como la de Peñarol
- El grado de unión del grupo llega a algunos curiosos límites, como, por ejemplo, el de usar camisetas, en tiempos donde se predica la individualidad, como si Latinaje fuese un equipo deportivo. Siempre suben al escenario con una casaca amarilla y negra, los colores que identifican a los “mirasoles”, del club Peñarol de Montevideo. La idea, según se desprende del atuendo, es jugar en equipo; algo así como tener una conciencia de conjunto. Algo que, de todas maneras, no va en desmedro de la individualidad musical de sus integrantes que se evidencia en cada tema de esta big band.



