Una fiesta para los sentidos: impactante reencuentro con la Filarmónica de Berlín
La formación, con el pianista islandés Víkingur Ólafsson como solista, se presentó en el Teatro Colón
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Conciertos Extraordinarios. Orquesta Filarmónica de Berlín. Dirección: Kirill Petrenko. Solista: Víkingur Ólafsson (piano). Programa 1: Concierto para piano y orquesta nº 1 op 15 en re menor de Johannes Brahms y Así habló Zaratustra op 30 de Richard Strauss. Teatro Colón. Nuestra opinión: Excelente
“El tipo de genio prístino que se ha resguardado de la uniformidad y la repetición, para ofrecer, como pocos se atreven, un arte personal”. Así presentábamos en su entrevista exclusiva con LA NACION, la clase de talento que define al pianista islandés Víkingur Ólafsson. Una naturaleza musical que anoche demostró poseer el coraje para abordar el canon pianístico con ideas propias.
Como solista del esperado regreso de una espectacular Filarmónica de Berlín, Ólafsson brindó una lectura poco convencional del concierto nº 1 de Brahms. Habrá quien solo añore el peso, la oscuridad, la densidad del sonido macizo y voluminoso, el arrebato romántico de Brahms. Y habrá también quien, ante el genio exquisito que se apropia de una obra monumental con una voz nueva, sepa apreciar ese don infrecuente que es la personalidad en un artista. ¿Qué significa? Que detrás de toda decisión estética hay una convicción profunda, hay coherencia y naturalidad (lo contrario a quien antojadizamente rompe moldes por capricho y afectación).

En tal sentido, hay varios aspectos a valorar. En primer término, lo distintivo del “toque Ólafsson”: el sonido nítido, transparente, preciso e inmaculado. Su articulación purísima, casi prescindente del pedal y las resonancias. Las líneas cristalinas, sin aditivos, concentradas en su esencia sin transmitir el más mínimo esfuerzo, imperfección ni dificultad. Luego la arquitectura, con un manejo del tempo que dota de un aire creador a sus fraseos. Como él mismo explicara, rechaza el concepto del “intérprete-siervo” de la partitura, rendido a las órdenes de convenciones y rutinas. Ólafsson, por el contrario, se adueña de la obra, se detiene donde su sensibilidad lo inspira, alarga tempos, intensifica luces y sombras, saca a relucir pasajes ocultos en la espesa trama de las armonías brahmsianas. No le preocupan las demostraciones de fuerza, grandilocuencia ni virtuosismo. Ofrece a cambio del caudal expresivo que tradicionalmente nos representamos en Brahms, unos pianísimos “religiosos” que bordean el silencio, una “reliquia” casi, por tomar una palabra de su repertorio y un entendimiento total con la orquesta de Petrenko en el diálogo flexible y adaptado a los extremos dictados desde el piano. Para algunos, las delicadezas hipnóticas de Víkingur Ólafsson serán una profanación. Para otros, la fascinación y la frescura ante el espíritu libre de un genio singular.
Fuera de programa, pero dentro del estilo-Ólafsson, una perla del pianista: el Largo del Concierto nº 5 de J.S. Bach.

Imponencia, cohesión y fluidez
En la segunda parte, el brillo descomunal de los Berliner bajo la batuta de su titular, el ruso Kirill Petrenko en un antológico Así habló Zaratustra. Poema sinfónico del compositor ideal —Richard Strauss—para exhibir el esplendor del organismo, no solo por su identidad sonora compenetrada con los berlineses y el espectro conocido como típico “sonido centroeuropeo” (espeso, oscuro, amalgamado y cálido), sino también por el provecho fecundo que hace su tipo de escritura de los recursos sinfónicos, los timbres, las texturas, las amplitudes y expresiones en su máximo potencial. Todo sobresaliente en esta ejecución memorable, empezando por la espectacularidad técnica y el brío unánime. Por ejemplo, en uno de los aspectos que denota esa calidad colectiva —más allá de las obviedades de la afinación impecable, el virtuosismo individual, la precisión, el equilibrio tímbrico, el empaste, las dinámicas graduadas orgánicamente—, en la cohesión y el sostén por el cual, a lo largo de una obra sin cortes y con una estructura de formas cambiantes, la tensión jamás decae ni el discurso se fragmenta (el mayor peligro que reviste el paso de los tuttis ampulosos y los climas masivos, al lirismo de los pasajes solistas y los elaborados contrapuntos en las secciones de cámara). Una habilidad que se le reconoce a Petrenko, prestidigitador sobrio de esa inagotable fluidez. Un director eficaz que ejerce un liderazgo silencioso, de puertas adentro y sin escenificaciones de sí mismo.
Nueves partes —desde el atronador comienzo, el famoso Amanecer cósmico y su explosión percusiva, al Viajero de la noche final con la incertidumbre en que concluye el recorrido de Nietzsche y la representación sonora de Strauss—, en la excelente interpretación de “la orquesta más democrática del mundo” como se autoreconocen los Berliner. Un poco del trágico color alemán, y otro poco del gusto vienés, la elegante y despreocupada belle époque, en su justa medida. Desde la naturaleza, pasando por la religión y la ciencia, las resignaciones, la alegría y la plenitud, a la revelación y la perplejidad humana ante el universo, todo el abanico dinámico de la filosofía del superhombre llevada a la música, las famosas terrazas o capas de volumen en que florece Strauss, el lirismo sobrecogedor de las cuerdas, el solo sublime del concertino, la imponencia de los vientos, en particular los metales que recibieron una ovación extra, el pulso y la fuerza de la percusión… Una fiesta para los sentidos que marcó, en el reencuentro con una de las mejores orquestas del mundo, una temporada extraordinaria.
Como encore, la Danza húngara nº 1 de Brahms. Y como noticias al margen de lo musical: un cumplido para el público respetuoso y educado, y un anuncio bienvenido por los melómanos de todo el país, la transmisión gratuita del concierto del viernes 23 desde la página del Teatro Colón.




