Zukerman, en dos conciertos geniales
El violinista se presentó junto a su grupo de cámara para Nuova Harmonía y para la Comunidad Amijai
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Conciertos del Zukerman Chamber Players, con Pinchas Zukerman y Jessica Linnebach (violines), Jethro Marks y Ashan Pillai (violas) y Amanda Forsyth (violonchelo) Programas en el orden de ejecución: Trío Nº 1 para cuerdas D. 471, de Schubert; Quinteto para cuerdas op. 97, de Dvorak, Quinteto Nº 2 para cuerdas op. 87, de Mendelssohn; Terzetto op. 74, de Dvorak, Quinteto para cuerdas K. 516, de Mozart, y Quinteto en Sol Mayor op. 111, de Brahms. Fundación Coliseum en el Teatro Coliseo y Comunidad del Templo Amijai.
Nuestra opinión: Excelente
Se constituyeron en conciertos de la mayor jerarquía artística las dos presentaciones llevadas a cabo por el Zukerman Chamber Players, encabezado por el músico israelí Pinchas Zukerman, que Buenos Aires admira desde hace tiempo por sus anteriores visitas. La primera, en 1981, al frente de la St. Paul Chamber Orchestra; luego, en 1986, en recitales con el pianista Marc Neihrug y, en 1989 y 1991, con su grupo Pinchas Zukerman and Friends en conciertos realmente superlativos. Por último, el año pasado, en el Templo Amijai con similares y extraordinarios instrumentistas.
Y al rememorar el ramillete de composiciones ofrecidas en todas sus visitas surge la evidencia de que casi todas fueron diferentes en cada oportunidad, con la excepción de una página de Dvorak. Evidencia sutil de un criterio artístico amplio e inteligente y espejo de la naturalidad y sencillez del artista, ya que no se olvida una noche en la que se ofreció el Quinteto en Do mayor K. 515 , de Mozart, ejecutando la segunda viola, episodio que habla de la total ausencia de divismo.
Pero hay otro motivo para el elogio aún más destacado, porque las dos actuaciones que dan lugar a este comentario han permitido recepcionar las obras envueltas con el hálito intrínseco de las épocas y los sucesos que le dieron origen. Ese aspecto intangible que subyace en cada partitura pero que no está escrito porque los grandes intérpretes lo palpan y entregan de modos diferentes y según las miradas de cada uno, a su vez cambiantes por el trascurrir de las generaciones.
Por eso el único movimiento que conforma el Trío Nº 1 de Schubert, del primer programa se escuchó espontáneo, gracioso y a la vez lírico, en tanto que el Quinteto op. 97 , de Dvorak, fue como dibujar los sonidos y el ritmo del alma y el paisaje bohemio, matizado con la atmósfera americana de indígenas celebrando sus alegrías y danzas, como el autor checo dejó estampado en el Cuarteto americano de la misma época. Y por fin, la maravilla del Quinteto op. 87 de Mendelssohn, donde parece alternarse los espíritus sombríos con el ímpetu arrollador de la luz.
Segundo programa
Pero no fue menos interesante el segundo programa, acaso mucho más difícil de asimilar en una primera audición, porque se escuchó el Terzetto para dos violines y viola op. 74 , de Dvorak, que obliga a percibir una combinación de sonido especial con ausencia de graves, pese a que la viola juega un papel de acompañante en varios momentos, simulando la izquierda de un piano. Pero los dos violines actúan con frecuencia en canon, que no es habitual y algo extraño. La complejidad aumentó con el impresionante Quinteto en Sol menor , de Mozart, tonalidad que ya de por sí, en las obras del genio, determina una atmósfera cargada de tragedia. Ahí el autor parece transmitir serenidad ante tanta angustia y desesperanza que sufrió en etapas de su vida. Pero esta posibilidad siempre es discutible, aunque en este caso aparece ese último movimiento con un patético Adagio y dos movimientos lentos, caso único en la música instrumental del período clásico y en un lenguaje que prenuncia misteriosamente la evolución de la música desde Beethoven hasta la disolución de la tonalidad. La versión fue estupenda gracias al virtuosismo de todos los integrantes del grupo: impecable afinación y justeza ritmica.
Como última entrega el Quinteto op. 111 , de Brahms, cumbre de expresión vigorosa, y de sentimientos sencillos, acaso rústicos y donde no falta la luz, la dinámica de la música con sabor vienés, la imagen del Prater y el ritmo desbordante de la danza con vivacidad a la zíngara, tan metida en el alma del hamburgués. Si bien es cierto que la interpretación de Zukerman y su equipo de músicos brillantes fueron magníficas, no hubo ningún agregado. Es que en realidad todo había sido dicho, salvo que nos quedó una duda sobre la condición acústica del templo Amijai, erróneamente despojado de cortinado en el escenario, motivo de una condición acústica ahora viva y algo reverberante. Sería una pena que por ser un lugar sagrado, las más altas expresiones del arte musical pierdan la bondad de un auditorio maravilloso.






