
Así se filmó Barreda: del escalofriante sueño de Luis Machín al mito que la película busca desarmar
En Montevideo se reconstruyó el hogar en el que el odontólogo asesinó a su esposa, su suegra y sus dos hijas y LA NACION visitó el set; Luis Machín, la directora Daniela Goggi y Marcelo Subiotto hablaron sobre el desafío de revisar el caso sin romantizar al femicida

MONTEVIDEO.– Detrás de una fachada de aparente normalidad, el equipo del film Barreda reconstruyó la casa en la que vivió una familia de clase media sumergida puertas adentro en un espiral de violencia. En el set montado en Montevideo, Uruguay, predominan el silencio, la concentración y un respeto que se percibe tanto en los movimientos precisos de los técnicos como en el trabajo minucioso de los actores. La ambientación está cuidada al detalle, cada objeto, cada rincón, cada textura. La atmósfera es sofocante, pero también reconocible, con esa tranquilidad que da un ambiente cotidiano aunque por debajo esté agazapada una amenaza.
No es un rodaje más. Todos parecen conscientes de que el guion se sostiene sobre una historia real y de que detrás de un nombre convertido en noticia existieron cuatro mujeres cuyos relatos nunca pudieron escucharse. Gladys McDonald; su madre, Elena Arreche, y sus hijas, Adriana y Cecilia Barreda, fueron víctimas dos veces: primero, del hombre que las asesinó; y después, de una cultura mediática y social que redujo el cuádruple crimen a una sucesión de chistes y tomó como cierta la versión del victimario.

La noticia
El 15 de noviembre de 1992, Ricardo Barreda, un odontólogo de La Plata, tomó una escopeta y mató a su esposa, su suegra y sus dos hijas en el interior de la casa familiar. Luego intentó instalar la hipótesis de un robo. Cuando finalmente confesó los asesinatos, dijo que las mujeres lo maltrataban y que lo llamaban “conchita”. Esa explicación se impuso en buena parte de la cobertura mediática de la época, aunque provenía del único integrante de la familia que había sobrevivido: el propio asesino.
A partir de entonces, Barreda se convirtió en un símbolo de doble cara: para algunos, su nombre representó la violencia machista y la necesidad de reclamar justicia por las víctimas; mientras que para otros, adquirió la categoría de “ídolo” por haberse atrevido a “matar a su suegra”. Hubo canciones, bromas y una identificación inquietante con aquel hombre de clase media, universitario, “buen vecino” y aparentemente inofensivo. La familiaridad de su apariencia pareció volverlo comprensible para un sector de la sociedad.

La película dirigida por Daniela Goggi se propone revisar esa construcción. Protagonizada por Luis Machín y con un elenco que incluye a Carla Peterson, Mercedes Morán, Maite Lanata, Marcelo Subiotto, Paola Barrientos, Alberto Ajaka y Margarita Páez —hija de Fito Páez y Romina Ricci, en su debut cinematográfico—, llegará el 28 de agosto a Prime Video, con estreno simultáneo en más de 240 países y territorios.
La intención, según explicaron sus responsables, es desplazar la mirada morbosa que rodeó al caso durante más de tres décadas y devolverles centralidad a las víctimas. No se trata de omitir al asesino, sino de revisar el relato que él mismo construyó y que encontró una sociedad dispuesta a escucharlo.
La oscuridad del personaje

Machín se sumergió en grabaciones públicas, documentos del juicio y distintos registros de Barreda. No buscó reproducirlo de manera mecánica. “Mi observación sobre él fue bastante minuciosa. No con el intento de repetirlo exactamente ni de copiarlo, pero sí de rescatar esa oscuridad y esa psicología tan escabrosa”, explicó el actor durante una entrevista con LA NACION.
La convivencia con el personaje, admite, no terminó el último día de filmación. Después del rodaje soñó dos veces con Barreda. En el primero de esos sueños, el femicida lo guiaba por una casa que no era la verdadera ni la reconstruida para la película, sino otra creada por su inconsciente. “Me mostraba los lugares donde había matado a cada una. Cuando salía, lo estaba esperando el patrullero. Él se subía y me saludaba”, recuerda.

El segundo sueño llegó poco antes del estreno: Machín se encontraba junto a Barreda en una especie de exhibición y lo presentaba ante un grupo de personas. En un momento, el actor tomaba una escopeta similar a la utilizada en los asesinatos y le disparaba. “Me desperté transpirado y con la respiración entrecortada, como cuando uno grababa esas escenas. Pensé que, antes del estreno, tenía que terminar este pacto demoníaco”, cuenta. Para él, aquella imagen funcionó como un cierre: “Es evidente que mi cabeza finalmente se desprendió”.
La experiencia también lo llevó a preguntarse por qué una parte de la sociedad pudo empatizar con un hombre que asesinó a cuatro mujeres. “Lo paradigmático del caso es la cantidad de gente que estuvo a favor de Barreda. Eso es lo llamativo y lo lamentable”, sostiene.
Según el actor, regresar hoy sobre aquel crimen permite discutir la identidad de los supuestos “héroes románticos” construidos por la cultura popular y poner el acento en quienes ya no tienen voz. “Los asesinos deben ocupar el lugar del repudio y de la condena”, afirma.
Pero el imaginario creado alrededor de Barreda no desapareció. Machín lo comprobó en conversaciones cotidianas. Una joven, al enterarse de que estaba trabajando en la película, reaccionó con una frase que lo desconcertó: “Barreda, pobre tipo”. Él la corrigió: “Pobre su familia”. Incluso entre hombres progresistas, dice, persisten expresiones que relativizan lo sucedido: “También, pobre, mirá cómo lo trataban, le decían conchita”. Esa reacción muestra hasta qué punto la versión del asesino continúa flotando en el sentido común.
“Creemos que cambiamos mucho más de lo que realmente cambiamos”, advierte Machín. “Se consiguió instalar una discusión sobre comportamientos que hace treinta años no existía, pero los números de los femicidios siguen creciendo. Queda un camino larguísimo”.
Una matanza rápida y quirúrgica
La filmación del cuádruple crimen fue uno de los momentos más difíciles del rodaje. Goggi decidió no convertir la secuencia en una exhibición del sufrimiento de las víctimas ni recrearse en sus cuerpos. La cámara permanece sobre el asesino y lo obliga a cargar con la acción.
“La secuencia de la matanza era completamente incómoda de grabar”, admite la directora. “Cuando empezás a pensar qué pasó, cómo ese tipo atraviesa el living, sube la escalera y en un minuto y medio mata a cuatro personas, es perturbador”.
La rapidez fue una decisión narrativa: “Queríamos que esa incomodidad fuera muy rápida y muy quirúrgica. Al único que se ve durante la matanza es al personaje de Barreda disparando; se ve al asesino, no a las víctimas”.
Durante décadas, argumenta Goggi, se les quitó peso a los asesinatos mientras la atención se concentraba en las supuestas humillaciones que Barreda decía haber sufrido. La puesta en escena busca invertir ese mecanismo: “Para nosotros era importante devolverles ese peso a los crímenes y ver al asesino ejecutando esas muertes”.
La perspectiva de género también atravesó la construcción cotidiana del personaje. Goggi y Machín trabajaron sobre gestos aparentemente pequeños que revelaban su desprecio no solo hacia las mujeres de su familia, sino hacia las mujeres en general.
“Cada vez que hablaba la abogada joven, había una marca para que Luis la mirara como diciendo: ‘¿Por qué habla esta pelotuda?’. En cambio, si hablaba el abogado defensor, él escuchaba. Si la abogada comentaba algo, le quitaba la mirada y la atención”, explica Goggi.
Esos micromachismos no aparecen como detalles ornamentales, sino como señales de una estructura de pensamiento. “No dejé nada atrás en mi rol de mujer”, dice la directora. “Pensar la ideología machista también es una forma de reivindicar lo que nos cuesta a las mujeres ocupar lugares de poder y tomar decisiones”.
La construcción del “pobre hombre”
Marcelo Subiotto interpreta al abogado defensor. El actor no buscó imitar al letrado real ni mantuvo encuentros con él. Su objetivo fue representar al hombre capaz de darle seriedad jurídica a la narrativa que presentaba al acusado como alguien llevado al límite por una familia que lo maltrataba.
“El abogado tenía que construir para el espectador común la idea de que Barreda era un caso para observar, una persona a la que podía haberle pasado algo, un ‘pobre tipo’ al que una situación había llevado a la tragedia”, explica.
Por supuesto, aclara, todo acusado tiene derecho constitucional a una defensa. Pero su personaje incorpora una motivación adicional: el deseo de aprovechar la repercusión del caso para construir una carrera mediática.
“Es un tipo muy interesado en convertirse en un abogado conocido. El caso le viene como anillo al dedo. Piensa: ‘A ver si para el próximo caso mediático me llaman a mí’”, señala Subiotto.
El abogado no es solamente el encargado de defender a Barreda ante la Justicia: también funciona como arquitecto de un discurso capaz de convertir al asesino en representante de otros hombres que fantaseaban con rebelarse contra las mujeres de sus familias.

Aquella narrativa solo puede comprenderse dentro del contexto de los años noventa. No existía la figura penal del femicidio y los asesinatos de mujeres solían ser presentados como “crímenes pasionales”. La televisión transformaba casos policiales en espectáculos y sus protagonistas podían adquirir una categoría cercana a la fama.
“Barreda podía ser una tragedia que leías en el diario y que terminaba convertida en un chiste sobre la suegra”, resume Subiotto.
Al recibir el guion, el actor descubrió hasta qué punto aquella versión había permanecido también en su propia memoria. “Cuando vi el uso de ‘conchita’, pensé: ‘Ah, pero ¿no le decían así?’. Y no: eso era lo que decía él. Incluso quienes tenemos herramientas para revisar el caso podemos seguir funcionando con ese chip”.
El mecanismo resulta revelador: la palabra del asesino sobrevivió y se repitió durante años, mientras las cuatro mujeres a las que acusaba ya no podían contradecirlo.
La película lleva el apellido del victimario, una decisión que puede generar interrogantes. Para el actor, el propósito es apropiarse de ese nombre ya instalado en el imaginario colectivo y obligar a observarlo desde otra perspectiva. “En el caso de Barreda, las víctimas desaparecen. La película busca que, cuando lo nombremos, lo veamos con otra lente”.
Dentro de la casa reconstruida en Montevideo, esa intención atraviesa cada jornada. El clima sofocante, la precisión de los movimientos y los silencios revelan las señales de una violencia que estaba a punto de estallar.
Más de treinta años después del cuádruple femicidio, la película vuelve sobre el crimen no para descifrar al asesino, sino para revisar a la sociedad que decidió creerle, convertirlo en personaje y reírse con él.
