Respighi, con su visión de las fuentes romanas

Pola Suárez Urtubey
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23 de marzo de 2017  

Cien años ha cumplido en estos días Las fuentes de Roma, una de las obras más deliciosas de Ottorino Respighi, a quien tanto debe el resurgimiento instrumental de la música italiana. Sólo recordemos de él que nació en Bolonia en 1879 y murió en Roma en 1936, y que tras realizar estudios en su país, fue discípulo en Alemania de Max Bruch y en Rusia de Nicolás Rimsky-Korsakov. De éste habría de recibir buena parte de su arte orquestal, que luego se afianza, junto con su tendencia al sinfonismo poemático, bajo el influjo de Richard Strauss y Claude Debussy.

El autor del llamado "ciclo romano", en alusión a sus tres poemas sinfónicos ( Las fuentes..., Los pinos... y las Fiestas romanas) forma parte, con Pizzetti, Casella y Alfano, entre otros, del núcleo de compositores que propiciaron nuevos horizontes y objetivos para la música italiana, completando así la obra de resurgimiento del arte instrumental iniciado en el siglo XVIII con Sgambati, Martucci y Busoni. En el caso de Respighi, esa misión habrá de concretarse tanto en el sinfonismo poemático como en las obras orquestales de índole formal o en la música de cámara. Aquella aspiración lo llevó asimismo a exhumar o, mejor aún, "actualizar" obras del pasado musical,

A propósito de su poema sinfónico Las fuentes de Roma, de 1917, escribió Respighi lo siguiente: "El autor ha buscado expresar sensaciones y visiones sugeridas por cuatro fuentes de Roma en el momento en que su carácter está más en armonía con el paisaje circundante o en que su belleza aparece más sugestiva para el ojo del contemplador".

Ya se sabe que el músico, cuya magnificencia sinfónica habría de reflejar en años posteriores el atractivo o la opulencia de los pinos y las fiestas romanas, logra aquí una de sus más felices descripciones sonoras. Cada fuente da lugar a una sección específica dentro de su poema sinfónico. La primera parte alude a la de Villa Giulia al alba y evoca un paisaje pastoril, donde manadas de ovejas pasan y desaparecen en la bruma fresca y húmeda del amanecer romano. De improviso cambia el ambiente. Es la maravillosa fuente del Tritone por la mañana. En un movimiento vivo-allegretto, Respighi sugiere un alegre llamado al que acuden náyades y tritones que se persiguen y se entrelazan en una desenfrenada danza bajo el chisporroteo del agua.

Un tema solemne anuncia otro rincón romano, atractivo ineludible y ruta obligada para el viajero que llega a la capital de Italia. Es la fuente de Trevi al mediodía. Restallantes fanfarrias de cornos, trompetas y trombones anuncian el arribo del carro de Neptuno tirado por caballos marinos, escoltados por tritones y sirenas. El cortejo pasa, vibra en su grandiosidad y luego se aleja, mientras resuenan todavía los toques de trompetas en sordina.

La última sección de la obra trae la hora de la nostalgia; el aire se llena de repiques de campanas, murmullo de pájaros, rumor en el follaje. El aire crepuscular se aquieta dulcemente y se pierde en el silencio de la noche. Dejamos atrás la fuente de la Villa Medicis...

Tal el programa concebido para esta magistral creación resumida en veinte minutos, con una orquesta que en la imaginación de Respighi adquiere el carácter de imponente fresco sinfónico, sensual y lujurioso.

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