
El miércoles se estrenará su quinta temporada en Netflix, con un nuevo elenco al frente, encabezado por Imelda Staunton, y la muerte reciente de la soberana planteando un contrapunto sobre la capacidad de Carlos III de dejar su marca en el trono
Hacia el final de la primera temporada de The Crown, una nota publicada en el sitio especializado Vulture sobre la serie de Netflix se preguntaba cómo haría el relato para seguir adelante sin tener, como muchas otras ficciones, la libertad de crear su propia narrativa. Encorsetada por la historia “real” –en ambos sentidos del término– y al mismo tiempo obligada a aclarar una y otra vez que se trata de una versión libre y ficcionalizada de la familia al mando de la monarquía británica, el pequeño milagro de The Crown es que logró sostener ese precario equilibrio durante cuatro temporadas y que se acerca a sus últimas dos sin haber perdido pie. Claro que eso no supone que haya conformado a todos. De hecho, muchos pedían, y desde la muerte de Isabel II incluso con más fuerza, que la producción aclare expresamente que el contenido no pretende ser un documental, lo que llevó en las últimas semanas a que se agregara la siguiente leyenda al material de promoción de su quinta temporada: “la serie está inspirada en hechos reales que fueron ficcionalizados para contar la historia de la reina Isabel II y los acontecimientos políticos y personales que moldearon su reinado”. Si el mensaje calmará algunas susceptibilidades todavía es una incógnita. Probablemente no lo haga y también la fascinación por la familia real británica permanezca intacta, más allá de toda aclaración.

