
Amores bailados, en una idea efectiva y original
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"Amorcitos". Libro y dirección general de Mecha Fernández y Rony Keselman. Coreografía: Mecha Fernández. Música original: Marcelo de Bonis y Rony Keselman. Puesta de luces: Chiche Frugoni. Intérpretes: Carolina Pujal y Mariano Rey. En el teatro del Club del Vino, Cabrera 4737, sábados y domingos, a las 16.
Nuestra opinión: excelente.
Resulta original y novedoso encontrarse con esta puesta, que se apoya enteramente en la música y la danza, plasmando figuras con la ayuda de la iluminación y un vestuario sencillo, cómodo, pero a la vez de mucha presencia por su simplicidad y por la manera en que se pliega a los movimientos de los intérpretes.
Porque desde que los bailarines entran y medio cantan, medio recitan al compás de la música ("Amores grandes-gigantes. Amores pequeños-chiquitísimos. De todos los gustos y de todos los colores...") hasta el final, cuando retorna el primer tema, no hay pausa, y la platea no puede sacar los ojos del escenario, mientras disfruta con los actores de los distintos ritmos.
Ese flujo cambiante, preciso y con destinos claros de la música y la danza va presidiendo los diferentes cuadros, que aluden, juguetonamente, a variados lugares, épocas y sentimientos.
Primero uno se encuentra con los cavernícolas, con sus movimientos simiescos, encuentros y desencuentros. Luego, con "Amor egipcio", donde el ir y venir de la pareja se dibuja a partir de las conocidas imágenes de los frisos. También el tema se sumerge en el mar con "Amor de sirenas", va al Japón con "Amor oriental" y a una corte con "Amor en palacio", donde las aristocráticas danzas aparecen hábilmente ligadas a juegos tradicionales infantiles. "Amor de cine mudo" -tal vez la estampa menos comprendida por los chicos, que preguntaban quién era Chaplin- y "Amor enganchado", donde aparecen nuevamente todas las danzas, cierran el esquema.
La propuesta no tiene resquicios. La música es la pauta exacta para este recorrido, con alusiones, guiños y humor. El humor está en las perfectas coreografías, el juego entre el hombre y la mujer, las dificultades de la comprensión... Y todo a un ritmo vertiginoso.
Un juego de perfección
Finalmente, merece destacarse el trabajo de Carolina Pujal y Mariano Rey, especialmente el de ella. Los intérpretes manejan a la perfección el lenguaje de sus cuerpos, eficazmente disciplinados; dibujan velozmente escenas y cuadros de hermosa armonía y, a la par que son bailarines, no dejan de ser protagonistas, de transmitir sentimientos y relaciones que los unen y separan, como corresponde a los distintos "amores".
Aunque en el espectáculo hay mucho para los adultos, los chicos acompañan atentos y fascinados su desarrollo, en un silencio perfecto, como lo hacen siempre que reciben un trabajo bien hecho y respetuoso, que no los subestima.
El único reparo que tal vez pueda hacérsele es el de contar con un sonido demasiado fuerte, lo que no es bueno para los chicos (habría que taparles las orejitas a los bebés). Pero por todo lo demás, "Amorcitos" es uno de esos momentos para repetir.
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