Blackbird

El gran autor David Harrover creó personajes que son títeres del destino
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31 de julio de 2011  

Autor: David Harrower / Versión y dirección: Alejandro Tantanian / Intérpretes: Patricio Contreras, Malena Solda y Denisse Van Del Ploeg / Escenografía y vestuario: Oria Puppo / Luces: Alejandro Le Roux / Música original: Diego Penelas / Sala: Ciudad cultural Konex / Duración: 90 minutos.

Nuestra opinión: buena.

El escocés David Harrower no es un desconocido para el público de Buenos Aires, que ya vio de él en el Teatro San Martín Cuchillos en gallinas , aquella ficción de crimen y deslealtades que involucraba a una joven campesina, su marido adúltero y un molinero expulsado de su prejuiciosa comunidad. Especialista en obras duras, que sacuden por su rispidez al público, pero lo incitan a pensar más allá de las reglas de aceptación común, propone en Blackbird un tema no menos inquietante.

El texto narra el encuentro de una joven de unos veintitantos años con un hombre de unos cincuenta que, una década atrás, habían mantenido una relación, cuando ella tenía apenas doce años. No se veían desde que el individuo fue juzgado y condenado por ese acto a una pena que, cumplida, lo lleva a desaparecer del lugar. El reencuentro es tenso, porque el vínculo –al que ella había consentido– se truncó abruptamente por un supuesto abandono cometido por él. Y no es tanto el abuso sexual lo que ella le viene a recriminar al hombre, sino el haberla dejado sola, desamparada.

Los fantasmas y sentimientos de ese pasado que se ha querido enterrar reaparecen en un nivel de áspera, feroz disputa. El autor sabe que maneja un asunto incómodo para el espectador, pero a la vez muy productivo por todo lo que tiene de tabú y es capaz de remover. Y escribe su texto tratando de que se visualice el suceso que se revive en el relato de los personajes más como una trágica historia de amor que como un abuso sexual. El resultado es que la audiencia se desliza –al menos eso le pasó a este crítico– del rechazo inicial con el hombre a una suerte de comprensión de su conducta. La propia mujer lo acepta así. No son allí los códigos de la moral sexual o la ley los que están en primer plano –aunque nunca dejen de operar en el trasfondo– sino la grieta que aquel hecho provocó en la vida de estos dos seres.

Pero, astuto y consciente de que el problema no es tan sencillo de resolver, Harrower no se detiene allí. En la tragedia clásica los personajes son títeres del destino, no deciden sobre los acontecimientos. En la contemporaneidad, presumimos que el hombre es dueño de sus decisiones, libre de elegir, salvo, claro, cuando es arrastrado por una pasión irrefrenable. En ese caso, el deseo juega aquí el rol del destino en la tragedia griega. Entonces, como las opciones no son fáciles, el autor reintroduce sobre el final de la obra la sospecha, la posibilidad de que el hombre no haya sido totalmente sincero en lo que dice. Y con ella reaviva el conflicto, no solo en la obra sino también en el espectador. El alud de interrogantes cae de nuevo sobre la cabeza del espectador. Este es un gran mérito de la obra.

Aprovechando una escenografía que añade su toque de sordidez al clima de la pieza –la acción se desarrolla en un comedor de trabajadores tota-mente sembrado de restos de comida y papeles–, el director Alejando Tantanián trabaja con los actores logrando atmósferas de conflicto de mucha intensidad. La actuación de Malena Solda es de alto compromiso emocional y muy convincente, una de las mejores que se le han visto en teatro. La reconocida capacidad y solvencia de Patricio Contreras le permiten sortear también todos los desafíos que le impone el difícil papel del hombre. Sobre todo pensando que cierta respiración balbuceante del texto –que Tantanián destaca como un hecho estético destacable de la escritura– en algunos pasajes se impone más como obstáculo que como virtud en la fluidez de los diálogos. Y Contreras nunca es sorprendido por ese elemento, proyectando firme y sin fisuras la potencia de su composición.

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