
Hamlet
Buen trabajo de Amigorena en la versión del clásico de Gené
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Autor: William Shakespeare / Traducción y adaptación: Luis Gregorich / Director: Juan Carlos Gené / Elenco: Mike Amigorena, Luisa Kuliok, Esmeranda Mitre, Edgard Nutkiewicz, Horacio Peña, Camilo Parodi, Luciano Linardi, Luciano Bonanno, Víctor Malagrino, Eduardo Bertoglio, José Mehrez, Francisco Cocuzza, Pablo Oubiña, Carlos Scornik, Fernando López, Leandro Morcillo, Martín Casalongue, Ariel Guazzone, Pablo Lambarri, Celeste Gerez y Milagros Plaza Díaz / Escenografía: Carlos Di Pasquo / Vestuario: Marcelo Salvioli y Cecilia Carini / Luces: Miguel Morales / Música original: Luis María Serra / Sala: Presidente Alvear, Corrientes 1659 / Duración: 120 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.
Según T.S. Eliot, "Hamlet es la Mona Lisa de la literatura dramática". Así como la dama pintada por Leonardo mantiene a través de los siglos su fascinación enigmática, ninguna otra obra teatral de ningún otro autor ha sido más estudiada, analizada, disecada, explorada y representada que ésta, desde 1602, fecha aproximada de su creación. Cada situación, cada palabra, cada personaje es objeto, hasta hoy, de indagaciones cercanas a la entomología: filósofos, psicoanalistas, sociólogos, críticos de variadas disciplinas indagan las entretelas del texto, las circunstancias de su estreno. Vano sería reseñar aquí su argumento, más que conocido y cuando en Buenos Aires se están representando varias versiones, que vienen a sumarse a las muchas filmadas, desde los tiempos del cine mudo. No sólo los actores aspiran a ser el príncipe danés, también las actrices, convidadas por cierta ambigüedad sexual, codician ese papel: Sarah Bernhardt, Margarita Xirgu, Judith Anderson, Nuria Espert, aquí y ahora Gabriela Toscano.
Poner en escena la tragedia de Hamlet es siempre un desafío, máxime si se trata de otro idioma; en este caso, tan alejado de la síntesis expresiva del inglés como la sonora y más retórica lengua española, sumado al intento de argentinizarla, en una medida decorosa, mediante el voseo. Algo que al oído de este comentarista suena un tanto forzado: después de todo, se supone que estamos en un reino escandinavo y cerca -tal es la convención en vigor- de la época misma de Shakespeare. Porque hemos heredado la visión romántica y decadente del príncipe danés, tironeado entre el ansia de vengar el asesinato de su padre y el afán de proceder éticamente, de ser la buena persona que sus súbditos aman (aunque asomen con frecuencia los caprichos y arbitrariedades propios del monarca absoluto). La puesta de Juan Carlos Gené enfrenta el desafío con coraje e infalible sentido teatral, y un actor excepcional: Mike Amigorena.
En el marco de rigurosa grandeza concebido por Carlos Di Pasquo, con la adecuada iluminación de Miguel Morales, como un ambiente majestuoso y a la vez funerario -túmulos que son mesas de banquete, o tumbas, según las necesidades-, todo en negro con toques rojos y cortinas metálicas que sugieren cárceles, la corte de Dinamarca resulta opresiva, un laberinto de pasillos y escaleras que tan sólo conducen a la muerte.
Los agentes del rey asesino son vistos como múltiples hombrecitos de esos que pinta Magritte, vestidos de negro y tocados con sombrero hongo, servidores de escena a los que Gené desplaza siempre con un movimiento de pinzas, de tenazas que se cierran para atrapar a alguien, culpable o inocente, tanto da. Los movimientos de todos los personajes, aún los mínimos, obedecen a una precisa coreografía, que en ningún momento es mecánica, sino necesaria; conviene señalar que, siguiendo las instrucciones de Hamlet a los actores que representarán su "ratonera en la que atraparé al rey", no hay aquí ninguna acción que no convenga a la palabra, y viceversa. Magistral el duelo con Laertes de la última escena, puesto por el especialista Osvaldo Bermúdez.
Un gran elenco
El elenco es homogéneamente eficaz, pero no se puede desdeñar la ocasión de señalar la formidable autoridad de Nutkiewicz en su doble papel de rey asesino y espectro asesinado, la notable destreza con que Horacio Peña bordea la caricatura, sin caer en ella, en un Polonio de irresistible comicidad, y la presencia de Francisco Cocuzza, quien prueba que para un actor excelente no existen papeles chicos. Esmeralda Mitre posee un evidente temperamento dramático de calidad y lo vuelca en una Ofelia conmovedora.
Y llegamos a la clave que sostiene este colosal edificio retórico: Mike Amigorena, un Hamlet para la historia. Es una interpretación memorable, que le permite desplegar una amplísima gama expresiva: hasta se burla de sí mismo, llevando al paroxismo la ambigüedad sexual de su personaje, al vestir ropas femeninas, de "cocotte" finisecular, en la escena famosa del "teatro dentro del teatro".
Tan sólo una objeción: ¿por qué quitarle a la despedida de Horacio a Hamlet muerto -la más conmovedora en la historia del teatro occidental- su invocación postrera: "Que coros de ángeles arrullen tu sueño".
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