
La salud de los enfermos: una puesta inteligente y con grandes actuaciones de un desafiante cuento de Julio Cortázar
La obra dirigida por Leandro Cóccaro se presenta los domingos en el Teatro del Pueblo
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Autor: Julio Cortázar. Actúan: Gabriel Schapiro, Cecilia Cósero, Paula Thie, Edgardo Marchiori y Martha Sosa Quintana. Música original en escena: Michel Gaudín. Asistencia de dirección: Guillermina Arciniega. Producción Ejecutiva: Guillermina Arciniega, Leandro Cóccaro, Alejandro Dramis, Edgardo Marchiori. Escenografía y vestuario: Roma González. Diseño sonoro: Leandro Cóccaro, Michel Gaudín. Diseño de iluminación: Manon Minetti, Leandro Cóccaro. Instalación visual: Alejandro Dramis. Dirección y puesta en escena: Leandro Cóccaro. Funciones: domingos, a las 18. Duración: 60 minutos. Sala: Teatro del Pueblo (Lavalle 3636). Nuestra opinión: Muy buena.
Mientras los espectadores se acomodan, los intérpretes ya están en escena. El clima es silencioso, como de cierto recogimiento. Algo de precariedad, de futura mudanza atraviesa el espacio: cajas de cartón distribuidas por la escena, valijas diseminadas; en una esquina alguien toca la guitarra; los demás revisan (en ese gesto de cabeza gacha y atención suspendida) una cajita, unos papeles; una zona del escenario está ocupada y en la otra −como desbalanceada− no hay nada ni nadie.
¿Estamos frente a una reconstrucción? ¿Un futuro ya sin “mamá” para recordar cómo fueron sus últimos tiempos?
La salud de los enfermos es un cuento de Julio Cortázar cuyo narrador, podríamos decir, no es fácil de clasificar: sabe casi todo, pero en la organización del mundo narrado existe algo demasiado cercano para ser omnisciente. ¿Qué narrador omnisciente podría decir “mamá” o “tía Clelia”? Es decir, el cuento ya de por sí es un desafío. Porque el lenguaje se desliza para hacer devenir mención de nombre propio en personaje y ambigüedad, en indeterminación.
El origen del proyecto tuvo lugar en la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD), que depende de la Dirección General de Enseñanza Artística, una escuela pública de la ciudad de Buenos Aires, en la que se dicta la Tecnicatura Superior de Puesta en escena. Su director, Leandro Cóccaro, inició ahí un proceso de investigación sobre el texto de Cortázar, mientras estaba cursando la carrera.

El pasaje del cuento a la escena implica tomar decisiones y no es que puede decirse que se producen gestos excesivos ni predominan las acciones (entendidas desde el más llano sentido común). En La salud de los enfermos, una familia, frente a la salud delicada de la madre, decide ocultarle la muerte de uno de sus hijos. Lo que empieza como una “mentira piadosa” se convierte en el centro que organiza sus días: para no cometer errores planean una falsa correspondencia sistemática, inventan noticias de política internacional, hacen que la novia-viuda del joven visite a su suegra semanalmente… Es decir, rearman su vida cotidiana para sostener lo que sin demasiados reparos podría denominarse una ficción, una representación para la madre en estado delicado de salud.
La dirección toma la decisión de mostrar la ficción como tal: la presencia del guitarrista en un rol extradiegético, la “puerta” que no lo es en sentido estricto apenas si mantiene la función de habilitar la entrada y salida de la habitación de “mamá“. Los actores, Gabriel Schapiro, Cecilia Cósero, Paula Thie, Edgardo Marchiori y Martha Sosa Quintana oscilan entre narrar, comentar, describir lo que hacen, cambian levemente de registro, como si subrayaran en algún momento la ficción, los gestos de representación que son para “mamá”, pero que se van naturalizando también para ellos mismos. Consignan la representación, la refieren, pero en ocasiones la encarnan.
En el cuento, el concepto de personajes está difuminado, aunque sí se perciben sus voces, que en la puesta se distribuyen de un modo particular: en ocasiones se hace cargo de lo que los personajes saben, en otras, de lo que se dice de ellos, rara vez, se construye interacción, diálogo real. La distribución cuidada y, sin duda, desafiante de la palabra implica un delicado trabajo de construcción para la escena.
Como se respeta muy de cerca el texto narrativo de Cortázar aquí seremos testigos de que la búsqueda de representación de una realidad puede terminar sustituyendo lo real hasta el punto de hacer imposible distinguir lo ficcional de aquello que no lo es. Este in crescendo se comprende con sorpresa al final para quienes no conocen el cuento. Quienes sí están familiarizados con él se sorprenderán por otras cosas: por la belleza, por lo conmovedoras que son las actuaciones y por la inteligencia de la puesta.
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