
Realismo clásico, por Carlos Gorostiza
Jorge Graciosi supo rescatar las potencialidades de la obra, con buenos trabajos de Rivera López y Speroni
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El alma de papá , de Carlos Gorostiza. Dirección: Jorge Graciosi. Elenco: Jorge Rivera López, Leonardo Azamor, Catalina Speroni y Pablo Machado. Luces: Lautaro. Escenografía y vestuario: Ana Sellan. Música original: Malena Graciosi. Teatro del Pueblo, Av. Roque Sáenz Peña 943. Sábados, a las 21, y domingos, a las 20. Duración: 75 minutos.
Nuestra opinión: Buena
En 1949, un muy joven escritor salió a la luz pública con una obra que marcó un antes y un después en la historia de la dramaturgia argentina. Tanto es así que suele ubicarse al estreno de El puente como el momento en que se inaugura una vertiente del realismo del que el teatro argentino hasta el día de hoy es deudor.
La búsqueda de un tipo de lenguaje, la instalación de problemáticas propias de la clase media vernácula, entre otros elementos, significaron un intento por poner sobre el escenario al mismo público que estaba ubicado en la platea. Para ello, Gorostiza supo encontrar una forma de trabajar estéticamente con ese referente.
Ahora, el escritor argentino ofrece en Buenos Aires su última producción dramática, escrita hace ya unos años para la productora de Javier Faroni y que, con dirección de Daniel Marcove, estuvo de gira por las provincias y por Uruguay con un elenco integrado por Javier Lombardo, Eduardo Blanco, Mabel Manzotti y Juan Manuel Tenuta. Ahora le llegó el turno a la Capital Federal, pero con una propuesta diferente. Quien dirige en esta oportunidad El alma de papá y con un elenco ciento por ciento nuevo es Jorge Graciosi.
Reino textual
Si bien puede considerarse que se trata de un texto epigonal de Gorostiza, que no ofrece ni en términos estéticos ni temáticos nada novedoso para el teatro porteño de corte realista, hay que decir que la puesta de Graciosi rescata todas las potencialidades que la obra posee. La relación que ese realismo establece con el mundo, mimética y desproblematizada, consiste, básicamente, en establecer intelectualmente líneas de reflexión que atraviesan los tópicos más característicos del siglo XX. Las discusiones teológicas y existenciales permiten en este caso la comunicación de dos generaciones. Graciosi, entendiendo esto, no pretendió hacer una puesta en escena que se impusiera al texto. Deja que él se luzca a través de las actuaciones con un diseño escénico que simplemente permite pasar del papel al escenario. El cuarto en que transcurre el encierro de este hijo con su padre muerto es tan protagonista como el living de la casa, donde están los supuestos concurrentes al velorio, que no empieza porque el hijo espera que el alma de su padre se separe del cuerpo. Para ello, la dirección dispuso una puerta que, por su ubicación, más que conectar dos cuartos parece unir dos dimensiones.
En cuanto a lo actoral, Jorge Rivera López se luce, ya que el texto se corresponde con una escuela actoral en la que este gran actor sabe moverse con mucha comodidad, al igual que Catalina Speroni, quien pese a tener un personaje demasiado pequeño para su jerarquía -en cuanto a presencia y desarrollo- logra hacer de esta mujer un ser fácilmente reconocible en cualquier barrio porteño. El modo como se acomoda la ropa, el uso del pañuelo y cierta forma de la mirada la ubican a mitad de camino de un duelo sentido y el que la sociedad exige a toda "buena mujer".
El resto de los lenguajes escénicos acompañan a un texto que los necesita para su desarrollo sin que lo entorpezcan, ya que, como corresponde a esta concepción del teatro, lo que aparentemente se busca es contar una historia como excusa para transmitir un modo de pensar, ver y sentir el mundo y la existencia.
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