
Santos Vega: la recuperación de una obra que aborda la soledad y la búsqueda de amor
Escrita en 1913, por Luis Bayón Herrera, la versión de Daniel Casablanca se presenta en el Teatro Nacional Cervantes
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Santos Vega. Autor: Luis Bayón Herrera. Versión: Daniel Casablanca, Guadalupe Bervih, Andrés Sahade. Dirección general: Daniel Casablanca. Intérpretes: Federico Llambí, Alejandro Viola, Gimena Riestra, Rosario Albornoz, Pedro Maurizi, Yacaré Manso, Florencia Mendizabal, Roberto Monzo, Mariana Ortiz Losada, Mariela Passeri, Alejandro Segovia. Vestuario: Analía Cristina Morales. Escenografía: Ariel Vaccaro, Paola Delgado. Iluminación: Sandro Pujía. Coreografía: Gustavo Carrizo. Música original: Diego Pérez. Sala: Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Funciones: Jueves a domingos, a las 20. Duración: 120 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
Poco se sabe sobre la existencia de este personaje mítico que la literatura, el teatro y el cine han rescatado en distintos períodos de nuestra historia cultural. Más extraño resulta que esta pieza, escrita por Luis Bayón Herrera en 1913, estrenada en ese mismo año en el Teatro Nuevo por la compañía de Pablo Podestá, no aparezca citada en la mayoría de las investigaciones que se han realizado sobre Santos Vega.
Al autor se lo reconoce mucho como uno de los más importantes referentes de la Edad de Oro del cine nacional, pero no se analiza este texto que apareció publicado en una destacada revista de la época, La escena, que se encargaba de editar las obras que por ese tiempo se estrenaban en Buenos Aires.

La leyenda cuenta que Santos Vega se movía por los pagos del Tuyú y que con sus payadas embelesaba a hombres y mujeres. Su aparición era como la de un fantasma que adquiere carnadura y, por unos pocos días, su presencia se tornaba una fiesta para los campesinos.
No era un gaucho perseguido, como tantos otros que dieron forma a numerosas historias de nuestro teatro. Bayón Herrera lo pinta como un ser muy apocado. Alguien que busca el amor. Su guitarra y su canto se convierten en su forma de expresar sus pesares pero, a veces, también se anima a emitir alguna reflexión sobre la vida cotidiana del pueblerío, amenazado por los malones o sojuzgado por jueces y policías corruptos.
“Mi patria es la inmensidad/de la pampa y mi ambición/conquistar un corazón/ que alivie mi soledad,/Mi ley es mi libertad,/mil aventuras mi vida/Y mi alma paloma herida/ de tanto sufrir y amar./Mi única cencia es cantar/qu’ es el sino de mi vida”, dice el personaje al presentarse.
Las narraciones orales de la época cuentan que murió debajo de un ombú después que otro payador, Juan sin Ropa, lo venció en un duelo del que no pudo salir airoso. Extrañamente, en la obra de Bayón, Santos Vega pierde su fuerza cuando logra conquistar el amor de Argentina, una muchacha que como él sufría a causa de su soledad.

El espectáculo, que acaba de estrenarse en el Teatro Nacional Cervantes, es muy fiel al texto original y la dirección de Daniel Casablanca aporta a los personajes secundarios algunas cualidades que los acercan al melodrama, el folletín y hasta la caricatura (entre las tantas versiones que se concibieron sobre este hombre también se lo divulgó en folletines e historietas).
La acción, en muchas oportunidades, se completa con canciones y coreografías, lo que posibilita ampliar la mirada sobre cierto clima campero. Tanto en una disciplina como en la otra se destacan las posibilidades expresivas de unos magníficos intérpretes que actúan, cantan y bailan y siempre con una creatividad que el público reconoce con aplausos.
Las coreografías combinan danzas tradicionales como la milonga, la chacarera, el malambo y el pericón nacional. El coreógrafo Gustavo Carrizo logra un muy estilizado cruce de lenguajes en su trabajo, en el que asoman valores del contemporáneo y aún de ritmos urbanos.
Desde lo musical también resultan muy destacables las labores de Diego Pérez (música original) y Fernando Sellés (director y arreglador musical). Algunos cuadros poseen una efectividad que lleva al asombro, como el que muestra a todo el conjunto tocando las guitarras.
En lo actoral el elenco expone mucha riqueza en sus composiciones. Federico Llambí (Santos Vega) no solo posee una presencia escénica muy fuerte, sino que expresa los matices de la conducta del personaje con una rigurosidad que provoca continuamente la atención del público. Con similares cualidades Rosario Albornoz (Argentina) juega con la ingenuidad y la pasión con la que está diseñada esa criatura.
Algo muy atractivo de esta versión es la aparición de Juan sin Ropa (Pedro Maurizi). Un contrapunto inesperado para los espectadores. Él se expresa cantando y bailando, utilizando un lenguaje totalmente contemporáneo que mezcla el rap y el hip hop. Más allá de que resulta impecable su labor, ese cruce entre la historia legendaria y la actualidad de la calle de estos tiempos, llegan a convertirse en una síntesis muy movilizadora.
Extrañamente y ante un final tan contundente, la dirección opta por no cerrar el espectáculo allí. Agrega un cuadro donde el equipo canta “Si se calla el cantor” de Horacio Guarany. Luego otro en el que vuelven a unirse el canto y la danza, como si en verdad resultara necesario quedarse anclado en la imagen de aquel Santos Vega, desdibujando la posibilidad de reflexionar sobre la evolución de un universo popular apasionante.


