
Televidentes, a las urnas
Parte de la sociedad se aleja de los políticos, pero se acerca al televoto que propone Mariano Grondona, que se ha convertido en un reflejo de las contradicciones argentinas
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Mariano Grondona difícilmente haya podido imaginar que con la instrumentación del llamado televoto en "Hora clave" iba a terminar sacando a la luz una de las grandes contradicciones de la sociedad argentina contemporánea. Pero así parece haber sido.
Beatriz Sarlo sostiene que ese método de consulta de opinión telefónica desnuda una paradoja: "Por un lado, está la queja de los políticos y los politólogos que dicen que la gente está cada vez más retraída de la esfera pública. Por el otro, cada jueves a la noche, decenas de miles de personas se vuelcan a la esfera pública a través del medio electrónico, discando como enloquecidas un número de teléfono". Las cifras le dan la razón: el jueves último 54.846 personas votaron sobre el tema de un eventual indulto para Seineldín y Enrique Gorriarán Merlo. En su momento, 77.808 televidentes respondieron si le creían o no a Susana Giménez en lo relativo al escándalo de Hard Communication.
"La TV ofrece una cuota de protagonismo que la vida no proporciona. En una época en que la vida margina, echa, expulsa, la televisión aparentemente te incluye. El televoto te dice: "Queremos que nos digas tu opinión". Y aunque la gente sabe que no va a figurar su nombre, se entusiasma con la ilusión de estar participando", opina Carlos Ulanovsky.
Pero, ¿de qué habla Ulanovsky cuando habla de ilusión? Se refiere a las fallas del televoto como medio de consulta de la opinión pública. Respecto de esas limitaciones, hay consenso: todos admiten las debilidades del novedoso sistema, si se lo compara con las clásicas encuestas de opinión domiciliaria. Rosendo Fraga, Marita Carballo y Graciela Romer, expertos en la práctica de sondear el pensamiento colectivo, puntualizan las diferencias entre una encuesta científicamente elaborada e instrumentada y el llamado televoto. Con este sistema de consulta, explican, sólo se conoce la opinión de quienes son espectadores de un ciclo televisivo, tienen teléfono, toman la decisión de llamar y consiguen comunicarse. El propio Mariano Grondona hace estas salvedades al aire. El que avisa no es traidor.
"En la televisión hay algo terrible: uno tiene acceso a mucha gente, pero esa gente casi no tiene acceso a uno, salvo la posibilidad de enviar cartas con sus opiniones o de pasar un mensaje telefónico. Pero es evidente que la cantidad de televidentes que puede participar en cada programa por estos métodos es ínfima, comparada con los que pueden hacerlo a través del televoto, que es una forma de participación válida, pero limitada", dice el conductor de "Hora clave", en diálogo con La Nación . Grondona cuenta que cuando las encuestas telefónicas que realizaba para él Javier Otaegui fracasaron al pronosticar que en la provincia de Buenos Aires ganaría el radicalismo, prescindió de cualquier instrumento semejante. Pero acepta que siempre tuvo el deseo de conseguir algún modo de participación masiva.
La oportunidad le llegó cuando la empresa Call Center, subsidiaria de Telefónica, le ofreció este servicio que al votante le cuesta sólo cinco centavos, el valor común y corriente de una llamada de tan breve duración y que actualmente permite recibir casi 400 llamadas simultáneas. De todos modos, hay gente que no tiene teléfono o que no está interesada en llamar. Por eso aclara que el televoto no es una encuesta".
Al juzgar el televoto, Beatriz Sarlo sostiene que "es una forma de participación insuficiente, en principio porque es maniquea", y cita como ejemplo la consulta realizada en la emisión del 2 del actual. El tema era la inseguridad por el aumento de la delincuencia. ¿Cuál es la tarea prioritaria para parar esta locura?, se le preguntaba al espectador. Las opciones eran tres: encarcelar a los delincuentes, depurar la policía, combatir la miseria. "Había que elegir una, salvo que uno se decidiera a votar por las tres, con lo cual era como votar por ninguna -razona Sarlo-. Quizá mucha gente hubiera querido votar al mismo tiempo la opción referida a la situación social y la que contemplaba a la policía, porque, de hecho, la solución real del problema incorpora a ambas. Pero el televoto sólo tiene una opción."
Algo de esto también desvela a Grondona. "Al principio, por cuestiones de tecnología, sólo podía ofrecer dos opciones. Cuando las respuestas posibles son a o b, blanco o negro, la pregunta termina empobrecida. En esos casos, lo que uno pregunta se vuelve demasiado elemental y por lo tanto la pregunta no puede ser sino elemental. Ahora ya estoy en condiciones de presentar cuatro posibilidades para elegir, como hice en el programa del jueves último sobre el indulto."
Fruto de su formación en sociología, Sylvina Walger considera que el televoto no tiene la seriedad de una encuesta de opinión y dice que sus resultados "no tienen más importancia que el del impacto del momento". Pero, televidente al fin, confiesa: "Cuando el tema me interesa, me expreso discando para dar mi opinión. La gente que participa siente algo así como que cumplió con un deber ciudadano".
Carlos Ulanovsky opina que "el televoto es el voto espectáculo" y que "responde a un momento en que todo puede hacerse sin tocar, sin tocarse, sin comprometerse. "La televisión despolitiza todo. El televoto es como decir: Finalmente, convertimos todo en objeto de entretenimiento . También el voto. El televoto es parte de la estrategia de banalización de la TV."
Rumbo a la TV interactiva
La pregunta medular es por qué la gente llama para emitir opinión mediante el televoto. "Vivimos en una cultura que tiene en la comunicación instantánea uno de sus mitos de base -responde Sarlo-. Como imagen de futuro circula la idea de la TV interactiva. Se trata de que el espectador, con un aparato semejante al control remoto, pueda intervenir de algún modo en los programas. El primer dato de la TV interactiva es el zapping. Pero, el mensaje del zapping no llega sino a través del rating. Una segunda etapa es la del surgimiento de los números telefónicos con diversos prefijos. Estos elementos tecnológicos permiten acercarse a la imagen mítica de la interactividad e instalarse en el horizonte de la simetría -que alguien me hable desde la pantalla y yo le responda desde mi casa-.
"Eso es muy difícil de alcanzar, pero muy atractivo, porque parecería ser un horizonte extremadamente democrático. Dentro de este mito de la simetría comunicativa es donde hay que colocar las votaciones que ha introducido Grondona en su programa." Puesto a vislumbrar el horizonte de la TV interactiva, el conductor de "Hora clave" percibe la luminosa perspectiva de un ida y vuelta más democrático entre los comunicadores y el televidente, pero no se deja encandilar por los brillos de esa ilusión electrónica. Grondona advierte que una cuestión ética proyecta sobre ella un cono de sombras. Imagina que la interactividad permita medir instantáneamente las reacciones del espectador sobre lo que le está ofreciendo la pantalla y se pregunta: "¿Qué hará el conductor cuando alguien esté hablando en su programa y compruebe que el impacto de esa persona en la audiencia resulta nulo? ¿Va a contener sus ganas de matarlo ahí mismo o al menos de hacerlo callar?"
Su trayectoria televisiva lo lleva a sostener que en el futuro interactivo, "la dependencia del conductor respecto del público va a ser muy fuerte, porque verificar un rechazo masivo mientras el programa esté saliendo al aire va ser como recibir un abucheo en un teatro en medio de la representación", conjetura Grondona.
¿Caerá más de uno en la tentación demagógica de darle a la gente instantáneamente lo que ella dice que quiere recibir, sea lo que fuere? ¿Habrá que temer que los avances tecnológicos pensados para ampliar la participación terminen convertidos en el pan y circo catódico? Grondona admite que los hacedores de la tele tendrán que afrontar el desafío de pasar la tecnología por el tamiz de la moral y que cada quien actuará conforme a sus grandezas y miserias.
Dilemas éticos
Los problemas éticos son tan antiguos como el mundo. No es necesario proyectarse hacia el futuro imperfecto de la interactividad para tener que lidiar con ellos. Grondona sostiene que en el televoto, "dado que no hay una junta electoral supervisando, si quien lo instrumenta no tiene ningún prurito ético, la posibilidad de cometer fraude existe".
Pero el periodista hila todavía más fino. "Otra deshonestidad posible sería que cuando recibo menos cantidad de llamadas que los habituales, me limitara a dar los porcentajes sin informar la cantidad de votos para no demostrar que la convocatoria esa vez ha tenido menos respuesta en el público."
En tren de discernir conductas justas e injustas, Grondona se planteó si era conveniente dar o no resultados parciales del televoto antes de la finalización del programa. "Me aconsejaron que cuando el resultado está peleado conviene darlos, porque es algo así como una carrera cabeza a cabeza -cuenta-. Si los resultados son muy dispares no conviene, porque es como ir aplastando al que está perdiendo." Obediente a la sugerencia, lo instrumentó cuando preguntó si era o no conveniente despenalizar el consumo de drogas blandas. "Pero no me convenció mucho -admite-, porque de un modo u otro esos anuncios influyen en la gente. Hay una mesa que debate el tema y es terrible decirles en la mitad a los que sostienen determinada postura que los resultados los están destrozando. Eso es un modo de inclinar la cancha", evalúa.
Hubo una preocupación que fue común a todos los entrevistados por La Nación : el miedo a que un partido político o un grupo de opinión organice una campaña de llamadas masivas para ladear los resultados hacia la opción que le resulte más conveniente.
Con objeto de que sean más las llamadas que puedan entrar en la compulsa, "Hora clave" anuncia en los matutinos del jueves la pregunta y las opciones. El tiempo juega en favor de los manipuladores, razona la mayoría.
"El sistema de las llamadas con las tarjetitas en las que se toma el mensaje y se lo lee también ofrece la posibilidad de que alguien ponga a 30 personas a discar. Eso es mucho más fácil de manipular", aclara Grondona.
Así y todo, el conductor de "Hora clave" admite: "Una vez localizamos una campaña que llegó a meter cerca de 1000 llamadas. En 80.000 votos, el peso es muy relativo. Lo grave sería darnos cuenta de que un operativo metió el diez o el veinte por ciento de las llamadas".
El sistema informático con el que trabaja "Hora clave"permite reconocer esos operativos porque puede identificar el horario en el que se ha realiza cada llamada y el número telefónico desde la que provino. "De todos modos, esto no es inmediato -advierte Grondona-. Lo sabemos tres o cuatro días más tarde. A las once de la noche estoy jugado."
¿Qué pasaría si el ciclo atravesara la situación de ser objeto de una campaña que, como dice el conductor, lograra manipular el diez o el veinte por ciento de los votos? La disyuntiva moral pasaría de nuevo al primer plano: guardar silencio sobre la estafa padecida por el ciclo o informarlo a la opinión pública.
Rating en la polis griega
"La información más espectacular que da el televoto es el rating del programa en el que se realiza -opina Sarlo-. Si yo fuera productora de un ciclo de TV y pagara por el televoto, no diría que estoy pagando para saber si la gente le cree o no a Susana Giménez o si piensa que Menem tiene que ser o no reelegido. Diría que estoy pagando para saber, en el mismo momento en que un programa sale al aire, cuánta gente lo está mirando."
¿Por qué un canal invierte dinero en el televoto para conocer la masa de espectadores de un ciclo si la planilla del rating le proporcionará el mismo dato al día siguiente? "Porque este sistema permite aumentar la fidelidad del público hacia el programa -responde Sarlo-. El espectador razona del siguiente modo: ¿Cómo voy a dejar de mirar este programa si en este mismo momento hay setenta u ochenta mil personas manifestando sus opiniones? ¿Cómo voy a retirarme de esta ágora electrónica donde, como en la polis griega, hay gente mirando y votando?
"El televoto -continúa Sarlo- mide la popularidad del programa y, además, captura a quienes lo están mirando porque refirma el efecto de su propia popularidad". A la luz de ese análisis, cabe imaginar al televoto como un recurso antizapping. "No puedo concebir a nadie que vote, que luego haga zapping y se entere del resultado al día siguiente por el diario", sentencia.
Aquellos hogares en los que alguien ha emitido su telesufragio son una suerte de audiencia cautiva. "Si votaste o vas a votar en algún momento -señala Sarlo-, ejercés un acto que crea un principio de identificación. En primer lugar, identificación con el programa y con su esfera simbólica. En segundo lugar, con la opinión que vos manifestaste. Al votar, construís la opinión y querés saber cuál es el destino democrático y mayoritario de ese sufragio. Votar es tomar una identidad y hacerla pública, aunque sea de un modo anónimo. Cuando uno toma una identidad quiere ver cómo esa identidad queda reflejada respecto de otras identidades."
Para la TV bulímica de rating, que varias decenas de miles de hogares votantes se conviertan en una especie de rehenes de un ciclo no es despreciable, pero tampoco la panacea cuantitativa. ¿Será el televoto una herramienta eficaz para paralizar el control remoto de la gran mayoría de los espectadores que no sufraga? Sarlo se inclina por la afirmativa. Al final de esa teleconsulta, se arrojan resultados y "todo lo que ofrezca resultados es tentador", sostiene.
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