Un largo viaje al mundo de Manoel de Oliveira
Finalmente, se verá aquí la obra de un realizador impar
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Nunca es tarde para conocer la obra de un cineasta original, y pocos debe de haber en el mundo tan singulares y de obra tan dilatada y prestigiosa como el portugués Manoel de Oliveira.
Sesenta y ocho años después de haber hecho su debut como realizador con un título que los historiadores nunca dejan de mencionar -"Douro faina fluvial"- y por lo menos veinticinco después de que sus trabajos empezaran a circular internacionalmente tras la caída del régimen salazarista y la consecuente apertura de las fronteras portuguesas, por fin una película del venerado realizador tendrá entre nosotros su estreno comercial. Se trata de "Viaje al principio del mundo" ("Viagem ao princípio do mundo"), la obra que el jurado de la crítica internacional distinguió en Cannes en 1997 y que significó la última aparición en el cine de Marcello Mastroianni.
El inolvidable actor italiano es una suerte de otro yo del director en este viaje melancólico por el pasado. Encarna a un veterano cineasta que visita paisajes de su infancia y su adolescencia mientras acompaña al protagonista de su película, nacido en Francia pero descendiente de portugueses, que ha querido aprovechar su estada en tierra lusitana para conocer a una vieja tía, hacer suyas las imágenes recogidas a través de la palabra del padre y acaso atrapar algún rasgo, alguna huella de él en la escarpada aldea montañesa que el hombre abandonó un día en busca de mejores horizontes.
El infatigable don Manoel
Oliveira no es solamente el más veterano de los cineastas en actividad -cumplió los 90 en diciembre último, lo que dio origen a una serie de celebraciones, homenajes y retrospectivas, especialmente en su ciudad natal, Oporto-, sino también uno de los más laboriosos.
Tras el film que ahora conoceremos presentado en la Argentina por Cinemanía Film Group, rodó otras dos películas: "Inquietude", nueva reflexión sobre el mundo, el arte y el paso del tiempo que se exhibió en el último Festival de Mar del Plata, y "La princesa de Cleves", en la que propone otra lectura, seguramente muy personal, del clásico de Madame de La Fayette.
Nacido el 12 de diciembre de 1908 y perteneciente a una familia de desahogada posición económica -su padre era un industrial siempre atento a las innovaciones traídas por el progreso-, fue educado por los jesuitas en un colegio de Galicia. Enamorado del cine desde muy joven -siempre fue un espectador asiduo-, buscó aproximarse a él, no con el propósito de llegar a dirigir -en ese entonces se sentía incapaz de concebir y desarrollar una historia, dice-, sino como actor, tarea para la cual contaba con la ventaja de su prestancia física y su condición atlética: había sido campeón de salto en alto, trapecista y corredor de autos, disciplina en la que obtuvo más de un triunfo resonante.
"Cuando entré en una escuela de actores, sólo buscaba acercarme a ese mundo que me fascinaba por su misterio; no era plenamente consciente de lo que quería, que era realizar mis propias películas", contaba no hace mucho. Eran, todavía, los tiempos del cine mudo. Oliveira hizo su primera aparición en pantalla en una película de Rino Lupo, un italiano que contribuyó al desarrollo del cine portugués en los años veinte. Siguió actuando aun después de haber hecho sus primeros ensayos como director, llegó a ser el protagonista del primer film sonoro rodado en su país ("A cancao de Lisboa") y apareció alguna vez, fugazmente, en películas propias; también lo hace en "Viaje al principio del mundo", aunque apenas si se deja ver al volante del vehículo que transporta a los viajeros.
En 1931, hizo su primer corto. "Douro, faina fluvial" mostraba la influencia que ejercían en él Robert Flaherty y los documentalistas soviéticos; era la precisa descripción de una jornada de trabajo a la orilla del río Duero. El film fue muy mal recibido y tampoco logró mejorar las cosas la versión sonorizada que presentó en 1934. Sin embargo, esta obra ya revelaba su particular sensibilidad y su espíritu afín a las vanguardias europeas.
El documental, cabe añadir, constituye una de las dos vertientes que exhibe la obra fílmica de Manoel de Oliveira; la otra es la ficción, con una marcada predilección por la teatralidad y una casi constante reflexión acerca de la naturaleza del arte y el espectáculo.
Tras el fracaso del primer film, que había sido producido por su padre, Oliveira debió trabajar en las empresas familiares. Fue un alejamiento del cine sólo interrumpido por otros dos ejercicios documentales: "Já se fabricam automóveis en Portugal" y "Miramar, praia de rosas", ambos de 1939.
En 1942 volvió a dirigir. "Aniki-Bobó", interpretada por una pandilla de chicos de las calles de Oporto, era "un film directo, simple, vivo, que supuso, más allá de cierto sentimentalismo, un logro excepcional, sobre todo si se tiene en cuenta que fue anterior al neorrealismo italiano", según anotó Georges Sadoul.
El cine y el tiempo
Vino después otra larga interrupción. Catorce años en los que Oliveira tropezó con la dificultad de hallar productor para sus proyectos. Volvió con "El pintor y la ciudad" (1956), donde eligió un rumbo distinto para su lenguaje, al dejar de poner el acento en el montaje y empezar a utilizar los planos largos por los cuales ha recibido algún reproche de la crítica.
"Descubrí entonces -explicaba hace algunos años- que el tiempo es un elemento importante en el cine. Un plano depende del encuadre, de la luz, del punto de vista, pero también del movimiento o la quietud de la cámara y de su duración. Si el plano dura algunos segundos no tiene la misma penetración ni el mismo impacto que si durara el doble, el triple o aún más". Y refiriéndose a la reacción psicológica del público, añadía esta lúcida observación: "La duración de una imagen puede sorprender al espectador en un momento dado, pero cuando se da cuenta de que hay una intención en esa demora, empieza a ver en la pantalla lo que antes no había visto".
En la obra de Oliveira -poco más de una treintena de films- vale destacar algunos títulos, además de este "Viaje al principio del mundo" que la crítica celebró como un testamento sereno e intensamente emotivo: "Acto de primavera" (1963), representación de la Pasión de Cristo según una pieza de Francisco Vaz de Guimaraes; la buñuelesca "La caza" (1964), que tuvo duros tropiezos con el régimen de Salazar; "Benilde, ou a Virgem Mae" (1975), acerca de la educación de una joven en el aislamiento; "Francisca" (1981), brillante conclusión de la llamada tetralogía del amor frustrado iniciada con "O passado e o presente" en 1972 y continuada con "Benilde..." y "Amor de perdicao" (1978); la sátira operística "Os canibais" (1988); "A divina comédia" (1991), curioso debate sobre la cultura occidental ambientado en un manicomio donde los internados se creen figuras bíblicas o personajes literarios, y "Vale Abrao" (1993), variaciones sobre Madame Bovary que algunos conocedores de su filmografía consideran su obra maestra.
Personal
Su elaborado antinaturalismo -con su detenida atención a las palabras, puestas teatrales, largos planos estáticos- fue consolidando una obra que observa irónicamente los tabúes de la sociedad portuguesa, se interroga sobre la índole del arte, explora las posibilidades expresivas de la imagen y raramente abandona un espíritu casi experimental.
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