
Trump y su corte de aduladores: la foto que expone el aislamiento y las tensiones en la Casa Blanca
Una imagen del presidente estadounidense junto a dos colaboradoras retrató su necesidad de devoción incondicional en momentos en que su círculo íntimo se resquebraja; entre internas y acusaciones de corrupción, crece la presión sobre un mandatario cada vez más encerrado en su propia burbuja
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NUEVA YORK.– A veces, una inocente fotografía logra capturar tan reveladoramente un momento de una presidencia y la esencia de un presidente que nos pinta el cuadro completo de una era.
Es lo que ocurrió cuando Lyndon Johnson levantó de las orejas a su perro beagle ante los fotógrafos y dejó así demostrado su dominante estilo de liderazgo.
Lo mismo pasó cuando un fotógrafo capturó a George W. Bush cuando le informaban que un segundo avión había impactado en el World Trade Center mientras les leía a unos niños en una escuela de Florida. Su rostro en shock parecía desmentir toda una vida de surfearla como un campeón y revelaba que un fortuito encuentro con el destino tal vez lo superaba.
Volvió a pasar en 2009, cuando todos los presidentes norteamericanos vivos e reunieron en el Salón Oval y Jimmy Carter se mantuvo a una distancia tan ostensible de los presidente Obama, Clinton y Bush padre e hijo que su sentido de superioridad quedó a las claras.
También ocurrió cuando a Obama lo fotografiaron agachándose en el Salón Oval para que un niño negro pudiera tocarle el cabello y así corroborar que tenía la misma textura que el suyo, capturando la naturaleza histórica de su elección como presidente.
Y el martes pasado ocurrió otra vez, cuando Doug Mills, el asombroso reportero gráfico de The New York Times en la Casa Blanca, le sacó una foto al presidente Donald Trump en el helicóptero Marine One, con sus rubias acólitas-asistentes Katie Zacharia, su entonces flamante y confundida secretaria de prensa, y Natalie Harp, su asistente de adulación especial.
Mills tomó la foto desde muy lejos y con zoom, pero la intimidad entre los protagonistas es palpable.
Trump está inclinado hacia adelante para hablarles a las dos Ivankas truchas, que parecen clones de una sororidad universitaria y que no pueden despegar los ojos de ese hombre al que veneran, dos fervientes sonrisas glaseadas con labial rosado.
Es una instantánea del hambre de adulación de Trump, que nos ha arrastrado a este tenso momento en Estados Unidos.
Trump tiene una angurria desesperada de atención y de ver esa ciega devoción frente a él como un espejo, mientras se apaga la devoción por él entre los hastiados norteamericanos.

Trump estaba de viaje en una especie de odisea de autoafirmación por los estados republicanos, un periplo diseñado no solo para impulsar a su poco apetecible lista de candidatos, sino también para que pudiera bañarse en los aplausos de los últimos fanatizados de una base electoral que no deja de achicarse.
En la fotografía de Mills, hay unos marines en posición de firmes junto a las puertas curvas y abiertas del helicóptero, y la sensación que tenemos es de estar mirando el interior de una burbuja, precisamente en momentos en que la burbuja de la Casa Blanca de Trump se achica, se cierra más sobre sí misma y se vuelve más conflictiva que nunca. Ahí aparece él, en ese círculo íntimo y acogedor, con el único tipo de colaboradores que le resultan realmente indispensables: mandaderos obedientes que contribuyen a construir y perpetuar su absurda realidad alternativa y su visión paranoica del mundo.
Están la inepta propagandista Zacharia, y Natalie “impresora humana” Harp, que sigue al presidente, a veces incluso corriendo tras él, con una impresora portátil en la mano, entregándole copias impresas de las coberturas mediáticas favorables y regalándole así una validación para sus delirios y mentiras.
Zacharia compartió la foto de Mills con el comentario: “¡¡¡El mejor presidente en la historia de Estados Unidos!!!”, aunque en realidad habría encajado mejor aquella célebre frase de Henry Kissinger: “El poder es el afrodisíaco definitivo”.
Algunos ingeniosos usuarios de X propusieron sus propios pies de foto, en los que Harp incuba pensamientos homicidas hacia Zacharia.

Pero en realidad, ambas mujeres —despreciadas por sus propios colegas, deseosos de destrozarlas aprovechando el anonimato— siempre estuvieron aisladas en un rincón del tablero, aferrándose la una a la otra y a su “profeta naranja”, que les pedía que resistieran.
Sin embargo, la situación no duró mucho: para el viernes, Trump ya estaba aceitando la salida de Zacharia. “Sinceramente, yo que vos, me lo replantearía”, le dijo Trump, según relató él mismo más tarde a los periodistas. Poco después, le dieron el raje.
Ambas intentaban defenderse de sus detractores internos. El jueves, Harp le mostró a Trump un artículo de Politico Playbook que informaba que el presidente estaba buscando nuevo jefe de gabinete. El texto también mencionaba a los asesores que habían hecho plata desde su cargo. A ojos de Trump, el derecho a enriquecerse es un privilegio exclusivamente suyo y de su familia.
“A Trump lo crispan los recientes informes que revelan que varios asesores de larga data se están beneficiando con negocios de consultoría en el extranjero”, señala Playbook y agrega que Katie, la hija de Susie Wiles, trabaja para una firma que representa a la Republika Srpska, un territorio serbo-bosnio prorruso.
El titular de The Daily Beast sobre el caso de Wiles proclamaba: “Natalie Harp ataca a la ‘dama de hielo’ y provoca un ‘ataque de nervios’ en Trump”.
Resulta revelador, y quizás profético, que en la fotografía de Mills aparezca Susie Wiles, aunque prácticamente fuera de cuadro: solo se alcanzan a ver sus piernas, con pantalones rojos, y el bolso Louis Vuitton que sostiene sobre el regazo.
Aunque no vemos la expresión en la cara de Wiles, sabemos que no siente ninguna simpatía por las dos jóvenes que en la imagen aparecen derrochando entusiasmo.

Alarmada por la obsesión de Harp con Trump y por las cartas emocionalmente descarnadas que ella le envió en 2023, Wiles intentó sin éxito restringirle el acceso al presidente. Según diversos informes, a Wiles la tomó por sorpresa la decisión de Trump de designar a Zacharia en un puesto crucial donde estaba condenada al fracaso, con muchas probabilidades de terminar siendo objeto de una parodia en el sketch de arranque de Saturday Night Live.
Tras el desastroso debut de Zacharia en una rueda de prensa, hasta Trump pareció desconcertado durante su encuentro con los periodistas, cuando Shawn McCreesh, de The New York Times, le preguntó a Zacharia —justo antes de que el presidente y sus asesores partieran hacia Alaska— en qué jurisdicción había aprobado el examen para registrarse como abogada.
“Cuando me mudé a China…”, respondió ella, haciendo que Trump, quien al anunciar su nombramiento la había presentado como abogada, girara la cabeza bruscamente hacia otro lado. Pronto salió a la luz que en realidad no estaba registrada como abogada en ninguna parte.
Sin embargo, ocho horas más tarde, al llegar a Alaska y en un intento de contener los daños, seguía mostrándose radiante ante su jefe.
(En una entrevista, Zacharia llegó a decirle a un conspiranóico de extrema derecha del “Pizzagate” que le gustaría que en Saturday Night Live la interpretara “alguien tipo Scarlett Johansson”).
Zacharia intentó defenderse en el programa Hannity, dando por sentado que se encontraría en terreno amigo.
Pero no. Sean Hannity le preguntó por qué había hecho 15 publicaciones en las redes sociales presentándose como abogada. Ella protestó de manera poco convincente diciendo que eran “retuits de un título que le habían asignado”. (Quién no comete un error).
Hannity insistió: “¿Por qué no dijiste simplemente ‘nunca ejercí la abogacía’?”, y también le preguntó sobre su primera conferencia de prensa: “¿Por qué solo tres preguntas en 14 minutos?”.
Zacharia estaba desencajada, como si la hubieran emboscado sus propios adversarios dentro de la Casa Blanca.
A medida que el control del país parece escurrírsele entre sus dedos regordetes, Trump necesita el amor incondicional de una “Rubia Guardia Pretoriana”.
Los demócratas no solo parecen ir camino al éxito en las elecciones de mitad de mandato —impulsados por una oleada de norteamericanos que ven a Trump como un estafador que se enriquece mientras a todos los demás no les alcanza la plata—, sino que el círculo íntimo del presidente se está desmoronando y sus colaboradores se vuelven unos contra otros, hundidos en un caldo de corrupción y políticas delirantes.
La semana pasada dejó una catarata de historias vergonzosas: a Kimberly Guilfoyle le cerraron la posibilidad de ser embajadora en Grecia después de que un donante revelara que justo antes de su audiencia de confirmación en el Senado ella intentó presionarlo para que pagara una factura de 100.000 dólares de su tarjeta American Express; Ric Grenell —un incondicional a Trump que estuvo al frente del malogrado Kennedy Center— fue acusado por Alina Habba Mildon (otra leal a Trump) y su nuevo esposo multimillonario de haber desviado una donación de 5,6 millones de dólares destinada a dicha institución; y nuestro aliado Volodimir Zelensky confesó sentirse traicionado por el sórdido acuerdo de Trump con Putin sobre el suministro de diésel, así como por la restricción en el acceso a Starshield —el sistema de Elon Musk— en medio del bombardeo de los rusos. Trump incluso tuvo que cancelar el plan absurdo de su jefe del Pentágono —un tipo con mentalidad de estudiante de fraternidad— de transmitir en vivo una ejecución.
En vez de gobernar el país y ocuparse del mundo que él mismo prendió fuego, el presidente está concentrado en resolver entuertos mezquinos y en gestionar una red de corrupción dentro de su incompetente —y peligrosa— corte.
Doug Mills ha demostrado, una vez más, que una imagen vale más que mil palabras. O, en mi caso, que 1571.
Traducción de Jaime Arrambide
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