András Schiff rompe el silencio
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La presunción de que la música se basta a sí misma parece, a primera vista, propia de quien no hace música. Éste último quiere saberlo todo, aunque necesita inversamente la superstición de que no hay nada que saber porque no hay más que un aire sonoro. Es cierto que los propios compositores colocaron también su mercadería, como la anécdota de aquél que, al preguntarte por el sentido una pieza, se limitó a tocarla de nuevo. Los hechos prueban, en cambio, que hay mucho que decir, literalmente. Los hechos son aquí la cantidad de escritos que dejaron compositores y ejecutantes. Entre ellos, los autobiográficos son mayoría (las memorias de Berlioz, de Arthur Rubinstein, de Wilhelm Kempff y tanto más). Existe, por otro lado, una especie singular, más propia del pianista, entre la evocación y el análisis Tenemos ahí a Edwin Fischer, a Alfred Brendel y, ahora, a András Schiff, probablemente el mayor pianista vivo en actividad. Musik kommt aus der Stille (hay versión en inglés: Music Comes Out Of Silence, y también en francés) se presenta como una “memoria” de Schiff, pero no hay que dejarse engañar, a menos que concluyamos que su única memoria es musical.
La primera parte del libro es una conversación con el periodista suizo Martin Meyer; la segunda, una reunión de ensayos y escritos más o menos ocasionales (sobre György Kurtág, el Cuarteto para cuerdas opus 132 de Beethoven, la evocación de Annie Fischer). Sin embargo, ya sea que hable de sus hábitos estrictísimos o del color en la música para teclado de Bach, se llega al linde en que no se sabe si hace falta hablar o no, y de qué se está hablando cuando se lo hace.
Dice Schiff: “La música tiene que ver esencialmente con el espíritu y con lo espiritual”. La frase no está debilitada por ninguna vaguedad, y el propio pianista lo explica con un ejemplo que no le habría disgustado a Hegel: “¿Cuál es la diferencia entre la catedral de Florencia y el nido de una golondrina? La intención deliberada de crear una obra del espíritu. Ahí reside también la diferencia entre el canto de un ruiseñor y El arte de la fuga, de Bach”.
Schiff no ignora que todo eso resulta ahora anticuado; tampoco que los músicos de su época (Sviatoslav Richter, Claudio Arrau) eran muy superiores a los actuales. ¿Por qué lo eran? Porque sabían lo que ahora ya no se sabe ¿Y qué es lo que habría que saber? Por ejemplo, que una sonata de Schubert es más frágil que una de Beethoven, que la forma schubertiana es más laxa, que corre por lo tanto el peligro de desintegrarse si no se sabe por dónde contenerla, y que es el ritmo lo que la vertebra. Podría sospecharse que cualquier pianista se daría cuenta de esto, pero no es lo que ocurre y basta con escuchar el Schubert que toca Lang Lang para comprobarlo. No tuvimos la fortuna de Schiff, pero nuestra ganancia es ser contemporáneos suyos.
Otras cosas son de comprobación menos evidente. El coraje de un músico pasa inadvertido a quien no es músico o no sabe nada de música, porque además del coraje civil (la decisión de Schiff de no actuar en Austria tras el éxito electoral de Jörg Haider, por ejemplo), existe otro coraje que ni siquiera se escucha y que con suerte se ve (rara cosa que un coraje musical esté subordinado a ser visto). Schiff lo explica con su admirado Rudolf Serkin, que nunca buscaba soluciones fáciles. En el inicio de la sonata Hammerklavier, y también en el de la sonata opus 111, Beethoven pide un atrevido salto con la mano izquierda, que bien podría resolverse más seguramente con las dos manos (la derecha está ociosa). No era así para Serkin que optaba por el peligro del error. Dice Schiff: “Así es la auténtica moral de acto musical”. Lo mismo pensaba Arrau sobre esos dos pasajes, y extraía además la conclusión de que, por lo menos para Beethoven y acaso siempre, la dificultad era parte de la expresión.
Si fuera cierto que lo único explicable de la música es su condición inexplicable, se escribiría entonces para explicar que no puede escribirse, para explicar que no puede explicarse, para mostrar que es inexplicable. Esas palabras amurallan lo inexplicable, lo protegen, lo elucidan.



