
Bloqueo del lector: el pánico a la página escrita
Ríos de tinta han corrido y correrán sobre el bloqueo del escritor, ese terror a la página en blanco que paraliza tanto en el momento de tener que comenzar una nueva obra, durante el proceso mismo de escritura o cuando llega el momento de ponerle un punto final. Abunda la bibliografía sobre cómo combatir este mal, con múltiples consejos que van desde no forzarse hasta sí hacerlo y recién despegarse de la silla una vez que finalmente se hayan vencido todas las barreras. Las causas que se esgrimen también son múltiples: desde el miedo al éxito hasta el miedo al fracaso, hay miles de variopintas razones que pueden proporcionar una explicación a semejante estancamiento. La ficción también se ha hecho eco de este pánico que tal vez donde más cabal y crudamente se lo grafica es en la novela Misery, de Stephen King. Paul Sheldon, el escritor que la protagoniza, sufre dos tipos de bloqueo: cuando es obligado a revivir a un personaje al que no quería dedicarle ni una línea más porque pretende dedicarse a una “literatura más seria” y cuando, hacia el final, la experiencia traumática que ha atravesado solo le permite sumergirse en el alcohol y los calmantes.
Tanto cunde esta imposibilidad que se ha acuñado el término “pagblanfobia” para hacer alusión a tan acuciante síndrome. Sin embargo, lo que poco o nada se aborda es el bloqueo que sufren muchos lectores cuando no pueden enfrentarse a la página escrita. Para estos casos, podríamos acuñar la palabra “pagescrifobia”: abunda aunque casi no se la mencione y es padecida por una mayoría silenciosa que no se atreve siquiera a asumirla o a enunciarla. Los casos más extremos son los de quienes han elegido los textos como eje de su profesión al recibirse de licenciados en Letras y luego descubren que la lectura solo era posible si existía la obligación de dar exámenes para terminar la carrera. Una vez concluida, caen en la cuenta de que, sin la presión académica, leer no les surge naturalmente. Es más, si bien son pocos los que lo reconocen de viva voz, no les gusta. Muchos de estos desertores de las letras lo viven con una culpa corrosiva, porque no solo quiere decir que se han equivocado de carrera, sino que además deben admitir que no es de su agrado una actividad que goza de excelente reputación.
También existen lectores voraces desde su tierna infancia que poco a poco han dejado de frecuentar la página escrita. Aunque son conscientes de su imposibilidad, se convencen de que su desvinculación es pasajera, por más que haga ya largo tiempo que no leen una sola línea. Para reafirmar el carácter efímero de su deserción, siguen comprando ejemplares que acumulan en sus bibliotecas con la firme promesa de que retomarán ese entrañable hábito que tan felices los hizo en tiempos pretéritos, pero que ahora se ha convertido en una mera ilusión de que volverán a ser esos lectores ávidos de antaño.
A diferencia de los frustrados y los negacionistas, muchos lectores que han dejado de serlo no tienen inconveniente en expresar desembozadamente las causas que le atribuyen a su conducta abandónica. La falta de tiempo suele ser una de las más habituales. Fagocitados por las exigencias cotidianas, ya no disponen de espacio mental para dedicar horas de su vida a la lectura. El cansancio y la ausencia de relajación les impiden emprender lo que empieza a convertirse en una tarea más que en un placer. La concentración, esencial requerimiento de la lectura, les es absolutamente esquiva y el solo pensar en enfrentarse a un libro, por más breve que sea, se les presenta como un cometido titánico. No tienen ningún prurito a la hora de confesar que un capítulo de una serie, los reels de Instagram o los videos de TikTok son ahora esa fuente de escape y esparcimiento que solían representar los libros, a los que saben que probablemente nunca volverán.
Más allá de cuál sea la causa del bloqueo, viene bien recordar el primero de los diez derechos del lector que Daniel Pennac enuncia en su libro Como una novela: “el derecho a no leer”. Con vehemencia, Pennac llama a los lectores empedernidos a abstenerse de juzgar o de intentar torcerles el brazo a aquellos que han claudicado ante la lectura. Con todo derecho.







