Cuando los actores y actrices toman la pluma
Un reciente libro de Pierre Arditi es la excusa para volver a esa tradición tan francesa que vincula las tablas con los libros
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Hay lectores que añoran las mesas de Galatea, la librería que en los años sesenta ofrecía libros franceses -y no solo- en su local de la calle Viamonte, casi pegado al rectorado de la UBA. Sus dueños, Gattegno y Goldsmith, habían pegado en una de las paredes un enorme afiche que exhibía el bello rostro de un hombre joven dando voraces dentelladas a un libro, como si se tratara de un Pantagruel bibliófilo. Era Gérard Philippe, uno de los actores franceses más talentosos de la primera mitad del siglo XX. El artista, que acertaba a conjugar la intelectualidad y lo cultural con el fervor de la emoción, fue evocado en Europa hace poco, cuando se cumplieron setenta años del estreno de Las grandes maniobras (Les grandes manoeuvres, 1955), un film de René Clair, uno de los maestros del cine francés clásico.
Ya en esta introducción se desliza, impertinente, una de las cuestiones que se imponen en invocaciones de este orden, a saber, la nostalgia, quizá porque se alude a personalidades y valores que gravitaron en el arte y la intelectualidad de un tiempo y que ya no existen. Ocurre que recientemente otro prestigioso actor francés amante de los libros, Pierre Arditi, acaba de publicar un volumen de anécdotas y reflexiones, Le souvenir de presque tout (“El recuerdo de casi todo”, Ed. Le cherche Midi), en el que, con sencillez, se declara refractario, precisamente, a la nostalgia.
Volvamos al siglo pasado. Las grandes maniobras deparó una de las más sutiles interpretaciones de Gérard Philippe en el rol de un teniente de dragons, Armand de la Verne, quien hacia 1910, en una ciudad de provincia, ejercita sus hábitos de donjuán con una dama de notable belleza, personificada por la inolvidable Michèle Morgan. Philippe habría de morir poco después, en 1959, días antes de cumplir 37 años, por un cáncer de hígado. El cimbronazo de la noticia fue unánime porque –amén de su talento, de su porte joven y de la profundidad de su mirada- su accionar iba más allá del cine: fue un gestor cultural junto a Jean Vilar en la conducción del legendario TNP (Théâtre National Populaire) y un sagaz lector que impulsó a novelistas y poetas; así, la calidez de su voz atrapa en una grabación de poemas de Paul Éluard que favoreció la difusión del celebrado poema “Liberté”.
Su muerte, insospechada y temprana, no le dio tiempo para acumular memorias y volcarlas en un volumen; sí lo hizo, indirectamente, su mujer, la discreta y sensible Anne Philippe, en las confidencias novelizadas en Le temps d’un soupir (El tiempo de un suspiro, Julliard, 1963), una conmovedora autoficción con la que se inició como escritora. El título resume la brevedad de una existencia compartida con un ser excepcional, cuya afición a los libros inmortalizó el aludido afiche.
En otro libro dedicado al artista, más reciente, Le dernier hiver du Cid (“El último invierno del Cid”, Gallimard, 2022) Jérôme Garcin, esposo de la actriz Anne-Marie Philippe (hija del artista evocado), narra los últimos meses del actor, quien fue sepultado con la indumentaria con la que estaba interpretando El Cid de Corneille, su composición dramática más celebrada por la crítica.
Otros actores, no tan proclives a la difusión de libros, se decidieron a consignar sus vivencias en diarios íntimos que a veces se convertían en piezas literarias, ya desde las memorias de la legendaria diva Sarah Bernhardt (1844-1923) hasta las sensibles confidencias de Liv Ullman en Senderos (Changing, 1976).
A esta revisión invita la actual irrupción, en el ámbito editorial, de Pierre Arditi, otro actor de prestigio, quien ya había publicado otros títulos. Ya volveremos a la consideración de su antecesor Philippe y a los secretos pliegues literarios de Las grandes maniobras; ahora se impone atender a la singularidad de Recuerdo de casi todo. Con su nuevo título (algunos de los anteriores son Né pour jouer y Le goût de ma vie), a los 81 años Arditi se afirma en esa tradición que vincula a los actores con los libros o, dicho de otra manera, que da lugar a que actrices y actores se expresen con códigos literarios.
La notoriedad de Arditi como intérprete le debe mucho a Alain Resnais, un realizador que se atrevió a resolver con técnicas visuales innovadoras los estados de conciencia que proponían narradores como Marguerite Duras y Alain Robbe-Grillet; Arditi ganó el César (el Oscar francés) por su actuación en un film de Resnais, Mélo (1988), pero en su libro no demuestra nostalgia por esa gloria profesional que no volvió a repetirse en su carrera. No solo no se deja ganar por la melancolía sino que considera a la nostalgia como “una especie de vicio, una práctica negativa que paraliza”. Por el contrario, en frases severas y ásperas evoca sus tiempos de adicción al juego, una dependencia a la que describe como “una bala en la cabeza” y una fuente de mentiras.
Su actitud “antinostalgia” es bastante afín al escepticismo del poeta Émile Cioran, quien sostenía que “el fondo metafísico de la nostalgia es comparable a algo anterior a la Caída (…); siempre se aferra a algo, aunque sea al pasado”. Es decir, a algo que ya no existe. En un ensayo relativamente reciente, Las horas han perdido su reloj (Alpha Decay, 2023), el académico estadounidense Grafton Tanner alude a la posibilidad de capitalizar positivamente la referenciación y la persistencia del pasado: “¿Habría que extirpar la nostalgia –plantea-, o es posible utilizar ese sentimiento tan poderoso para poder avanzar hacia un futuro mejor?”
Esa posibilidad, parece, le cabe a Richard Linklater, quien en el reciente film Nouvelle vague rescató los visos excepcionales de un rodaje en el que un realizador inexperto, Jean-Luc Godard, intenta rodar su primer film, Sin aliento, sin guión previo, con cámara a pulso y en las calles de París. La evocación de Linklater confirma el carácter legendario de este rodaje sin toques nostálgicos, con los visos de una epifanía.
Desde otro ángulo, y parafraseando un título de Ingmar Bergman, podría afirmarse que el demonio de la nostalgia nos gobierna: toda situación o período exitoso de una trayectoria (o de la existencia misma) destella con una vigencia temporal acotada, y su esplendor alguna vez será evocado con algún componente de melancolía. Arditi, sin embargo, esquiva puntualmente ese sentimiento, incluso cuando narra el impacto de su primer gran descubrimiento como lector, con Rojo y negro, de Stendhal: “Cuando Julien Sorel le toma la mano a Mme. Rênal por primera vez –escribe-, se me frenó la respiración; casi me hizo lagrimear”. Y eso es todo.
Aquí, una oportuna convergencia: el adolescente Arditi que se emocionó con ese pasaje de la novela, poco después vería la escena en acción, en pantalla, con Gérard Philippe en el rol de Julien, tomando la mano de Danielle Darrieux, en la primera versión fílmica del clásico de Stendhal (Claude Autant-Lara, 1954).
La mención retrotrae al celebrado actor que “devoraba libros” y que un año después protagonizaría Las grandes maniobras. René Clair, que firmaba el guion de su propio film, asociaba la trama y a su protagonista con el arquetipo de Don Juan. Ese teniente del film, en efecto, apuesta a que habrá de seducir a la primera dama que encuentre. La apuesta (“Le pari”, el primer bloque narrativo de un guión canónico que en Francia se estudia en algunas escuelas de cine) es desplazada por el efectivo enamoramiento (inesperado) del teniente por la soberbia Michelle Morgan.
Philippe confesó que en la trama había algo que lo fascinaba por su afinidad con un clásico de la literatura francesa. Nunca lo explicitó, pero es posible barruntar que el modelo que subyace al conflicto de Las grandes maniobras podría coincidir parcialmente con el de Las relaciones peligrosas (1782). En ese cruce de cine y literatura, el drama de Pierre Choderlos de Laclos poco después fue llevado al cine por Roger Vadim con Jeanne Moreau y el propio Gérard Philippe en los roles centrales (Les liaisons dangereuses, 1959). El mismo desafío, con más acierto, volvió a asumirlo Stephen Frears, en 1988. Pero hay que frenar las asociaciones, antes de que se insinúe el paralizante, ineludible demonio de la nostalgia.



