Dylan, a punto de cumplir 85, sigue haciendo lo que tiene que hacer
Tras casi 70 años de carrera, los conciertos del músico y poeta son una declaración de fidelidad al arte
5 minutos de lectura'

Bob Dylan cumple mañana 85 años. Es mayor que todos los presidentes vivos. Publicó nueve discos originales antes de que el hombre caminara sobre la Luna. Ha sido interpretado en el cine por Timothée Chalamet, Cate Blanchett y Richard Gere, y fue el tema de dos documentales de Martin Scorsese. Se ha convertido más en un mito que en un hombre; hay un puñado de personas cuya muerte hará sentir como si el mundo mismo se hubiera detenido. Dylan es una de ellas.
¿Qué haces cuando eres esa persona? ¿Cómo atraviesa sus días un Bob Dylan de casi 85 años?
Dylan toca en los pueblos que conforman la América profunda sobre la que ha estado escribiendo durante casi 70 años
Hace lo que siempre ha hecho: toca. Sale a la ruta. No llena estadios o arenas gigantes como los Rolling Stones o Bruce Springsteen. No tiene una residencia al estilo de los Eagles en el Sphere de Las Vegas. No lo verás en el show de medio tiempo del Super Bowl. Dylan toca en Dothan, Alabama; en Tyler, Texas; en Shakopee, Minnesota. Toca en los pueblos que conforman la América profunda sobre la que ha estado escribiendo durante casi 70 años.
No hace falta ser rico para ver tocar a Dylan. Ni siquiera hace falta vivir en una gran ciudad. Dylan va hacia ti. Simplemente toca sus canciones.
Las tocó hace unas semanas en el Spartanburg Memorial Auditorium de Spartanburg, Carolina del Sur, que tiene capacidad para 3200 personas. Una de las personas en esas butacas era yo. Estaba a unas diez filas del escenario, a unos 12 metros de Dylan. No era un mito, no era una leyenda estadounidense, no era una figura del folclore. Era simplemente un hombre sobre un escenario, haciendo lo suyo.
El atractivo es el propio Dylan: estar en la misma sala con él, verlo seguir trabajando allá afuera, separado de la leyenda y el mito
La banda de Dylan es austera, y su show es eficiente y consistente: salió al escenario a las 8 p.m., tocó hasta las 9.30 y luego se fue, sin bises, sin charla con el público, ni siquiera con muchas pausas entre las canciones. Cuando has tocado durante tanto tiempo como Dylan, no te interesan demasiado las vueltas. Tocas tus canciones, haces una reverencia al público, manejas hasta otro pueblo y las vuelves a tocar.
El atractivo es el propio Dylan: estar en la misma sala con él, verlo seguir trabajando allá afuera, separado de la leyenda y el mito, siendo ni más ni menos que un tipo tocando y cantando. La lista de canciones se apoya mucho en su álbum de estudio más reciente, Rough and Rowdy Ways, que salió en 2020, así que si esperas un set tipo jukebox con sus grandes éxitos, probablemente te decepcionarás. (Los historiadores de Dylan señalan que no interpreta “Knockin’ on Heaven’s Door”, su canción más popular en Spotify, desde 2003). Y lo más notable: la lista de canciones prácticamente no cambia; tocó las mismas canciones, en el mismo orden, en Spartanburg que la noche anterior en Asheville, Carolina del Norte; dos noches antes en Chattanooga, Tennessee; y la noche anterior a esa en Bowling Green, Kentucky.
Dylan, en mi show, estaba detrás de un piano eléctrico y vestía un poncho blanco que lo hacía parecer un apicultor embrujado. Los guitarristas, a cada lado suyo, pasaron todo el concierto mirando hacia él, no hacia el público. Seguían sus indicaciones y su liderazgo, pero también lo guiaban. Todo consiste simplemente en Bob levantándose, sentándose, raspando la voz frente a un par de micrófonos, golpeando algunas teclas de vez en cuando. Son simplemente las canciones.
Pero Dios mío, qué canciones. Si eres fan (como yo) de Rough and Rowdy Ways, es casi insoportablemente conmovedor ver a Dylan interpretar esas canciones sobre pérdida, miedo, muerte y esperanza (y referencias ocasionales a Indiana Jones), además de clásicos de catálogo como “All Along the Watchtower” y (mi interpretación favorita de la noche) “When I Paint My Masterpiece”, que parecen elegidas específicamente como reflexiones sobre una vida que mira hacia atrás pero sigue apuntando decididamente hacia adelante.
La voz de Dylan es áspera, como siempre lo ha sido: los años solo la han vuelto más grave, dándole una peso que se siente, sí, mítico. Suena como si siempre hubiera estado aquí, desde el comienzo de los tiempos, como si lo hubiera visto todo pero todavía no pudiera esperar para descubrir qué verá después. Estás sentado ahí, mirando a Bob Dylan, está justo ahí delante tuyo, y es como si estuvieras mirando la historia de todo.
El show de Dylan no es explícitamente político de la manera en que lo es la gira actual de Springsteen. Pero su presencia es en sí misma una declaración, una de resiliencia y arte y del simple acto de poner un pie delante del otro y seguir siendo la persona que siempre has sido y darle al mundo aquello que tú, de manera única, puedes darle.
Porque eso es lo que haces cuando eres Bob Dylan: simplemente sales ahí afuera y sigues tocando. Después de todo, eso es para lo que viniste al mundo. El mundo cambia, se tambalea, vacila, implosiona. Pero tú sigues avanzando. Sigues siendo tú. “Everything passes/ Everything changes”, canta Dylan en “To Ramona”. “Just do what you think you should do”. Verlo ahí afuera, tocando sus canciones y empacando para ir a tocarlas a otro lugar es directamente inspirador: hay pureza, belleza y verdad en el trabajo, en simplemente aparecer, noche tras noche.
Algún día, Dylan ya no estará con nosotros. Algún día esto, como todo lo demás en el mundo, pasará. Estoy agradecido de haber tenido la oportunidad de verlo, ahí mismo, en un pequeño auditorio junto al campus de Wofford College. Podré decir que vi tocar a Bob Dylan. Tú también puedes. O puedes escucharlo. No está lejos. Nunca lo está. Y sospecho que nunca realmente lo estará.



