
El auge de Asia sugiere que acaso estemos ante un cambio de escala epocal
China se convirtió en el principal socio comercial del planeta y su crecimiento plantea la revisión de ciertos presupuestos de fondo
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En las últimas cinco décadas algo cambió. Los grandes avances de la tecnología y la organización económica empezaron a llegar desde el este de Asia. Para interpretar con precisión los cambios cifrados en esta novedad necesitamos incorporar elementos de la perspectiva asiática. Porque, desde la expansión europea de los últimos cinco siglos hasta la Segunda Guerra Mundial o las reformas de mercado de las últimas décadas del siglo XX, muchas cosas pasaron allá de maneras muy diferentes que acá. Mirando desde el este, apreciamos otras caras de la historia y la geografía y vemos que nuestras ideas proyectan conclusiones que no esperábamos.
Pero, primero, ¿de qué estamos hablando cuando decimos “auge asiático”? Nos referimos a una cascada de crecimiento económico que registramos, por lo menos, desde 1970. Comenzó con la reconstrucción de Japón después de la Segunda Guerra Mundial; siguió con el desarrollo de Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, que aprovecharon el contexto de la Guerra Fría; se instaló en las costas chinas durante la década del 1980; y hace tres décadas derrama sobre la India, Vietnam, Malasia, Indonesia y Bangladesh. En todos los casos, el crecimiento se basó en inversión extranjera, comercio, instituciones de mercado y elección estatal de industrias y empresas privilegiadas. En diferentes dosis según el país, todos estos elementos estuvieron presentes en todas las experiencias.
Como resultado, en Japón y en Corea crecieron gigantes como Mitsubishi o Hyundai. Taiwán se transformó en el máximo proveedor mundial de microprocesadores. Singapur se volvió uno de los países con PBI/h más alto del mundo. Hong Kong, el centro financiero más importante de Asia. India, un líder internacional en economía del conocimiento.
Entre todas estas novedades, la transformación de China, que no es el inicio ni el final de este auge, pero sí su novedad más significativa. Después de 50 años de inédita liberalización planificada, China se transformó en el principal socio comercial del planeta. Su PBI es prácticamente igual al de toda la Unión Europea y la mayoría de los pronósticos esperan que sea mayor que el de Estados Unidos para el final de la década 2030. Hoy, quizá por primera vez en 200 años, mucho de lo más avanzado tecnológicamente, lo más productivo, de lo que genera más riqueza, no proviene del Atlántico norte, sino de Asia y, específicamente, de China. Si esta tendencia se consolida tendremos que preguntarnos si no estamos en la puerta de un cambio de escala epocal: el paso del tiempo de los europeos al tiempo de los chinos.
Ante semejante novedad, ya no se puede decir algo serio sobre economía o política sin tener en cuenta la experiencia asiática. Hacerlo es dejar el razonamiento por la mitad. El ejercicio, sin embargo, desafía conceptos y valores que nos resultan familiares. Podemos ejemplificar revisando con perspectiva asiática tres ideas: dependencia, colonialismo y democracia.
En primer lugar, dependencia. Entran en zona de dudas las explicaciones que apelan a una dependencia estructural, según la cual la distancia económica o tecnológica entre países pobres y países ricos es insalvable o solo salvable por una revolución, una guerra u otra conmoción política. Si, efectivamente, diferencias importantes en el desarrollo se explican por diferencias de conocimiento, la historia del auge asiático muestra que esa brecha se acorta, más que haciendo política, haciendo negocios. O que se hace política para que sea más fácil hacer negocios. La cascada de desarrollo asiática también fue una competencia para recibir inversiones, aprender y encontrar clientes. En concreto, una competencia por los fondos, la experiencia y los mercados de Estados Unidos. Para vivir mejor, las élites y los ciudadanos del auge asiático tuvieron que desandar décadas de pedagogía antinorteamericana. También en Japón, después dos bombardeos atómicos. También en Vietnam, invadido nueve años por Estados Unidos. También en China, líder del comunismo tercermundista.
En segundo lugar, colonialismo. Mirando el siglo XX desde Asia, resulta evidente que los argentinos no fuimos víctimas del colonialismo inglés ni del expansionismo americano. Durante casi todo el siglo XX, los trabajadores argentinos disfrutaron la posición privilegiada de la economía argentina. Abasteciendo a la economía inglesa o comerciando dentro del área de influencia de Estados Unidos, nuestra economía se mantuvo integrada con las más prósperas de su tiempo. Los trabajadores asiáticos, por el contrario, padecieron décadas de pobreza extrema en economías con niveles mínimos de inversión, escasez de insumos y sin tecnología. Ahora que la historia está haciendo una curva podemos apreciar que el expansionismo anglosajón fue más una condición de posibilidad que un obstáculo para la prosperidad de los trabajadores argentinos.
En tercer lugar, democracia. Lo primero y más evidente: la vieja tesis de que mecanismos de mercado y democracia van de la mano parece refutada. Entre los países del auge, solo en Corea del Sur, India y Taiwán hay elecciones donde los partidos pierden elecciones, como definió Przeworski. La ausencia de alternancia democrática, de libertades y de contrapesos no impidió el crecimiento económico, ni que ese crecimiento mejore la vida de las mayorías. Podemos afirmar que los países que más crecieron en los últimos cincuenta años no son democracias, incluyendo también a las monarquías petroleras en Medio Oriente. Allá se come, se cura y se educa sin democracia o con democracia de menor intensidad. No obstante, no hay que apurarse y concluir que la economía funciona mejor con menos democracia, olvidando que los países más desarrollados de los últimos 150 años fueron o terminaron siendo democracias. En cualquier caso, la falta de correlación entre prosperidad y democracia en la experiencia asiática despierta preguntas inquietantes para los argentinos que, en los mismos cincuenta años, ganamos democracia y perdimos calidad de vida.
La perspectiva asiática también nos permite reconocer que la superioridad ética de la democracia y del marco de los derechos humanos es una creencia regional e histórica. Si en la Argentina el cuestionamiento de esa superioridad ética nos pone alerta, en Asia podemos encontrar formas políticas de justicia, compasión, incluso, de libertades con vocabularios no exactamente iguales a los del liberalismo político. No es nueva esta afirmación, pero la revolución de la calidad de vida en Asia le da otro peso.
Sin embargo, nada de esto nos ofrece una imagen clara sobre el orden de la causalidad: ¿El liberalismo político generó prosperidad, la prosperidad generó condiciones para liberalizar el régimen político o su encuentro en la experiencia de Occidente fue una yuxtaposición contingente? ¿La democracia fue la condición del bienestar o solamente el régimen político donde el bienestar fue posible? ¿La reducción de la violencia en la vida cotidiana y en la política es un efecto de la democracia o del bienestar? Preguntas difíciles de responder, pero que resaltan cuando miramos nuestra experiencia desde el este.
Igualdad ante la ley, división de poderes, elección popular: aprendimos a depositar nuestras más altas expectativas sobre la vida en comunidad en estas instituciones de la época europea. Si es verdad que este tiempo está quedando atrás y con él la autoridad de algunas de sus reglas y organizaciones, mi consejo es no desesperar, en el tiempo de los otros también buscan justicia y paz.
Licenciado en Filosofía y magíster en Política Pública; profesor UBA y UNA; acaba de publicar El tiempo de los otros. Entrevistas para entender la perspectiva china (Eudeba-Mil Gotas).






