El laberinto de las nuevas soledades contemporáneas
En plena revolución tecnológica, avanzamos hacia hogares unipersonales donde la compañía principal ya no es humana
4 minutos de lectura'
Estoy en un bar y escucho a una chica decir “vamos a lo de la abuela”. Giro y descubro que el destinatario de la invitación tiene cuatro patas. No es una anécdota aislada. Tomy, mi hijo, quiere regalarme a “la tía de Umi”, su perrita. La escena, que despierta ternura, también plantea una pregunta incómoda: ¿de qué hablamos hoy cuando hablamos de familia?
Todo cambio en los modos de producción produce transformaciones profundas en la vida social, advertía Marx. La historia de la familia lo confirma. De las tribus pasamos a las castas; luego a las familias extensas; más tarde, con la industrialización y la vida urbana, a la familia nuclear. Después llegaron las monoparentales. Hoy, en plena revolución tecnológica, avanzamos hacia hogares unipersonales donde la compañía principal ya no es humana.
En la Argentina, según el Censo 2022 y proyecciones a 2025, uno de cada cuatro hogares está habitado por una sola persona. En la Ciudad de Buenos Aires la cifra asciende al 40%. Menos hijos, más envejecimiento y más personas viviendo solas configuran un paisaje social que ya no es excepción, sino norma.
Uno podría pensar acertadamente que el factor económico resulta determinante para decidir no tener hijos aunque tal decisión sea antropológicamente antinatural puesto que el instinto de preservación de la especie resulta innato en el reino animal como vegetal. En paralelo, el mercado de alimentos para mascotas crece incluso cuando el poder adquisitivo cae. La “humanización” de los animales de compañía explica parte del fenómeno. El sector alcanzó en 2024 los 1163 millones de dólares y se proyecta que llegue a 6862 millones en 2030, con un consumo per cápita líder en la región. A mediados de este año tan contractivo en lo económico se abrió un pet shop por día en CABA y se naturaliza que el bienestar prioritario del hogar sea el del animal.
En el mundo virtual –donde habitan la mayor parte los jóvenes– los reels con animales tienden a generar más likes y engagement que muchos otros tipos de contenido debido a su atractivo emocional universal, respaldado por tendencias de “petfluencers” en tanto los reels que muestran niños pueden recibir muchos likes en casos específicos, pero no existen datos sólidos que muestren que superen consistentemente a los de animales en promedio aún considerando que hay factores externos (moderación por seguridad infantil, variabilidad según el contenido) que pueden influir en su rendimiento.
No se trata solo de afecto. Se trata de reemplazos. En la llamada “humanización 3.0”, la tecnología promete mejorar la vida pero en muchos hogares la interacción humana simplemente desaparece. En sociedades consideradas más avanzadas, adultos mayores conviven con robots que los acompañan, los escuchan y les hablan. En Barcelona, un integrante de una ONG relataba la resistencia de las personas a devolver esos dispositivos asistenciales cuando mejora su salud: prefieren el simulacro de compañía antes que el silencio.
El costo de esta soledad empieza a ser visible. En 2025, el 35% de la población argentina presenta algún nivel de malestar psicológico. Uno de cada tres adultos tiene problemas de salud mental y crece el consumo de sedantes e hipnóticos, muchas veces por automedicación. La ansiedad y el insomnio se vuelven síntomas de época. Empatía es una palabra frecuente y, a la vez, escasa en los hechos. La reducción del contacto cotidiano con otros no solo empobrece los vínculos: vacía de sentido la vida. Un sistema que nos piensa como piezas productivas, pero no como seres relacionales, termina produciendo individuos funcionales y profundamente solos.
Si no hay un otro que nos incomode, nos limite y nos devuelva identidad, ¿qué somos? La convivencia, con todos sus conflictos, sigue dotando de propósito a nuestras vidas, cubriendo vacíos existenciales y siendo una escuela contra el narcisismo. O tendrá razón el filósofo Byung Chul Han cuando afirma que “el neoliberalismo con sus desinhibidos impulsos narcisistas del yo y del rendimiento, es el infierno de lo igual, una sociedad de la depresión y el cansancio compuesta por sujetos aislados”?
Sociólogo y psicólogo social




