El modelo que construye y niega Milei
A Javier Milei lo eligieron por lo que decía, le renovaron la confianza en la mitad de su mandato por lo que prometía seguir haciendo y lo reelegirán si logra una prórroga para las expectativas de cambios drásticos que generó.
Ese ciclo, todavía en curso y de final inacabado, se construyó primero con palabras y desde que empezó la gestión por hechos puros y duros.
Para la construcción de un modelo centrado en la extracción de gas y minerales, Milei aplica incentivos de cuño desarrollista mientras reniega en sus discursos de la intervención estatal en el formateo de la economía privada.
Aunque niegue pertenecer a esa casta, como todo buen político, Milei es un notable fabricante de realidades con sus palabras, al extremo de hacer girar la realidad política del país a partir de la proclamación de su odio al Estado, del que él es su principal administrador.
Mientras cita autores de la secta libertaria e intercala teorías entendibles solo para expertos, el Presidente comunica con eficacia la idea de que los gobiernos no deben intervenir en el formateo de la realidad económica y productiva y que el mercado debe por sí mismo dibujar la realidad de las comunidades que lo generan. Los libertarios se pasaron varias estaciones respecto del rol básico que el liberalismo le asignó al Estado con la Generación del 80.
La crisis industrial ocurre donde hay más votos; el desarrollo gasífero y minero, en cambio, en zonas despobladas que -se espera- atraerán una migración posible de un par de millones de personas en unos 20 años
Es un discurso efectivo que confronta y avasalla décadas de intervencionismo estatal, fracasos acumulados con mil y un intentos de acomodar la economía de distintos gobiernos que mantuvieron una decadencia que unos ubican en el comienzo del régimen peronista y otros a fines de los 60. Fue por esos últimos años cuando la Argentina tenía indicadores sociales y productivos aceptables y a la vez diferenciales del resto de la vecindad regional.
Milei está construyendo, sin embargo, una realidad que excede largamente su denodado esfuerzo por cuadrar los números del Estado a fuerza de recortar gastos como único camino –entiende él– para terminar con la inflación, esa vieja enfermedad de la Argentina.
Es obvio que para otorgarle la reelección el Presidente será juzgado por los resultados que obtenga en ese ordenamiento y por las consecuencias que provoque en cada bolsillo.
Menos visible es la intervención de Milei en el modelo productivo que está en proceso de realización, entre incentivos a la extracción de recursos no renovables, el desinterés por el hundimiento de las industrias otrora protegidas, y la conservación de viejas ataduras impositivas al campo.
Nada es una línea recta en la construcción de un país. Está bien claro que el impulso de Milei a la explotación de gas en Vaca Muerta es decisivo. La aprobación del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) aportó a un salto fundamental al proceso iniciado 20 años atrás, cuando Cristina Kirchner fue notificada de que los avances tecnológicos permitían explotar las enormes reservas de gas y en menor medida de petróleo.
Los votos lo hicieron presidente a Milei salieron en gran parte de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza y el interior de la provincia de Buenos Aires cuyas economías sienten el golpe al empleo industrial y el peso de las retenciones agropecuarias
Con un poco más de demora y despejado un largo camino lleno de reparos ambientales, también a Milei le toca coronar el despegue de la minería. Provincias como San Juan (hasta 2023 gobernada por el peronismo), vienen insistiendo hace tiempo con la necesidad de hacer lo que convirtió al cobre en la columna vertebral de la economía chilena, cordillera de por medio.
Unos 90 mil millones de dólares en inversiones integran hasta ahora el número de proyectos presentados en el marco del RIGI por empresas que en un 25 por ciento son argentinas. Como un anticipo del pronóstico que indica que en cuatro o cinco años la extracción de gas y petróleo y la minería juntas duplicarán lo que genera la producción agropecuaria, entre enero y abril las exportaciones en esos dos sectores equipararon por primera vez a las ventas del campo.
A cambio de esa promesa de inversiones sin muchos antecedentes, la Argentina dejará de percibir unos mil millones de dólares por año en impuestos que se promete no cobrar a los inversores, un incentivo de cuño desarrollista aplicado por un gobierno que reniega en sus discursos de la intervención estatal. La reducción de esos impuestos es también hija de los pedidos que hicieron grandes empresas para invertir en la Argentina.
En el otro extremo, la adaptación a la apertura de las importaciones de las industrias ubicadas en los grandes centros urbanos es mirada con desdén por Milei y su gobierno. En la crisis social que provoca esa caída está la posibilidad de una construcción opositora. Mantener el viejo encierro proteccionista habría seguido ocultando la pérdida de competitividad que muchos sectores arrastran desde hace más de 50 años.
La crisis industrial ocurre donde hay más votos; el desarrollo gasífero y minero, en cambio, en zonas despobladas que –se espera– atraerán una migración posible de un par de millones de personas en unos 20 años. Esa transformación, sin embargo, no compensará la ausencia de un modelo de empleo en el conurbano bonaerense, Rosario o Córdoba.
En la próxima campaña electoral los opositores acusarán a Milei de beneficiar a los grandes capitales extractivistas y hundir a las pequeñas y medianas empresas nacionales. Una verdad a medias que no reconoce el agotamiento del modelo de sustitución de importaciones que el kirchnerismo pretendió defender como si la Segunda Guerra Mundial hubiese terminado el año pasado. Los libertarios suelen regodearse con esa desgracia en un peligroso juego que alimenta trincheras ajenas.
Hay un tercer sector, el campo, que sigue sufriendo la imposición de las retenciones a la exportación de sus productos. Desde que el Estado se queda con la parte del león, unos 25 años atrás, el campo entregó a los sucesivos gobiernos nacionales casi 190 mil millones de dólares además de los impuestos que paga el resto de la economía.
Cristina decía que con las retenciones redistribuía los ingresos cuando en realidad no hizo otra cosa que repartir dádivas entre las víctimas de la caída del modelo industrial, jubilaciones sin aportes previos y obras públicas con enormes sobreprecios para beneficio propio.
Milei justifica esas mismas retenciones por el equilibrio fiscal y, aunque las bajó en parte, la posibilidad de eliminarlas algún día no deja de ser una promesa.
Los votos que lo hicieron presidente salieron en gran parte de las provincias centrales, como Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza y el interior de la provincia de Buenos Aires.
En esas zonas el campo convive con su propia industria, la que fabrica máquinas para sembrar y cosechar y aporta infinidad de insumos. Muchos de esos pueblos y pequeñas ciudades viven del campo en forma directa, pero también de empresas que emplean operarios industriales que explican el pleno empleo en distintas zonas del interior del interior.
A veces a Milei le convendría mirar con más detalle realidades de gente que ya lo hizo presidente por lo que decía y espera no arrepentirse por lo que hace.





