
El país, entre el consenso, la dureza, la ira y el miedo
Casi al final de la primera etapa de la larga marcha electoral, el país político ha ofrecido poco para tantas necesidades.
Los problemas tienen una dimensión y complejidad tales que los aspirantes a candidatos presidenciales eligieron postular más sus estilos y sus formas que exponer sus ideas y proyectos concretos para encaminar a la Argentina.
Un mar de impaciencia social viene avisando durante 17 elecciones provinciales sucesivas que una parte del electorado decidió negar su participación en el diseño del futuro político. Otra vez, el porcentaje de votantes será menor respecto de los últimos comicios.
Campea, cínica, aquella sentencia de Carlos Menem con la que reconoció que había mentido como candidato presidencial: “Si les decía lo que iba a hacer, no me hubieran votado”. Y crece, impune, una campaña del miedo a los cambios desarrollada como táctica por el mismo oficialismo.
Candidatos como Horacio Rodríguez Larreta, por caso, han ofrecido otra explicación aproximada para eludir el compromiso de la precisión. “No puedo decir qué haré porque no sabemos exactamente con qué nos vamos a encontrar”, ha dicho en repetidas oportunidades.
El viejo recurso de instalar el miedo al futuro es una señal habitual entre los que corren desde atrás en una carrera electoral”
Larreta ha puesto énfasis en defender su candidatura a partir de un estilo de consenso y diálogo contrapuesto con la dureza del “si no es todo, es nada” de su rival interna, Patricia Bullrich.
La exministra tampoco ha querido dar mayores precisiones de las medidas que tomará. Y cuando lo hace abre dudas que sus adversarios aprovechan. Eligió en cambio crecer en votantes mostrándose dura e intransigente con el peronismo kirchnerista. Acentuó de esa manera su diferenciación con el jefe de gobierno de Buenos Aires.
Así es como la principal incógnita de las elecciones primarias se resolverá en la preferencia que los votantes de Juntos por el Cambio tengan entre el consenso y la intransigencia. Dicho por Larreta, entre los cambios profundos y las imposiciones. O resumido por Bullrich, entre un candidato blando y una candidata dura.
Los caminos de ambos no muestran una variedad para elegir, sino la negación del valor que destaca para sí el adversario. Larreta y Bullrich reivindican sus principales supuestos atributos negando la importancia del énfasis que sus rivales ponen en lo opuesto.
El diálogo para encontrar acuerdos por sobre los propios límites electorales es un elemento esencial para cualquier gobierno en toda circunstancia. Y, en particular, en momentos tan dramáticos como los que tiene la Argentina, un país que hace décadas posterga reformas estructurales ineludibles para salir del empate político hegemónico, pero por sobre todo de su decadencia.
Larreta ha lidiado contra una fracción importante de una sociedad que oscila entre el enojo y la resignación y que por momentos parece asomada a soluciones tan extremas como inmediatistas.
Bullrich, en cambio, hace de su personalidad dura el punto de partida para prometer un liderazgo a prueba de contratiempos y resistencias a los cambios que propone. Reivindica el mando como atributo mayor. Si Larreta subordina la conducción a su aparente capacidad de articulador de acuerdos, Bullrich privilegia la ejecutividad y pone en un segundo plano la importancia de la negociación.
Uno y otro desprecian elementos que los buenos presidentes suelen utilizar en dosis parecidas. Los votantes que quieren derrotar al oficialismo deberán primero tomar una decisión previa optando entre dos promesas de conducta. Ambos prometen un cambio, pero están separados por estilos enfrentados.
En el camino hacia el segundo domingo de agosto, Larreta y Bullrich han debido tratar de compensar sus respectivas apuestas. El primero se muestra hace varias semanas con un tono más firme que pretende denotar autoridad. La exministra debió aclarar el sentido del “todo o nada”.
Javier Milei pasó de novedad a incógnita. Creció vociferando en apariciones televisivas viralizadas en las redes sociales. Se frenó cuando entre sus gritos mostró ideas inquietantes, como la demolición del Banco Central, la dolarización inmediata o la compraventa de órganos.
Lo que lo hizo trepar lo detuvo. Su estilo visceral y la sobreactuación de la ira no son asumidos como un valor por todo el electorado que quiere un cambio. Despejada la atracción inicial, está bien claro que si a alguien daña la aparición de Milei es a Juntos por el Cambio.
Milei le saca más votos a Cambiemos que al peronismo kirchnerista y, por lo tanto, reduce la potencia electoral de la principal fuerza opositora. El libertario eligió la ausencia en las campañas provinciales, donde algunos partidos no pasaron del fracaso y la irrelevancia.
En las últimas semanas hizo apariciones sorpresa en el conurbano y el interior, lejos de las preguntas periodísticas incómodas y de las estructuras partidarias. La protesta que encarnó se viene expresando en ausentismo, con lo que se abre una incógnita sobre su verdadera proyección.
Milei es naturalmente esencial para las posibilidades del candidato Sergio Massa, que como postulante es perjudicado por el ministro Sergio Massa. Massa promete soluciones para los problemas que provoca él mismo mientras instala la idea de una catástrofe en caso de que gane Juntos por el Cambio. Votarlo a él –dice– es evitar esa fatalidad.
El viejo recurso de instalar el miedo al futuro es una señal habitual entre los que corren desde atrás en una carrera electoral. Massa lo sabe y apela al temor para frenar a los desencantados. Y espera que los candidatos de Cambiemos le sigan dando la oportunidad de ser competitivo.





