Los hombres ante la crisis de la mediana edad
En la madurez, la ambición y el afán de hacerse un lugar en el mundo ceden y surge la posibilidad de cultivar la inteligencia emocional
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Hernán está triste, desanimado y con momentos de angustia. Se siente solo y sin nada que le dé un sentido a su vida. Nada que le genere entusiasmo. Ningún proyecto, ninguna pasión, ningún amor. Se separó hace unos años y ve a sus hijos, todavía chicos, tres días por semana. Está presente para ellos, aún lo necesitan. Pero se acercan los 50, sabe que en el algún momento ellos van a hacer su vida y que a él le quedan muchos años de la suya. ¿Vacíos? ¿Con un proyecto o sin él? ¿En soledad o acompañado?
Esta es una crisis muy común en los hombres de mediana edad. Se acentúa más en los que se separan porque pierden el eje y la órbita que significaba la vida familiar, el matrimonio, la “casa”, con todo lo que eso representa como “construcción común”. Todo un mundo y una historia llena de recuerdos y de afecto que da pertenencia e identidad. “Ese era mi mundo y me daba estabilidad y seguridad. Ahora me tuve que ir y estoy solo en una casa que no es mi casa. Ya nada es lo que era. Estoy descolocado, patas arriba”.
Lo que se hizo en la primera mitad de la vida puede ponerse en duda: “¿Es esto lo que quiero seguir haciendo? ¿Es esto todo?””
Los que siguen casados mantienen el apoyo invalorable de la mujer y la familia, la estabilidad que da la convivencia, los rituales cotidianos, las cenas compartidas. El seguir siendo “nosotros”. Aun así, en la mitad de la vida es frecuente que haya una crisis existencial que sacude los cimientos de lo que hasta ahora fue la propia identidad. Lo que se hizo en la primera mitad puede ponerse en duda: “¿Es esto lo que quiero seguir haciendo? ¿Es esto todo?”
La ambición y el afán de hacerse un lugar en el mundo y lograr una “posición” ya no resulta suficiente cuando aparece la pregunta por el sentido: ¿qué más hay? El yo propulsado por la energía masculina de la acción y la competencia, de la conquista y los logros, cede lugar, ante la mayor cercanía de la muerte, a una búsqueda de trascendencia que obliga a mirar hacia adentro. La aspiración de la adultez de progresar económicamente deja de ser el eje y se asoma, en el alma del hombre maduro, la necesidad de conectarse con su ser más allá del hacer y del tener. Más allá de la razón y la inteligencia práctica, surge entonces la posibilidad de conectarse con el mundo interior y desarrollar la inteligencia emocional. Si eso ocurre, la ambición, en ocasiones egoísta o individualista, vira hacia una actitud más generosa y desprendida: devolver lo recibido, pasar la posta a los que vienen detrás y dar lo aprendido con humildad.
Los que hoy tenemos entre 50 y 60 años fuimos formados en la cultura de los “hombres proveedores”. Teníamos que ser fuertes y nos volvimos duros. No podíamos llorar y nos hicimos fríos y en ocasiones distantes afectivamente de nuestras mujeres e hijos. Ser abuelos nos puede ayudar a ablandar esa coraza y reparar esa herida, esa deuda, permitiéndonos la ternura con nuestros nietos. Luego de comprender y perdonar la dureza de los propios padres y de aceptar que también ellos tuvieron carencias e hicieron lo que pudieron, quedan dos deudas por saldar: aprender a quererse a sí mismo por lo que se es y revalorizar a las mujeres. La sociedad exitista les enseñó a basar la autoestima en en el reconocimiento y el éxito económico, y así muchos hombres se vuelven demasiado duros y exigentes consigo mismos y no se pueden perdonar el fracaso o no haber llegado adonde aspiraban llegar.
La generación que desarrolló el estereotipo de la dureza es la que creció con los “valores” del machismo que hoy los jóvenes nos enseñan a superar. El temor inconsciente a lo femenino por parte de los hombres es conocido por los estudiosos de la psicología masculina: confundimos sensibilidad con debilidad y les tememos porque en el fondo sabemos que esa “debilidad” esconde una fuerza interior de la que carecemos. También porque rechazamos la propia vulnerabilidad. Pocos hombres admiten sus crisis y depresiones, la fragilidad propia de lo humano.
Está de moda la palabra “reinventarse”, pero en la crisis de la mediana edad y la madurez no se trata sólo de desarrollar un nuevo hobby o proyecto de negocio independiente. Tampoco del fitness o de salidas en bici para mantenerse en forma. Hernán necesita encontrar un sentido más profundo a su vida, quizás algo que tenga para dar y lo ayude a abrirse a los demás de una manera nueva. El hombre que se endureció y desconectó de sus sentimientos es llamado en esta etapa a aflojar la coraza para aprender a amarse y a amar de otra manera. Se trata de una crisis de sentido y de un trabajo interior que nos hace a los hombres más humanos, humildes y dadores. No es un cambio espectacular propio del que se reinventa y se dedica a otra cosa. En ocasiones ni siquiera es visible. Pero cuando los hombres se vuelven más sensibles, humanos y humildes, se tornan nutricios, cariñosos y a la vez más queribles. Dejan de estar centrados en sí mismos y sus logros y destilan la sabiduría de los que se disponen a trasmitir lo que aprendieron y a dar lo que tienen para dar. Si esa transformación no sucede, el hombre, en vez de dar nuevos frutos, sigue volcado hacia afuera, se queda aferrado a sus posesiones y bienes materiales, y así se empobrece interiormente.
Psicólogo



